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OPINIÓN

Los liderazgos “outsider” en la región de las Américas

En el mundo de la polarización es el odio y no el amor el que mueve montañas

Alesandra Martin

Consultora en Comunicación Política e Imagen para candidatos a diversos cargos de elección popular. Master en Psicología Social. Ocupó cargos de dirección en comunicación social para Ayuntamientos y el Congreso de Puebla

Miércoles, Septiembre 30, 2020

Los ideales y las plataformas políticas, comienzan a desdibujarse en este mundo que ya no razona, que respira emociones más que razones. Si bien, en la comunicación política – sea electoral o gubernamental- una de las estrategias más efectivas es aludir a las emociones más que al pensamiento cognitivo, también aludir a los ideales resulta – o resultaba- muy efectivo para posicionar, generar adhesiones, empatía e imagen pública positiva en los ciudadanos.

Ahora bien, las propuestas han sido remplazadas por una narrativa que despierta emociones, empero, particularmente emociones negativas que son fáciles de provocar: el enojo, el odio y la ira. Tener un enemigo a quién responsabilizar con toda furia es una estrategia que ha resultado, por lo menos en un plazo inmediatista, muy efectiva.

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Sin embargo, por más efectiva que resulte esta estrategia a corto plazo, el “pero”- siempre hay uno- a mediano y largo plazo es de un riesgo elevado. Porque el despertar la furia, esto suele ser muy peligroso particularmente en las masas, en donde el anonimato es inherente a las colectividades y permite desinhibir con mayor facilidad los impulsos que se vuelcan en acciones no reguladas socialmente.

Y entonces, aludir al odio, despertar la furia desde una figura de liderazgo, conlleva a que en el imaginario colectivo se inserte una idea de permisibilidad para expresar emociones negativas. Ejemplos hay muchos, los haters (los orgánicos) en las redes sociales, las manifestaciones que terminan en connatos violentos, por citar algunos.

El filo de la navaja incitando a través de las discursivas por parte de los liderazgos “outsider” es muy filoso y es como un “boomerang” porque al aludir al odio, el constructo de “enemigo” puede cambiar rápidamente, en términos llanos algo así como un “no busco quién me la hizo sino quién me la paga”. Por lo tanto, vislumbrar este riesgo, no es sólo está en el terreno ético – que lo es, sin duda- sino práctico en el ejercicio principalmente del poder porque el control de la direccionalidad del odio pende de un hilo muy delgado.

Tenemos en la región de las américas, liderazgos “outsider” que aplican este tipo de estrategias, y que han encontrado un nicho fértil para la polarización, no se habla de posturas políticas, no hay extremos de derecha o izquierda con base a una ideología, sea una esquina u otra, en estos extremos lo único que se respira es odio.

Como muestra, el Presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, su triunfo obedeció en gran medida a despertar la furia de esas masas que conectaron con los constructos de los enemigos que se fabricaron durante su narrativa discursiva, “los enemigos”, “los otros” apelaban al racismo motivando el odio. 

Parece que la estrategia de ataque sin propuestas es la línea a seguir de su segunda campaña para la elección a Presidente en ese país norteamericano. Lo dejó evidenciado en el primer debate presidencial. Biden con una estrategia de no ataque, contuvo la “metralleta” de Trump. La ecuanimidad de Biden permitirá corroborar o no, que el odio sigue siendo lo que mueve montañas, lo que mueve a las masas. 

Twitter @AlesandraMartin

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