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Opinión



La cuarentena: ¿es privilegio de clase? O por qué desear que las cosas no regresen a la normalidad.

Martes, Marzo 24, 2020 - 12:28
 
 
   

El concepto más radical de comunidad no puede limitarse a los humanos.

Quedarse en cuarentena es un privilegio de clase … que beneficia a todas las clases. Es dolorosamente simple: nadie podría encerrarse creyendo que el mundo entero puede enfermar, excepto él o ella. Eventualmente, el virus me alcanzaría. Este tipo de comentarios morales viven de la culpabilización de una clase que escribe mensajes que solamente dirige a sí misma. Son las clases medias con acceso a internet los que critican a las clases medias con acceso a internet, sólo que unas mandan memes sociales, mientras otros envían fotos de los vinos que se compraron para beber durante la cuarentena. Que el virus hace visibles las diferencias de clase es evidente, pero no hay que equivocarse: aquí naturaleza y cultura se entrelazan, pero no se funden. Si el virus es tratado como un mero accidente social se cae en la fantasía de que podemos controlarlo todo. Teniendo buena atención médica, buenos salarios, riqueza económica, etc., no desaparecería la fragilidad de la vida humana y cualquier virus podría borrarla de un plumazo lo mismo que un asteroide, o el propio calentamiento global.

En esto no hay que equivocarse, la ciencia es una institución social, pero hay un ámbito en el que solamente ella puede hablar. Y este es el caso de los virus, las enfermedades en general o el calentamiento. No debe confundirse tampoco la gigantomaquia que movilizó la ciencia reciente, ni sus ínfulas respecto a otros modos de conocimiento o su frenética implementación tecnológica. Con sus métodos y procedimientos es lo poco que tenemos para asegurar un conjunto de verdades probables sobre la naturaleza. Hay que reflexionar sobre esto: la verdadera aceptación de la finitud no viene de las limitaciones del lenguaje o la multitud de interpretaciones válidas del mundo, sino de esta corporalidad que pende de un hilo y depende de su coexistencia con otros cuerpos, humanos y no-humanos, vivos y no-vivos. El concepto más radical de comunidad no puede limitarse a los humanos.

Pero es obvio que nos conciernen las cuestiones sociales al máximo, que no solamente poseemos vida, sino vida humana, vidas buenas o malas, justas o injustas. Es sólo que debemos mantener la vigilancia conceptual al máximo. El virus ha hecho visibles muchas cosas. Como ha dicho Sabina Morales, el coronavirus avanza como un peculiar jinete del apocalipsis, que, cabalgando sobre un virus, va mostrando las plagas sociales de cada nación: pobreza, hacinamiento, marginación, crímenes contra otras culturas, desplazamientos forzados. Por azares naturales volteamos a ver hechos sociales que normalmente nos habrían escapado.

Hemos visto también desfilar opiniones foucaultesco-agambenianas diciendo que la respuesta al coronavirus no es más que una muestra más de la biopolítica, concernida solamente con el control social a través la administración de los cuerpos y el aseguramiento de la fuerza productiva para mantener girando el sistema capitalista. Sin duda la ciencia ha permitido incidir sobre las estructuras de la vida (neurociencias, genética), de tal modo que hemos vuelto posible modificarlas, cambiando con ello las reglas del juego social y político. Pero esto se extiende a la materia en general. Ya no solamente se administra, sino que se crea la naturaleza, hasta cierto punto. Se dividen átomos como se fertilizan embriones, se insertan genes de una especie en otra, como se realizan trasplantes de corazón y todo ello tiene implicaciones políticas. Pero sería más justo hablar de naturopolítica en dos sentidos: la modificación de la naturaleza por criterios políticos y de la política a la luz de descubrimientos científicos. Limitarse al cuerpo y a la vida y, sobre todo, extrañar un supuesto mundo donde la política todavía nos consideraba humanos pensantes surge de una nostalgia injustificada. Habría que ser más justos reconociendo que la tensión máxima de nuestra época se sigue de un avance técnico-científico sin precedentes acompañado de una conciencia de que todo lo humano es construido. De ahí surgen tanto los miedos a dejar de ser humanos debido a la ciencia, como las utopías según las cuales la modificación de nuestros cuerpos sería tan radical, que podríamos vivir como un código informático en alguna supercomputadora (que seguramente recibiría mantenimiento de los humanos que habrían quedado atrapados en su cuerpo y su mortalidad). En cualquier caso, pensar que hay algo así como la política clásica, que hoy toma como campo de acción algo así como la vida, significa desconocer las profundas transformaciones (y relaciones) que han experimentado ambos campos y que no disimula cierto dualismo (la cultura que se ejerce directamente sobre la naturaleza).

