Dr. Ricardo Velázquez Cruz.
La responsabilidad supone la necesidad de una ética mundial y un saber orientativo que nos capacite adecuadamente para actuar con nuestros semejantes; consentimientos mínimos que revelen acuerdos respecto a los diversos valores, normas y actitudes para una convivencia digna y que los otros puedan elegirlos libremente o responsabilizarse de la comunidad mundial en vista a futuro, evitando ejecutar cualquier decisión que pueda afectar o lastimar la existencia del hombre. Y también pensar como aquel que transforma, no como simple medio. Es una relación dialéctica y dialógica, es un diálogo.
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Podríamos pensarlo como un sentido intelectual, pero, como tantas otras palabras este es un término desgastado por el uso indistinto que se ha hecho de él. Parafraseando al poeta francés Valéry, intelectual es una palabra que ha pasado por tantas bocas, frases, usos y abusos, que las precauciones más exquisitas se imponen para evitar confusión demasiado grande en nuestras mentes, entre lo que pensamos y tratamos de pensar y lo que quieren que pensemos.
Después de todo, lo que importa no son unos improbables rasgos universales que describan a un intelectual sino el contenido y el compromiso de su obra; en síntesis, la responsabilidad de su obra frente al mundo. Y cuando decimos compromiso no debe entenderse que aludo a un compromiso con ideas políticas, religiosas o sociales concretas, sino que pienso en un compromiso más amplio y profundo con la humanidad, con el mundo en el que vivimos. Mientras que para el pensador italiano Antonio Gramsci, la actividad intelectual carece de significado si no se encuentra vinculada con la actividad política, a la práctica en que todos los seres humanos nos movemos, hacia la búsqueda de un mundo posible y mejor.
Jorge Luis Borges, en su obra otras inquisiciones (1980), junto con otros autores, llega incluso a afirmar que la toma de partido en política implica la traición de los intelectuales. Además de afirmar que el verdadero intelectual debe huir de los debates contemporáneos, pues la realidad es siempre anacrónica. Sin llegar a ninguna actitud extremista, debe convenirse que la tentación de lo inmediato ocasiona una erosión de doble sentido sobre la capacidad de los pensadores para incidir en el devenir de la sociedad de manera responsable. Las ideas sobre ella no deben ser prisioneras de los hechos puntuales a los que muchas veces se refiere, pues su validez ha de trascender la urgencia de lo inmediato. Pensar para los otros, pero no por los otros. Nosotros, los otros, estamos íntimamente ligados; somos responsables por los otros, por nosotros mismos. En esto reside una de las funciones fundamentales de quienes asumen la responsabilidad de ofrecer a la sociedad el fruto de su reflexión. No obstante, el intelectual, como cualquier otro hombre o mujer, ante la injusticia y ante la violencia no debe permanecer al margen, ni en silencio, ni dejar que la víctima se enfrente sola contra el agresor y aún cuando parezca que nadamos contra corriente la dirección nunca debe perderse.