Hace dieciocho meses escribimos que en el movimiento conocido como de Regeneración Nacional (Morena), las pasiones se encendían y las mentes no se enfriaban. Hoy el escenario persiste, tanto a lo externo como a lo interno de su movimiento. Desde el 2014 en que el INE le otorga su registro, no ha existido la capacidad ni la intención de constituirse en un partido que logre la cohesión ideológica tan necesaria y cuyos principios guíen la actuación de los diferentes grupos sociales y políticos participantes.
Esto era necesario tanto para Morena como para el sistema de partidos en México: pasar de ser un movimiento a la consolidación de una organización partidaria. En esto también podrían haber hecho historia. El problema es cuando su líder moral repite incansablemente que ellos hacen la historia, no los otros. Así, se anula la crítica y autocrítica que permite evaluar el proceso seguido por la izquierda en este país desde el siglo pasado. No es borrón y cuenta nueva; no se puede ser voluntarioso ni hacer sesgos en movimientos contestatarios como los casos del EZLN, las feministas, los luchadores sociales comunitarios y ambientalistas.
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La historia, para ser parte de ella se tiene que estudiar, analizar, comprender y aprehender. La sabiduría llega después y es parte del conocimiento y la experiencia. Las ‘lealtades’, por cierto, no son parte de la historia, son parte de camarillas, de familias, de intereses individuales que se contrastan y oponen al interés colectivo, al interés de la ciudadanía, al buen gobierno.
El hartazgo de la ciudadanía tuvo eco frente a un hombre que dio esperanza, enarbolando banderas que por décadas no habían sido atendidas. Él mismo es heredero de movimientos que desde su salida del Partido Revolucionario Institucional (PRI), del Partido Socialista Unificado de México (PSUM), y del Partido de la Revolución Democrática (PRD), llega finalmente en octubre de 2011 a la creación de Morena; logrando con las votaciones de julio de 2018 seguir transitando en paz por el camino hacia la democracia. Democracia que se sigue construyendo y a la que apostaron -desde el siglo pasado, ferrocarrileros, médicos, estudiantes, tendencias democráticas sindicales, ONG’s, INEGI, IFE-INE, CNDH, etc. La historia de México no empieza en 2018, es parte de ella.
Muchas vidas han costado a México la lucha por instituciones y normas constitucionales que rijan la vida democrática de nuestro país. Desde entonces, hemos tenido luchadores como Valentín Campa, Demetrio Vallejo, José Revueltas, Heberto Castillo, Rosario Ibarra de Piedra, entre otros muchos que incluso son paladines anónimos y que desde diferentes trincheras han trabajado por la transformación de nuestro país. Preservemos las instituciones que perviven a los hombres; reformemos, consolidemos, pero no aniquilemos.
Las votaciones son un acto que consolida las democracias representativas donde a veces se pierde y a veces se gana, y los partidos políticos han de tener la capacidad, responsabilidad y madurez para entender los resultados. No puede haber fraudes anunciados, diseminar esto significa restar certidumbre a una institución ciudadana como es el INE y hoy los mexicanos lo que menos necesitamos es incertidumbre. Los consensos deben ser buscados, por encima de los disensos, esto es hacer política. Lo contrario, es abonar hacia la anarquía, hacia el abandono de instituciones y normas que representan un Estado de Derecho.
Los ciudadanos deciden su voto libre y secretamente. Si esto es trastocado existen los órganos jurisdiccionales encargados de sancionar actos u omisiones constitutivos de delito. La Constitución y las leyes que de ella emanan han de ser preservadas y los tres poderes -ejecutivo, legislativo y judicial- tienen una gran responsabilidad, porque dependiendo de su actuación, así es como pasarán a la historia.
No olvidemos que la alternancia en el poder es deseable porque “el poder corrompe” y sobremanera lo sabemos quienes en México vivimos bajo la hegemonía de un mismo partido durante el siglo XX. De ahí que siga siendo válida la bandera de Francisco I. Madero: “SUFRAGIO EFECTIVO, NO REELECCION”, sobre todo por nuestros antecedentes históricos.