Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

¿Qué hemos hecho con nuestros amos y nuestras esclavitudes?

En eso se resume todo el siglo XX, el siglo de los finales

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Martes, Septiembre 29, 2020

¿Qué es la modernidad ilustrada? La proclama de un deseo, a saber, poner fin a toda forma de dominación y esclavitud. Esclavitud frente al rey, esclavitud frente a la iglesia, esclavitud de conciencia, esclavitud frente a las pasiones, esclavitud frente a la razón. Desde el temprano clamor de la razón moderna de cara a la oscuridad eclesiástica hasta la revuelta contra las monarquías en la ilustración; de la mayoría de edad que Kant exigía de la humanidad al llamado revolucionario de Marx, no vemos sino el mismo hilo de Ariadna que pretende sacarnos del laberinto de la opresión. Incluso también los grandes escépticos como Freud y Nietzsche, espíritus pesimistas, no renunciaron nunca a su filiación luminosa, llevando siempre una lámpara mortecina en la mano que iluminara los últimos refugios de la esclavitud en la moral y la buena consciencia. Pero el resultado de la historia de las luces no consistiría en la forja de un camino de libertad, sino en sacar a la luz el profundo goce que se extrae de la servidumbre. ¿Es que no podemos ir ya más lejos?

La gran desesperanza occidental no surge tras las dos Guerras Mundiales como suele creerse. Por el contrario, estas dos últimas son ya el resultado del aburrimiento mortal occidental y del triunfo del cinismo en sus entrañas. En su famoso aforismo 125 de La Gaya Ciencia, Nietzsche hace hablar al loco que declara la muerte de Dios. Este personaje frenético dice: ustedes y yo lo matamos. La gente ríe. El loco concluye: he llegado demasiado temprano. Era cierto: el siglo XX fue solamente el tiempo que nos tomamos para comprender lo que significaba esa muerte. “Muerte de Dios” fue el nombre de la vanguardia en un largo cortejo fúnebre: fin del hombre, fin de la historia, fin de los grandes relatos, fin de la verdad. El XX fue el siglo de los finales. No podemos decir, sin embargo, que una cosa se siga de otra: la guerra de la derrota conceptual. Por el contrario, la guerra y todo lo que se invoca en torno a ella: nacionalismos, promesas redentoras y nuevas potencias es ya la falsificación de la condición descubierta por Nietzsche.

Más artículos del autor

Lo único que debemos preguntarnos hoy es lo siguiente: ¿qué hemos hecho hasta ahora con nuestra servidumbre? En eso se resume todo el siglo XX. Las respuestas a esa pregunta nos dan el mapa del siglo XX. ¿Qué haremos con ella? Es lo que determinará el XXI. Nótese la ambigüedad de la pregunta. Hacer algo con nuestra servidumbre puede significar tanto encararla como disimularla, declararla inevitable como aguzarla. Pero lo amargo de nuestra era reside en una muy desafortunada pócima de injusticia e hipersensibilidad, de derrota ético-moral-política y de puritanismo. Vivimos, pues, en un tiempo donde los condenados de la tierra se multiplican mientras, simultáneamente, tenemos una “conciencia crítica” mojigata, una izquierda que se siente agredida con cualquier alzamiento de la voz. Esta situación se volvió evidente en la confrontación entre el #Metoo en Estados Unidos y la respuesta de un grupo de feministas francesas. Para el #Metoo era momento de denunciar masivamente, de hacer-ver hasta dónde se extendía la violencia sexual contra las mujeres, especialmente ahí donde parecía reinar un empoderamiento irrevocable. Las francesas protestaban, en cambio, contra la negativa a proyectar una película de Roman Polanski por las sospechas contra él de abuso sexual. En el primer caso era evidente que las instituciones para la denuncia eran el primer cómplice del patriarcado. La respuesta del grupo de francesas encabezado por Catherine Deneuve señalaba más bien el tufo puritano y el espíritu de linchamiento que se escondían detrás de la censura. Sucedió con alemanes como Heidegger: ¿podemos leer al profesor que aceptó el cargo de rector de la mano de las SS? ¿Podemos seguir escuchando a Plácido Domingo? Y recientemente, ¿qué significa quitar de un edificio de la Universidad de Edimburgo el nombre de David Hume? Es evidente que obra y vida no tienen una relación simple. Pero la exigencia consiste siempre en lograr una palabra precisa y aguda como aguja de acupuntura que logre discernir no al personaje de su obra, sino a la obra de la obra, es decir, lo que hay en ella de condenatorio y de promisorio. Siempre al mismo tiempo. Qué hacer con nuestros amos y esclavitudes significa decidir cómo juzgaremos (evaluar, condenar, interrogar), cómo separaremos (o no) actos de actos, actos de obras, obras de obras.   

