Sábado, 24 de Agosto de 2019     |     Puebla.
Suscríbete


Opinión



La era del final de las eras

Jueves, Julio 11, 2019 - 17:54
 
 
   

Es el precio de existencia de todo lo determinado.

Así será conocida esta época: la de las catástrofes. Pongámonos a tono: si sobrevivimos.

Catástrofes humanas, catástrofes naturales, catástrofes espirituales, informáticas, genéticas.

Pero toda catástrofe tiene un lado patético y otro magnífico a la vez, como sucede con un naufragio. Por la catástrofe accedemos hoy lo sublime. No por el arte. No por la religión. N por la filosofía. Podemos estar de acuerdo en que el primer presagio funesto de esta época lo constituye el Titanic. El Titanic es emblema de todos los trenes descarrilados, los barcos hundidos, los Zepelines en llamas, los aviones desplomados y quizá también de Chernóbil y Fukushima. La tecnología nunca ha sido un mero instrumento. La tecnología es el diseño de un pedazo de naturaleza aprovechando alguna propiedad duradera, a la cual, igualmente nos sometemos. Cuando se construye una herramienta, se le usa, pero también se le obedece. No puede ser de otra manera. Incluso nuestro cuerpo se comporta así: nos posibilita ciertos movimientos, pero nos prohíbe otros. Es el precio de existencia de todo lo determinado.

El Titanic es sublime y horroroso. De Burke a Kant hemos aprendido que el horror y los grandioso van de la mano. Los dioses hablan la lengua de los cataclismos. Inundaciones, fuegos, sequías, plagas. El poder absoluto lo experimenta el hombre solamente en el atisbo de su aniquilación. ¿Pero cómo puede fascinarle su desaparición? Estamos acostumbrados a ver la gran pantalla todo tipo de catástrofes y cataclismos: polos que se derriten e inundan la tierra, asteroides que impactan la tierra, marcianos que aniquilan a la raza con rayos láser, Godzillas, científicos locos, accidentes nucleares, etc. 101 formas de extinguirse. Ahora, en todas estas creaciones el ser humano debe luchar por su sobrevivencia: hay entonces momentos para el heroísmo, para la ternura, la angustia, luego la reflexión, el arrepentimiento… y finalmente el triunfo.

La lista se va actualizando de acuerdo con contexto histórico. Aquí algunos ejemplos de catástrofes que comenzamos a atisbar. Nuestra producción tecnológica fue primero mecánica, luego informática, finalmente será biológica. Por esta razón, tememos que existirán especies que nos desplacen, como nosotros desplazamos a los que nos ofendieron. Revancha de los homínidos extintos en el ascenso del homo sapiens, homini lupus. O también ésta: cuando ya no existan libros y toda la memoria humana se encuentre almacenada digitalmente, pasará un meteorito muy cerca de la tierra. No la impactará, pero su carga magnética borrará todos nuestros dispositivos. Versión del meteorito en la era de la información. O incluso: nuestros físicos descubrirán que la materia oscura es realmente la que “dicta” a la materia sus propiedades, que todo lo que hemos visto del universo es solamente una posibilidad del dictado de aquella. En ese momento, como en el giro de un dial, todas las propiedades del universo cambiarán, también la posibilidad de nuestra existencia. Finalmente: manipulamos todo lo que está a nuestro alcance, pero, principalmente, a nosotros mismos. Cambiaremos los genes, su expresión y nuestras conexiones neuronales hasta el punto de borrar lo que somos. Todo manipular tiene sentido cuando permanece algo sin modificar; pedazo que conoce y reconoce, que coteja y aprecia los cambios. Pero llegará el punto en el que ese mismo punto de referencia, nuestro punto arquimídeo, entrará en la transformación, disolviendo toda referencia y toda diferencia, hasta fundirnos con la deriva. 

