María Teresa Galicia Cordero
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Desde el martes pasado, cientos de estudiantes universitarios, en su mayoría de la Facultad de Medicina de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), salieron este martes a las calles a marchar para exigir un alto a la violencia en Puebla y en especial clamaron justicia para sus compañeros asesinados en Huejotzingo, su lema fue #NiUnaBataMenos.
De manera paulatina, la Universidad Iberoamericana de Puebla (UIA), la Universidad de las Américas Puebla (UDLAP) y la Universidad Anáhuac expresaron su solidaridad con las comunidades de las dos universidades en donde estudiaban las tres víctimas.
El jueves, en la UIA, como parte de las Jornadas en el marco del Día Internacional de la Mujer Pamela Morales, estudiante de la BUAP, con la voz ligeramente quebrada, dedicó Julia, tema de su autoría, a las mujeres desaparecidas. “Ayuda, esto no es mi culpa. ¿Has visto a Julia?”. Todas sus canciones denuncian la violencia de género que existe en Puebla, por lo que ella junto con los estudiantes, exigieron justicia por sus hermanos y hermanas. “México no puede seguir así. Merecemos regresar a casa sanos y salvos. ¡Ni un ser humano menos!”, exclamó.
Después de su participación, en la marcha que se organizó, se entonó la consigna que se convertiría en el leimotiv de la manifestación: “Señor, señora, no sea indiferente: se matan estudiantes en la cara de la gente.” Así como: “Prefiero ser viral ahora que estoy vivo y no cuando me haya ido”.
A lo anterior, se han sumado ya muchas otras Universidades e Instituciones ante la demanda de una generación que ya tuvo suficiente de vivir con miedo, también entre ellos, se han expresado de manera solidaria una frase que sintetiza todo lo ocurrido en esta última semana: “cuídense mucho”.
De manera reiterada y desde ya hace muchos años, en México se han venido presentando desapariciones, asesinatos, feminicidios, secuestro de hombres, mujeres, jóvenes y niños, situaciones que se han convertido en parte de la vida cotidiana en diversas regiones, ciudades y comunidades mexicanas, resultado opino, de una discriminación estructural que ha permeando en todas las maneras en que nos relacionamos, tanto en lo público como en lo privado.
Lo más complejo y preocupante es que se inscribe no solamente en el funcionamiento de la sociedad, también en las diversas instituciones, basta conocer los indicadores de bienestar social para visualizar las brechas que permiten dimensionar los contrastes existentes (Solis, 2017).
No podemos en este momento, desperdiciar el potencial de las voces de los jóvenes universitarios y tampoco de las mujeres que nos estamos uniendo para demandar justicia y seguridad para todos, como parte de una lucha antidiscriminatoria que es necesaria.
En nuestro país, la mayor parte de la población enfrenta una discriminación estructural (Solís, 2017): jóvenes, mujeres, personas mayores, pueblos y comunidades indígenas, personas con discapacidad, niñas, niños y adolescentes, migrantes, así como una gran variedad de grupos adicionales, experimentan dificultades sistemáticas para ejercer sus derechos.
A pesar de que los derechos universalmente válidos para todas las personas son producto de una larga construcción institucional y cuentan con marcos jurídicos amplios y robustos en la materia, se siguen reproduciendo prácticas discriminatorias que establecen desigualdades, menoscaban la permanencia, calcifican diferenciales de desigualdad social y reproducen estratificaciones de todo tipo que colocan especialmente a las mujeres, a la población de jóvenes de diversos contextos, a los niños y a las personas con discapacidad en situación de discriminación y subordinación estructural.
Todo lo anterior, se está convirtiendo en un patrón de alcance generalizado que parte de la familia, la escuela, el empleo y las instituciones públicas. Esta discriminación tiene consecuencias colectivas que van mucho más allá de las relaciones interpersonales y que impide el pleno disfrute de los derechos.
La exclusión de derechos tiene efectos generalizados que se expresan en brechas sociales y actúan en detrimento de la vida social, la calidad de la democracia y las expectativas de desarrollo del país porque tienen que ver, además, con nuestra libertad para decidir.
Si bien, los Derechos Humanos están en una pluralidad de normas jurídicas y en el caso de México en los primeros artículos de la Constitución, estos no se cumplen en su totalidad ni con la mayoría de la población, disfrutar de los Derechos Humanos se relaciona directamente con la manera en la que estamos viviendo: por qué si se tiene el derecho a la alimentación, se mueren las personas de hambre; por qué si la gente tiene derecho a la libre expresión, muchos están acosados y encarcelados por ejercer tal derecho; por qué si existe el derecho a la educación aún hay niños, jóvenes y adultos excluidos de ella, personas que no saben leer ni escribir o niños, adolescentes y jóvenes que no van a la escuela; por qué si se ha abolido la esclavitud siguen existiendo personas que son obligadas a vivir en una esclavitud “moderna”; por qué en buena parte de la realidad actual y en los diversos niveles sociales, se presentan la tortura, las desapariciones, los feminicidios, la violencia; por qué si la libertad, la justicia, la paz la dignidad y la igualdad son los andamiajes fundamentales de la construcción y desarrollo de los Derechos Humanos, vivimos con miedo, inseguridad, violencia y discriminación.
Por eso a esta manifestación de los universitarios en Puebla a la que en se está uniendo la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y otras más en el país, debemos de sumarnos todos, porque todos estamos expuestos, porque no podemos seguir en silencio. Los Derechos Humanos no solo sirven para dar lecciones de historia, civismo, ética, ni tampoco para que estén presentes en los discursos o en las campañas, tenemos que lograr que se conviertan en el ejercicio cotidiano de aquellas elecciones que hacemos cada día como mexicanos, en las responsabilidades que compartimos y que respetamos, en la confianza de ayudarnos uno a otros y de proteger a los necesitados.
Podemos y debemos ejercer esos derechos en el entorno más cercano: la familia, la escuela, el barrio, la colonia, en las universidades e Instituciones donde estudian todos estos muchachos que hoy alzan la voz, porque es aquí donde se gestan los movimientos a favor de nosotros mismos.
El desarrollo histórico de nuestro México, ha mostrado que la legitimación y salvaguarda de los Derechos Humanos sigue siendo una necesidad en este mundo globalizado, en donde se siguen acentuando las diversas desigualdades que existen en nuestra sociedad.
Cambiar esta situación debe de tomar en cuenta el camino de la inclusión, que, si bien tiene muchas brechas y grandes obstáculos, abre horizonte de esperanza para recorrerlo, ya que no solo es un imperativo moral y legal, es también una urgencia económica y social.
Por Manuel Antonio, Ximena, José Antonio, Francisco Javier, José Manuel, la pequeña Fátima, Ingrid y todos aquellos y aquellas que ya no están con nosotros, apoyemos estas voces que hoy claman justicia para que no se siga retroalimentando esta discriminación estructural que hoy está presente.
Referencias.
(Solís, P, 2017). “Discriminación estructural y desigualdad social”. Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación. www.conapred.org.mx