En E.U. se ha desgastado la constitución subjetiva hasta volverse del vidrio más frágil. Nada puede decirse sin que alguien se sienta ofendido, atacado, vulnerado. Pero dicha fragilidad no se sigue directamente de largos periodos de opresión. Usualmente son las poblaciones más favorecidas las que declaran lo terriblemente ofensivo de toda la cultura, pasada y actual. ¿De dónde proviene este puritanismo, esta exigencia desmedida de la que se desprende, antes que un momento crítico, una voluntad de censura y señalamiento? ¿De dónde proviene esta exigencia de coherencia absoluta que cuando encuentra la falla, pide la hoguera? ¿Quién es ese sujeto que se considera puro, pero a costa de no poder decir nada y, pero, no pudiendo hacer otra cosa que denunciar, que señalar y perseguir?

Esta fragilidad parece seguirse de una sociedad que pide a gritos mandatos, siendo el de pureza el culmen, la exigencia pura. Es fácil ver que las sociedades industrializadas con grandes consumidoras de órdenes y mandatos, con los cuales simplemente de desplaza la obediencia estatal. Durante el siglo XX luchamos contra el fascismo, contra el totalitarismo. Pero en la apuesta el monto total se puso en el juego del mercado. Ahora pagamos por no ver. El mercado ha construido una a una las fuerzas y exigencias que antes ofrecíamos al Estado. Lo vemos con claridad: la más preciada mercancía que consumimos son órdenes. No son cosas útiles, ni meras imágenes con las cuales nos identificamos (prestigio, belleza, elegancia). Es cierto que consumimos estilos de vida, pero solamente para poder obedecerlos en las figuras de sus expertos y gurús. La falta de un gran amo-padre (el sacerdote, el líder, el padre de familia) fue sustituida por una diseminación de pequeños tiranos que incluso disfrutamos porque nos hacen sonreír. La falta de un gran mandato, el monopolio, dio entrada al mercado de los mandatos. El ejemplo más flagrante lo encontramos en el uso popular que se hace de la ciencia. Cualquier revista de divulgación, incluso en las noticias de agencias más o menos serias, leemos: “las canciones que te hacen más feliz…según la ciencia”; “la comida que te hará vivir mejor…según los científicos”; “las carreras más satisfactorias…según la ciencia”. La ciencia, asunto de hechos, por interpretativos que sean, se ha convertido en una fuente de mandatos: come esto, haz este ejercicio, estudia esto, ejercita tu cerebro de esta manera. Es verdad que en estos tiempos hemos mermado nuestra existencia a meros cuerpos que solamente aspiran al placer y salud, pero si mantenemos todavía un delgado hilo que nos una a cierta experiencia subjetiva es esa demanda de mandatos. Cuando uno es mero cuerpo, escuchar una voz es un oasis. Y pagamos para escuchar voces, voces que nos manden. El coaching es la creación por excelencia de nuestra época.

 

¿Pero qué tienen que ver el consumo y exigencia de órdenes y mandatos con la nueva fragilidad social de la que hablamos, de esa tiranía de lo política y socialmente decafeinado? Todo se decide en la separación entre lo individual y lo colectivo. Todo individuo debe tener el derecho de hacer con su vida lo que le dé la gana. El problema es que dicho individuo no existe en una esfera independiente sino, como dice Sloterdijk, en la espuma social, hecha de innumerables y efímeras esferas. Puesto que la espuma no crece sin choques y puesto que cada uno de nosotros considera que las decisiones son exclusivamente personales, resulta que el espacio público debe ser aséptico, para no herir la singularidad de nadie. Privadamente todos podemos en principio el derecho a ser y hacer todo; pero como de facto no podemos, entonces podemos consumir todos los sustitutos donde podamos sostener alguna frágil fantasía. Las fantasías son por definición frágiles y cuando es lo único que se posee, se las defiende con violencia. Pero si individualmente todo está permitido, en la sociedad todo está prohibido, ella no tiene derecho a decidir como conjunto, no tiene derecho a ser nada fuera de un mero agregado neutral. La sociedad debe, supuestamente, ser una hoja en blanco, llena de posibilidades, pero intolerante a cualquier mácula que le dé una dirección. En este mundo blancuzco y trivial, cada quien va a buscar su deseo de manera “personal” en el estilo de vida: su sexualidad, sus hobbies, su carrera. Ser experto en literatura, café, vino, quesos. Practicar cosas extremas: artes marciales, alpinismo, spinning, paracaidismo. Lo que sea, pero sin alterar a los demás. Directamente, claro está, porque las instituciones están para eso: para diluir los efectos nocivos que nuestras conductas tienen sobre los demás, haciéndolas pasar por derechos inalienables. Todos nos singularizamos con nuestros “gustos”, nuestras “prácticas”, pero a cambio, exigimos que el mundo común sea no solamente neutral, sino fundamentalmente plano. A nivel privado consumimos exigencias de todo tipo: pagamos, como el sadomasoquista, para pegar y ser pegados. A nivel público exigimos que nadie ensucie el terreno común con sus particularidades.       