Todas estas imágenes son advertencias, claro está. Pero hoy circulan por primera vez imágenes del mundo después de los humanos. La pantalla se ha aventurado a preguntar no por los riesgos de la humanidad, sino por su final. Hoy vemos animaciones del mundo olvidando a los hombres: las plantas devoran el asfalto, la gravedad derrumba las edificaciones, el sol evapora nuestras inscripciones. Ese momento espantoso de no vernos, o de ver en nosotros un mundo sin nosotros, es similar a cuando fantaseamos con nuestra propia muerte. Pero si en la escenificación imaginada de nuestra muerte asistían nuestros deudos, el teatro del mundo después del hombre es solitario. Dolorosamente solitario porque no hay quien levante acta, quien llore o se alegre. Es silencio puro. ¿Dónde está entonces lo sublime? En que el mundo exista sin nosotros. Precisamente. Nos convencimos por la tecnología, por la filosofía y por los antropólogos, que el mundo era un constructo humano, que vivimos en un mundo de meras representaciones históricas y locales. Vivimos las últimas décadas convencidos de que la naturaleza no era nada, o que era inaccesible o irrelevante. El realismo que emerge del mundo después del mundo es, sin embargo, sublime porque hace aparecer una subsistencia superior a toda invención humana.

En sus reflexiones sobre lo sublime Kant decía que éste se nos presenta como algo que no podemos abarcar, algo que nos rebasa. El infinito matemático o el infinito dinámico son ejemplos de una vastedad que no podemos circunscribir. El “exceso” es aún una figura antropomórfica. El silencio del mundo sin humanos, en cambio, no parece excesivo, sino silencioso y solemne. Es la vacuidad pura. Eso es lo que encierra toda práctica meditativa, el silencio subjetivo. Al vivir su nada, el sujeto experimentaría una vastedad pero que ya no guarda relación humana y, por tanto, no es un exceso en sentido estricto. La nada silenciosa es plenitud radiante. En ese silencio el sujeto se deja en paz a sí mismo, se libra del tormento perpetuo que se inflige -al no saber cómo comportarse consigo y con los otros: cómo ser sujeto. Se da tregua.   

Pese a todo ello, no podemos desprendernos de la melancolía, como lo recuerda la película de Lars von Trier sobre el fin del planeta. Las imágenes del mundo después del mundo no son sobrecogedoras como el espectáculo de la catástrofe. Son melancólicas. Este espíritu ya estaba presente en el romanticismo. Su figura principal es la ruina. En los cuadros de Caspar Friedrich es común ver ruinas iluminadas con la pálida luz del ocaso. La ruina es visitada por espíritus de los cuales ignoramos si son humanos -quizá la humanidad vague por la tierra todavía después de muerta. La ruina es la huella del hombre.  La ruina es todavía humana, sí, pero, al contemplarla tenemos el atisbo del día después del final. La ruina serán piedras apiladas que ya no hablan y que no hablarán ni a los lagartos, ni a las libélulas. Serán solamente piedras. Esta imagen es, pese a todo, una ventana al tiempo después del tiempo.

Hay un cuadro muy particular de Friedrich, desolador y tranquilo a la vez que se destaca de todos los otros. Se trata de La esperanza fracasada (Die gescheiterte Hoffnung, conocida también como El mar de hielo): El motivo del cuadro es conocido: el naufragio de un barco en su expedición al Ártico. En el vasto mar congelado vemos un trozo del navío confundiéndose con el paisaje. ¿Pero es esto todo lo que hay que ver? ¿Un Titanic anticipado? La imagen nos presenta un paisaje helado y extraño que recuerda a una ruina humana. Podría parecer el escombro de una construcción. Pero las formas son también patrones comunes en el hielo, sólo que éste se encuentra quebrado. El hielo no disimula la brutalidad del naufragio: sus filos dan prueba de que algo se ha estrellado contra él. Sin embargo, lo que vemos realmente no el drama del naufragio. El hielo lo ha ocultado. En primer plano tenemos precisamente una capa de hielo pardo. Caspar Friedrich sabía, como buen romántico, que al final llega siempre la naturaleza. O bien, que la naturaleza no es lo que está antes, sino después del hombre. Es lo que reclama el territorio allanado por la expansión de la mancha humana. Al final de la historia llegan los turistas. Al final del hombre, la naturaleza. Esa naturaleza que entierra al hombre, como una madre silenciosa a su hijo, no es terrible, como la imagen de Júpiter devorando a sus hijos. Es melancólicamente sublime.