¿Es el abordamiento de la pandemia una estrategia biopolítica? Esto es correcto en la teoría, pero falso en la práctica, digamos, parodiando a Kant. Es verdadero, porque todas nuestras instituciones están enraizadas en un modo de producción técnico-capitalista. Pero, la falsedad del argumento reside en no reconocer que, la vida real, de facto, solamente se puede mantener, reproducir y salvar, el día de hoy, en el marco de los hospitales y con intervención del Estado. El capitalismo debe ser criticado no solamente sobre la base del ejercicio de su control social, sino en tanto que resuelve (mal, claro está) la vida material y la organización social (con su democracia defectuosa, falsa, limitada o como se le califique), de tal modo que “salir” de él exigiría (es embarazoso hablar en este nivel de simplicidad) modificaciones materiales profundas y colectivas, más allá de “modos de resistencia” locales e individuales. Ya la mera palabra de resistencia, donde la izquierda ha tenido que refugiar su prestigio, es algo que deberíamos deplorar, porque ella no es nada sin la promesa de un triunfo futuro posible. Hoy tenemos un pequeño nivel de sabiduría ganada en el siglo pasado para no confundir el triunfo en materia social (humilde, finito, pero concreto) con el triunfo metafísico (un mal delirio), que implicaría la solución de todas las contradicciones y problemas de la humanidad. Se trata de ser ambicioso y a la vez humilde. Agreguemos también, de cara a los que ven en todo orden social y en toda institución la mano perversa de algún poder, que nuestro mundo contemporáneo está tan sujeto al orden y al control, como al abandono y el desorden.

Si algunos (yo entre otros) han discutido el éxito de China para tratar el coronavirus, ha sido para mostrar la dificultad para administrar la salud en sociedades capitalistas masivas. Su éxito ha dependido de un Estado fuerte, capaz de disciplinar ciudadanos y empresas por igual, no por un sistema de salud universal. La pobreza de la clase trabajadora en China no se puede negar. Pero en cuanto hay vida organizada, impuestos, gobiernos y una población masiva, la salud no puede sino administrarse y la pregunta es ¿cómo hacerlo? Cualquiera es libre de visitar chamanes o acupunturistas, según sus creencias, pero solamente puede exigir salud médica a un Estado. Es un hecho de portentosa ceguera ignorar la relación que hay entre crítica social y sociedad organizada a través de un Estado. La crítica social basa toda su fuerza en la exigencia. ¿Y a quién se le puede exigir sino a un Estado que promete cumplir una ley? Sin leyes concretas no hay exigencia real posible. Lo mismo sucede con la crítica al capitalismo: no es retrocediendo hacia modos primitivos (llamados originarios) de existencia que se puede frenar la apropiación de los bienes y el trabajo ajenos. Solamente en un marco contemporáneo es pensable y exigible una igualdad radical entre humanos. Solamente porque el capitalismo promete el bienestar, es que se le puede impugnar. Retroceder en esta conciencia significaría ponerse en manos de poderes fácticos que no tendrían por qué legitimar su uso de la fuerza. Incluso si decimos que nuestro mundo se sostiene sobre la fuerza, es ya un logro descomunal que lo reconozcamos. Finalmente, en un mundo interconectado, es obvio que la exigencia de justicia adquiere un carácter internacional y cosmopolita, al cual ningún saber local originario puede hacer justicia por sí solo.      

Celebrar el modelo político chino tout court resultaría absurdo. Lo absurdo es que China y otros países que occidente considera autoritarios (y lo son) sean más capaces de reaccionar frente a un virus que las naciones capitalistas más avanzadas y que se precian de poseer sociedades organizadas e informadas en materia científica. Aquí se evidencia la falta de capacidad de organización espontánea de la sociedad civil (que mágicamente se le atribuye), su radical indisciplina (que solamente lee como malas intenciones estatales) e incluso su estupidez al acaparar bienes que sirven más a los médicos que a ellos (como las mascarillas). También es absurdo ver a los occidentales criticando al Estado por los sistemas de vigilancia, minería de datos e invasión de la privacidad, cuando, como podemos ver, toda esta información está fundamentalmente en manos de privados, que tampoco se organizarán espontáneamente por ninguna causa social o mundial. Europa y Estados Unidos no están moviéndose al autoritarismo o a las viejas ideas de soberanía para combatir la epidemia, como dice Byung Chul-Han. La globalización siempre ha tenido como eje principal a la economía, dejando las cuestiones sociales a una adelgazada seguridad social en manos de los Estados. En realidad, para la seguridad social nunca hubo globalización.  