El punto alcanzado por la corrección política fue tal que pronto comenzaron a cotizar altamente en el mercado social los “honestos”. Así, vemos dos extremos coexistir, por un lado, los que siguen insistiendo en la corrección política persiguiendo con espíritu de inquisidor a cualquiera que pueda, incluso potencialmente, ofender a alguien (sin que de ahí se siga la más mínima voluntad por hacer cambios estructurales). Por el otro, vemos a aquel grupo que hastiado de dicha corrección, manifiesta públicamente y sin filtro, incluso con orgullo, sus posiciones racistas, clasistas, homófobas o misóginas. Vivimos en una era de cristal donde todos se ofenden por cualquier cosa y la primera figura de la santidad es para nosotros la víctima, tanto, que ella se vuelve portadora de la verdad solamente por su condición. Eso produce que cualquier víctima obtenga derechos excepcionales, como no tener que pasar por el derecho para probar su palabra, y recibir el permiso de la venganza, es decir, de convertirse a su vez en victimario. En realidad, preferimos siempre que alguien se declare víctima impotente, a que se apropie de su agencia. Pero si alguna víctima posee poder, entonces le concedemos sin miramientos el derecho de victimario.

Ahora, decimos que nuestra época es desdichada porque si bien nos hemos vuelto frágiles y resentidos y vivimos de la santificación de las víctimas, habitamos también tiempos violentos. Vivimos en tiempos de feminicidios. Vivimos en tiempos de violencia homicida, facilitada por la circulación y acceso a las armas de fuego. Vivimos en tiempos de violencia estructural social, económica, política. Todos los días constatamos violencias contra migrantes, extranjeros, infantes, mujeres, personas mayores y cualquiera que pueda ser apartado del mundo sin más. Ahora se vuelve norma la violencia que antes llamábamos excepcional. Así que mientras el gobierno israelí se aboga todos los derechos de violencia contra los palestinos, no atendemos a las formas renovadas y crecientes de antisemitismo. Mientras nos ofendemos por comentarios irrelevantes de figuras públicas volviéndolos escándalos mediáticos, nadie ve ni escucha innumerables historias de mujeres, indígenas, negros, latinos. Aquí menciono algunos nombres de casos. Pero sabemos que no nos alcanzan. Nunca habrá suficientes nombres para denunciar las oportunidades de discriminación, esa otra forma de violencia cotidiana.

Época siniestra, porque no sabemos ya hasta dónde evitar la confrontación es un camino hacia la neutralización de las agresiones: “tus insultos no me alcanzan”, “me das lo mismo” o si es preciso gritar mucho, pintar, romper, prender fuego: “hasta que me veas”. Además, lo sabemos, no es un mero asunto de ver, ni tampoco un asunto de “tolerancia”, sino de estructuras de toda clase que producen y reproducen asimetrías en el acceso al poder: diferencias de ingreso, de acceso a la palabra, de derecho a ser escuchado, en la protección del Estado, en el modo en que nos trata la policía. Época angustiosa porque en el impulso por la justicia se desatan quemas de brujas, juicios sumarios y humillaciones públicas. Tiempos desorientados porque en la plaza pública caerán figuras culpables de acoso, pero nunca las mafias de paidofilia o de trata de mujeres.

Deberíamos recordar que toda exigencia de justicia está orientada tanto al pasado: reconocimiento de un hecho (no de la autoría necesariamente, pero al menos sí de su realidad y brutalidad), como al futuro: asegurar su no-repetición (aquí y en cualquier lugar, conmigo o con cualquiera). Es preciso repetirse siempre la frase de Benjamin: todo documento de cultura es documento de barbarie. Por ello, no hay nada ni nadie: ni obra ni autor ni “pueblo” ni nación que esté limpio de barbarie por palabra, acto u omisión. Por ello no terminaremos nunca de perseguir a los perpetradores. En algún punto llegaremos hasta nosotros mismos. A nosotros mismos como último hogar del amo cruel que perseguimos, como último victimario de sí mismo y de otros. Pero otra vez: nunca un tacaño mea culpa, pagado con 5 Aves Marías y tres desplegados de periódico.      