Una última pregunta. Lo sublime del naufragio de la especie: ¿viene de la imaginación o de una conciencia realista? Es aquí donde rozamos la extraña fascinación por contemplar nuestro fin. Por un lado, ese fin no podemos sino imaginarlo, pintarlo, escenificarlo. Pero, por el otro, el contenido de lo imaginado apunta a ese silencio que solamente puede provenir de la naturaleza. Ya es sobrecogedora la noche oscura y silenciosa que engulle la pequeñez de la vida. Pero el paisaje iluminado por un sol negro sobrepasa las noches más horrendas. Es un sol real-ideal, oscuridad obstinada o luz sin la luz a la que estamos acostumbrados. ¿Mas no es acaso todo esto un gran engaño, producto de la megalomanía de la especie? ¿No es el momento más grandioso de Narciso contemplar el espejo sin su imagen, verse a sí mismo retirarse, contemplar su espalda mientras emprende, solemnemente, su retirada? Lo sublime combina el narcisismo y la anulación, la afirmación y la negación de sí, la condición paradójica que nos envuelve, a saber, la de ser naturaleza que es más y menos que ella misma, naturaleza sin naturaleza, naturaleza desajustada. Narcisismo porque creemos que la naturaleza se desajusta en nosotros, que el drama de su extrañamiento comienza con la especie humana y no que existe desde siempre. Deposición del yo porque esa luz tenue y sorda que ilumina al mundo sin nosotros la percibimos gracias a esa naturaleza primaria que nosotros somos, sin sentidos, ni inteligencia. Percepción sorda, incolora, pero no insípida.

Por ello somos hoy realistas, por el acceso a lo sublime. Y por eso también nos fascinan los animales, tan cerca y tan lejos de nosotros. Hemos denostado por siglos al animal. Ha servido, por siglos como la imagen de un humano inferior, imperfecto, malogrado. Lo que hoy nos fascina, finalmente, es su capacidad mirada, su capacidad de tener un mundo, de sostenerlo con su experiencia al margen de toda intervención humana. ¿Cómo se mira el mundo a sí mismo desde el animal? Unos dicen: el animal ve, no mira. Pero yo, cuando soy atrapado por la mirada de un perro vagabundo, ¿no soy mirado con mayor profundidad que cuando soy ignorado por miles de ojos en las calles? ¿No es la mirada del animal más intensa que la de cualquier encuentro fortuito con otro humano? Goya tiene un cuadro famoso que pintó en su propia casa y que constituye un mero esbozo.

Goya Dog.jpg

El cuadro retrata a un perro mirando asustado en una dirección a la cual no podemos acceder. La ve con horror. Los colores recuerdan la paleta del Goya que pintaba la guerra. Podríamos aventurar que el perro mira la guerra de los hombres. El perro se horroriza de ver a la especie humana consumiéndose en la batalla que libra contra sí mismo. El mundo después de los humanos es silencioso, sí. Pero todos los ojos y oídos y órganos que perciben las formas, los colores, la luz, la radiación, las ondas, la presión, seguirán ahí: unos con alas, otros con branquias o patas. Seguirán viendo y seguirán viéndose entre sí. Siguiendo esta línea, la locura del realista consiste en afirmar que el mundo mira, se mira y nos mira. Nos mira sin mirarnos, nos quita el privilegio de ser los únicos que observan. En la catástrofe contemplamos a la humanidad en su conjunto, pero sin nuestra la mirada condescendiente y cómplice. Sin racionalización. Quizá también sin escándalo. De manera sombría, pero serena. Este el último camino que hemos dejado para mirar de manera sublime.


Semblanza

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Ver más +

Encuesta