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Opinión



Fuchi caca a la polarización

Viernes, Febrero 14, 2020 - 09:43
 
 
   

Se pretendió desaparecer los sindicatos y con ello las prestaciones.

Las luchas universitarias del siglo XX, mostraron a lo largo de la centuria el papel crítico que habría de distinguirlas. Desde las aulas se manifestaron y desembocaron en diversos movimientos que llevarían su sello.

Así, se da la lucha por la autonomía con la que en 1929 se erigiría la Universidad Nacional Autónoma de México; en los sesenta tanto en el interior de la República  como en la capital, el clamor estudiantil sería fiel reflejo del hartazgo de obreros, campesinos, indígenas y diversos sectores populares. En el Palacio Negro de Lecumberri  (hoy Archivo General de la Nación) confluirían  diversos líderes estudiantiles, comunistas, sindicalistas, pintores, artistas, todos bajo un mismo cargo: oponerse a un régimen carente de libertades.

Teniendo como antecedente el movimiento de 1968, en la década de los setenta irrumpiría en la escena nacional un nuevo tipo de organización gremial, el sindicalismo universitario. Uniéndose a las banderas y exigencias de libertad sindical que el sindicato de ferrocarrileros, de electricistas, de telefonistas, levantaron en los cincuenta.

Los setenta son testigos de la organización de maestros, estudiantes, trabajadores administrativos y de servicios. Se habla de autogobiernos, cogobiernos, de universidades democráticas, críticas y populares, de defender el derecho a la libre sindicalización, oponiéndose a un apartado “C” en la Ley Federal del Trabajo, bajo el que se pretendía encasillar a los trabajadores universitarios.

Estas actuaciones llevarían a nuevos planteamientos en el quehacer académico, investigativo y de extensión universitaria. Desde entonces, muchos han sido los sacrificios, muertes y desapariciones, en la lucha por disminuir las desigualdades. Y la Universidad Autónoma de Puebla tiene mucha historia que contar al respecto, como el caso de los universitarios Joel Arriaga y Enrique Cabrera, entre otras víctimas.

En los ochenta, la izquierda en México, bajo nuevas “reglas del juego”, dejaría atrás la clandestinidad e iría encaminada en un aprendizaje  de actuación bajo nuevos lineamientos que permitirían avanzar hacia una reforma política que abonaría hacia la construcción de la democracia en nuestro país. Esa era una postura, claro, había otras como la guerrilla.

En ese contexto sindicatos como el Sindicato Único Nacional de Trabajadores Universitarios (SUNTU), la Unión Nacional de Trabajadores (UNT); partidos como el Mexicano de los Trabajadores (PMT), el Socialista de los Trabajadores (PST), el Mexicano Socialista (PMS), el Socialista Unificado de México (PSUM), de la Revolución Democrática (PRD), apostarían a mandar a sus líderes a cargos de elección popular.  El camino ha sido largo y sinuoso desde entonces.

La década de los noventa trae aparejada una crisis en diversas universidades del país, básicamente en el tema de las partidas presupuestales. Guerrero, Oaxaca, Puebla y Sinaloa, encabezaban la lista. En esa década se pretendió desaparecer los sindicatos y con ello las prestaciones que durante más de una década se habían ganado como las jubilaciones, el aguinaldo, el derecho al lugar de adscripción, entre otras.

Asimismo, la Secretaría de Educación Pública  iniciaría un Programa de Becas o Estímulos para los académicos e investigadores de las universidades; llegando y campeando la era de la puntitis. El objetivo fue claro: privilegiar el trabajo individual por sobre el colectivo, cada quien debía quitarle al otro el mayor número de puntos (asesorías de tesis, asistencia a congresos nacionales e internacionales, presentación de ponencias, viajes de estudio, reuniones de academia, elaboración de programas, evaluaciones, etc. etc.)

Ante aumentos salariales realmente irrisorios -para evitar la inflación, dirían desde el Estado-, los maestros entraron a esos “procesos” que nada tenían que ver con las funciones prioritarias en los recintos universitarios: la docencia, la investigación y la extensión universitaria.

Hoy, veinticinco años después creemos tener en el país las condiciones para cambiar esta situación académica, investigativa y laboral. Y no es precisamente tomando partido en la BUAP, “por la auditoría” o “contra la auditoría” como podremos avanzar en un proceso democrático, crítico y de compromiso social. Para eso existe una normativa y tendrán todos los actores políticos que sujetarse a lo dispuesto en la materia.

Hay muchas demandas pendientes entre los universitarios: salarios dignos, creación de plazas, certidumbre en el empleo, diálogo con la sociedad,  programas académicos acorde a la nueva era que vivimos, entre muchos otros temas.

Bienvenido el debate que construye, el pensamiento que expande conocimiento; bienvenida la confrontación de ideas, fuchi caca la polarización que destruye.


Semblanza

Rosa María García Téllez

Egresada de la UNAM, es licenciada y maestra en ciencias política. Tiene Maestría en Arquitectura en el Área de urbanismo, y Doctorado en Arquitectura con especialidad en sitios históricos. Se desempeñó como académica e investigadora en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, así como miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Ha venido desempeñando diversos cargos tanto en el ámbito académico como del sector público. Es Secretaria General Fundadora de la Asociación Sindical de Personal Académico de la BUAP. Autora de libros, artículos y ponencias a nivel nacional e internacional. Actualmente consultora en temas de organización gremial, gobernabilidad y políticas públicas.

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