¿Qué hemos hecho con nuestros amos? ¿Qué hemos hecho con nuestras esclavitudes? La respuesta que demos medirá lo que habremos hecho en este tiempo. En otros artículos he hablado de este libro, pero viene al caso en este momento. Se trata de Tuer le Mort, de Paul Laurent Aussoun y relata la fiebre de los revolucionaros después de decapitar a Luis XVI y a María Antonieta. Los reyes estaban muertos. Su ejército no tardaría en se derrotado. Pero había un sentimiento de que el amo no moría, de que el rey seguía ejerciendo su poder desde la muerte. Se decapitaron todas las estatuas que representaban a personajes de la realeza. Pero no había modo de ser satisfechos. El amo seguía ahí, humillándolos. Una turba se dirigió entonces a Saint Denis, el mausoleo de la nobleza francesa, el análogo al Escorial español, donde Franco mandó erigir el ominoso Valle de los Caídos para sus soldados. Ya en Saint Denis, los revolucionarios exhumaron los cadáveres reales y como en un acto de “psicomagia”, los decapitaron también. Que dicha purga no sirvió lo demuestra el terror revolucionario. Robespierre no era un alma despiadada, un loco, ni un resentido. Por el contrario, era un personaje intachable, honesto y orador culto y excepcional. Era, sobre todo, un educador. Su libro de cabecera fue siempre el Emilio, de Rousseau. Pero pronto se dio cuenta de algo: no había nadie, absolutamente nadie que pudiera contarse como un verdadero revolucionario. En la guillotina no iban a morir solamente los enemigos declarados de la Revolución, sino todos los sospechosos de quererla traicionar. Para traicionar la revolución no había ni siquiera que quererlo, simplemente bastaba ser un humano demasiado humano. El “ciudadano”, es decir, el nuevo sujeto de la humanidad no había llegado todavía, había que educar a la gente, socializada en la esclavitud. Pero la letra con sangre entra. Y debía ser así porque de otro modo jamás despertaría en las personas el espíritu libre que dormitaba en su pecho. Kant pedía que miráramos terremotos y cataclismos para despertar en nosotros el sentimiento de lo sublime que, en realidad, surgía de nuestra libertad. Robespierre creía en el terror como acto sublime de educación. Pero su motivación era clara: no hay nadie puro para la revolución. En ello Robespierre no era distinto que un religioso como Lutero: nadie puede llamarse un verdadero cristiano, nadie lo es en presente, sino en aspiración. Pero al mismo tiempo, ¿no fue absolutamente necesaria la Revolución Francesa con todos sus episodios para echar abajo la monarquía? ¿No deberíamos decir, incluso, que le faltaron todavía muchas coronas? Sí y no, responderemos, como siempre. El resentimiento no puede ser nunca colmado y los amos nos persiguen más encarnizadamente después de muertos. Hay algo insaciable, una potencia mortal en la actitud revolucionaria. Pero sin ella, no hay más orden que el cinismo, ni más justicia que la injusticia calculada.

Aquí el phármakon entonces: la libertad absoluta no tolera nada ni nadie, porque nadie está a su altura. Así sucede con toda pureza. No hay manera de satisfacerla. Pero ningún derecho se ha ganado por derecho. ¿Cómo pedir, sin la cara llena de vergüenza hipócrita, que no se toquen los monumentos, los nombres, las instituciones, si debajo de ellas hay una pirámide de cadáveres? Es ominoso lanzar un tweet pidiendo prudencia y mesura. Una respuesta agresiva a una agresión y respondemos “pero así no, pídelo por favor, si no te conviertes en lo que persigues”; evitación, y respondemos: “es que nunca dijeron nada”. O no es para tanto o es demasiado.  No hay aquí bisturí que nos salve para discernir todos los peligros en las situaciones y las acciones, violentas y no-violentas, ni máxima que nos oriente, ni siquiera un imperativo en el cual refugiarse. Solamente queda invocar la escucha de cada situación, tener oído para el sufrimiento y distancia respecto a toda identidad, buscada o inculcada por otros, de la que se sigue esta fragilidad narcisista.

 

 

Vistas: 610
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs