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Opinión



Formar a los mejores para el mundo

Miércoles, Mayo 20, 2020 - 12:27
 
 
   

Juan Luis Hernández*

Uno de los efectos del Covid-19 ha sido pensar y repensarlo todo. Emergen por doquier ideas disruptivas que aprovechando las crisis heterogéneas que vivimos, posibiliten nuevos modos de ser y estar, de vivir y convivir. Una de las dimensiones que más está originando debate es en qué medida debe transformarse la educación, la escuela, las universidades, el papel de los profesores, el rol de los estudiantes. Un aporte para este tiempo lo dio hace unos cuantos años el jesuita Adolfo Nicolás, quien este 20 de mayo ha fallecido en Japón.

El P. Adolfo Nicolás (1936-2020) fue Superior General de la Compañía de Jesús entre 2008 y 2016. Tuve oportunidad de conocerlo y conversar con él con motivo de la reunión mundial de rectores de universidades jesuitas en la Ibero Ciudad de México en 2010. Sencillo, amable, directo, sabio, el P. Nicolás nos alentó en dicha ocasión a pensar en qué medida nuestras universidades estaban donde otros no quieren estar, en qué medida nuestro aporte educativo hacía lo que otros no quieren hacer por pereza, por intereses políticos o económicos, por mediocridad pedagógica o por falta de fe en una educación transformadora de la vida toda.

Nos dijo algo particularmente revulsivo: “si nuestras universidades están preocupadas por la competencia voraz, los rankings, las acreditaciones y certificaciones y todo aquello que hoy se entiende como ‘universidades de prestigio’ y no ponemos el acento en algo que es aún más importante, entonces no debemos estar ahí, tenemos que irnos donde más nos necesiten”. Esta preocupación ya la había planteado el P. Gorostiaga, otro jesuita visionario, quien se preguntó “¿de qué sirve formar líderes exitosos en sociedades fracasadas?”.

¿Qué es entonces lo más importante para las universidades jesuitas? Así respondía el P. Nicolás: “En la educación jesuita, la profundidad del aprendizaje e imaginación acompañan, e integran, el rigor intelectual con la reflexión sobre la experiencia de la realidad, junto con la imaginación creativa, para trabajar por construir un mundo más humano, justo, sostenible y lleno de fe”. La realidad (esa construcción social que nos interpela a cada momento) es el horizonte educativo de una educación que se entiende así misma como posibilidad de posibilidades, es decir, una concepción educativa que cognitiva y epistemológicamente estará dirigida a crear oportunidades de transformación donde casi nadie las ve, ni imagina que son posibles.

Luego entonces la educación vista desde el legado del P. Nicolás estará muy lejos de formar a los mejores del mundo, como se ufanan muchos proyectos educativos en sus mercadotecnias y publicidades, “los mejores del mundo”, “los mejores del país” “los mejores de la ciudad”. El problema de esa identidad de “los mejores” es que se hizo al parejo de un individualismo rapaz que construyó liderazgos exitosos en la política, en la empresa o en la sociedad civil, casi siempre pasando por encima de los demás, privilegiando sólo el interés personal y privado, favoreciendo el crecimiento de las desigualdades, fomentado cadenas de corrupción, liderazgos sostenidos por la manipulación de la realidad, erección de “mirreynatos” sin mínimos éticos, sin atisbo de conciencia social.

El P. Adolfo Nicolás nos legó el imperativo educativo de no formar a los mejores del mundo, no los necesitamos, es más, son profundamente dañinos para las sociedades. Necesitamos “formar a los mejores para el mundo”, nos alentó, nos animó, nos interpeló. Formar a los “mejores para el mundo” implica otra pedagogía, la primacía de la realidad, el sostenimiento del Aprendizaje Situado, trabajar con problemas y no con temas, desarrollar capacidades intelectuales para resolver nuestros legados oscuros, la corrupción, la impunidad, las pobrezas, las desigualdades, las violencias.

Gracias a jesuitas visionarios como el P. Nicolás, las universidades jesuitas y los que colaboramos en ellas, tenemos fuertes razones para alentar el realismo con la esperanza, la praxis, la innovación para el cambio social. Nosotros no tenemos un trabajo, sostenemos una misión educativa y nos sentimos orgullosos de ir muchas veces a contracorriente y de ser incomprendidos o perseguidos, según sean las circunstancias. Pero sobre todo, tenemos la tarea permanente de no claudicar en formar a los mejores hombres y mujeres para este tiempo y el tiempo que vendrá en el mundo de la incertidumbre permanente.

*Politólogo, Director del Departamento de Ciencia Sociales de la Ibero Puebla.


Semblanza

Juan Luis Hernández Avendaño

Politólogo, profesor investigador de ciencias políticas de la Ibero Puebla

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