Desde julio del 2018 se ha suscitado un fenómeno en nuestra sociedad: la polarización de posturas ante la llegada de Manuel López Obrador a la Presidencia de la República.
Las versiones que corrían en torno a convertir a México en otra Venezuela, la huida de capitales de nuestro país, el colapso de nuestra economía, fueron disminuyendo con el correr de los meses. México nunca se convertirá en otra Venezuela y nuestra estabilidad financiera –lograda durante más de tres décadas en el contexto de la globalización- está más que segura.
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Los procesos electorales en que participó López Obrador para llegar a la Presidencia, dan cuenta de su terquedad –sí- pero, sobre todo, de su decisión de participar en los cambios necesarios en nuestro país, por la vía pacífica. Y por este hecho pasará a la historia, aunque no necesariamente como una 4T.
Las transformaciones que ha vivido nuestro país, son parte de un proceso en el cual la segunda mitad del siglo XX da cuenta. Ante la presencia de movimientos obreros, campesinos, estudiantiles, magisteriales, médicos, indígenas; nuevos partidos políticos, nuevos sindicatos, la represión no se hizo esperar. Hubo presos, tortura, muertos, desaparecidos y todo esto, fielmente documentado.
El camino recorrido hacia la democracia en México no ha sido fácil, más bien tortuoso. Ha costado y mucho. Organismos que hoy reclaman su autonomía, son parte de esto: CNDH, INE, INAI, FGR, entre otros, tales como el poder legislativo y judicial.
Sin duda, los cambios que se reclamaban y se expresaron en las urnas en julio de 2018, eran necesarios ante el hartazgo por la corrupción y la inseguridad –no sólo falta de seguridad pública, sino laboral, educativa, de salud, vivienda y alimentación.
Los electores, apostaron por el cambio por la vía legal, por la vía pacífica y renovaron su esperanza -como cada sexenio- a que el actual sea mejor que el anterior. Y esa llama de la esperanza no puede apagarse; por eso las mañaneras, por eso el discurso de “primero los pobres”, por eso el dinero otorgado -en forma directa- para proyectos sociales. Por eso el exceso en el discurso presidencial al presentar por un lado a los “fifís” y por otro al “pueblo bueno”. Porque sabe nuestro actual Presidente de la República que el único que lo puede sacar de Palacio Nacional, es justamente el pueblo.
Ante ello, hemos de ser muy cautelosos y responsables al “etiquetar” a los diferentes grupos sociales, porque cuando se suscita el debate y la confrontación sobre determinados temas, las diferencias político-ideológicas resurgen. Los ejemplos son vastos, el AICM, los migrantes, Santa Lucía, el Tren Maya, la participación de grupos guerrilleros como la Liga 23 de septiembre, etc.
No es necesario reescribir la historia; los testimonios, los hechos, están al alcance de quien los busque. No partimos de cero, por fortuna México tiene gente que le ha apostado al cambio y la participación, a partir del conocimiento, la educación, la gestión y autogestión, la crítica y la autocrítica. Si no fuera así, cómo entenderíamos el surgimiento del sindicalismo independiente en los sesenta y setenta, la reforma política de los ochenta, la participación de la izquierda en búsqueda de escaños y puestos de representación popular, en los noventa; sólo por mencionar algunos de los logros en ese proceso de camino hacia la democracia.
Al día de hoy, en términos históricos, queda más que claro que los mexicanos le hemos apostado a las instituciones, al Estado de derecho, al camino hacia la democracia por la vía pacífica. De ahí la urgencia de fortalecer esas instituciones que reclaman la erradicación de viejos vicios -como la corrupción-, que violentan nuestra sociedad, nuestra seguridad, nuestra felicidad.