Es falso oscilar entre la defensa del Estado y una supuesta anarquía. El anarquismo es solamente la fantasía de quien vive en el Estado e imagina un mundo sin leyes, sin coacción y sin más deberes que los que surgen del corazón y las inclinaciones. Los defensores a ultranza del Estado no defienden, en cambio, su idea, sino ésta o aquella interpretación de él. Lo que estamos convocados a pensar es, más bien, qué tipo de Estado queremos, que sea capaz de responder a la fragilidad corporal y a la fragilidad política a la vez y en la misma medida.  

Se ha criticado a quienes hemos visto en la respuesta a la pandemia del coronavirus una situación inédita, diciendo que se trata de más de lo mismo, de las viejas estrategias de control, del ya conocidísimo capitalismo salvaje y que con esto no se avecina ningún cambio sino, en el mejor de los casos, el intento por regresar neciamente al estado de anterior de cosas. Pero aquí nos las vemos también con la necesidad de un posicionamiento. Habría entonces que ofrecer una lectura generosa, una lectura posible, una lectura incluso estúpidamente esperanzada dentro de la angustia general. Abundan los comentarios de gente que compara el coronavirus con otras enfermedades, enfatizando la baja mortalidad de éste. De esta manera, se le neutraliza. Se muere más gente de disentería en los países pobres, se muere más gente de diabetes en países ricos. Se muere más gente de vil influenza o de simple hambre. En efecto. Pero este tratamiento moral de la respuesta ante la pandemia, oculta la sencilla pregunta que debemos hacernos: ¿por qué esta supuesta exageración? O, más precisamente: ¿se trata de una exageración?

La singularidad del coronavirus reside en su capacidad de haber puesto en sincronía muchas cosas. Se trata de un desajuste que, de golpe, articula todos los desajustes y les da un suelo común, frágil, pero perceptible. Cada país vive normalmente sus problemas, incluso los globales, de manera más o menos local (solos o con pequeños grupos). Pero el hecho mundial en el que toda la humanidad coincide es este virus. No coinciden sus respuestas, sino en estar en la misma situación. Hasta los países más alejados del epicentro saben que llegará su momento. Son siempre catástrofes lo que arranca a la gente de su mundo de particularidades e intereses inmediatos. Pero esta catástrofe no ha ocurrido, sino que está en pleno curso. Así, como un incendio, vemos cómo corre el fuego por el planeta. No es el peor, no es el primero, ni el último. No se trata de eso, sino de la rara situación de sincronía de la atención mundial, que además coindice con un sentimiento de radical falta de control y fragilidad. Y hay también otra sincronía, en este caso material: la velocidad de propagación del virus y del desarrollo de la enfermedad tras la infección es tal que todos los sistemas de salud del mundo se ven confrontados con una demanda simultánea de pacientes (lo que termina por saturarlos), demandando lo mismo (camas, respiradores, medicamentos para vías respiratorias, causando desabasto). El mundo, de manera normal, distribuye las enfermedades y los tiempos. Pero el coronavirus amenaza con la saturación. Éste puede equipararse al momento mesiánico donde todo se detiene y el instante se vuelve denso y lleno de interrogantes.

Este momento de excepción no se debe al Estado, ni al mercado, no es de nadie, aunque todos querrán apropiárselo y sacar todo tipo de provechos. Este evento que no es de nadie, que no tiene sujeto todavía, es como un balón suelto y no deberíamos dejarlo escapar en lugares comunes y explicaciones usuales. Lo que el jinete de la peste ha dejado ver no debemos dejar de verlo. Se trata de un acontecimiento global que, por lo menos, ha suscitado reflexiones con implicaciones a la que no estábamos acostumbrados. De nuevo, el mundo y su organización-desorganización actual está en la mira y no solamente para los sospechosos comunes.  

La globalización siempre ha mostrado su dobla cara: socialización de costos y privatización de ganancias y beneficios. En medio, sí, está internet, la circulación de información. Pero ésta también se debate entre su raíz anárquica y de libre circulación de bytes y su colonización por el mercado. El coronavirus ha causado la extraña situación de forzar la suspensión de la normalidad, sobre todo, de la normalidad que creíamos inconmovible. La forma en que paró el mercado fue tan brutal que ya podemos comenzar a vislumbrar la crisis económica venidera. En ninguna otra situación, absolutamente, habría sido esto posible. No hay que ser tacaños con el pensamiento limitándonos a repetir nuestras clásicas consignas interpretativas. Hay que aventurarse incluso a fantasear, en el mejor sentido del término, qué podremos y deberemos hacer para que las cosas no regresen a la normalidad.


Semblanza

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

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