A escasas tres semanas de la votación para gobernador de Puebla, se afirma la idea anunciada desde el periodo de precampaña: Luis Miguel Barbosa Huerta será el próximo gobernador.
No asombra. Fue factor decisivo para lograr estabilidad política, amainó los ventarrones que anunciaban tormenta en la integración del gobierno y preparó, incluso, las bases para una nueva coalición política de gobierno.
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El efecto, es bastante notable. Anticipadamente ha sido definido el alcance y amplitud de la próxima coalición gubernamental estatal. Por ello la campaña, tanto la de Morena como la que desarrollan los otros dos aspirantes, se convirtió en un asunto de trámite. Ni el candidato puntero compite, ni lo hacen los otros dos, Enrique Cárdenas Sánchez del PAN; MC Y PRD, y Alberto Jiménez Merino del PRI. Estos dos últimos se retiraron de la contienda. No existen porque no están diciendo nada de interés para los poblanos. Sus giras proselitistas se reducen a visitar algunos municipios y por cierto con bastante desinterés. Sus promocionales no salen de los viejos clichés plagados de promesas, generalidades, vaguedades. Han paseado en estas cuatro semanas y no dejaran de hacerlo. Olvidan lo que enuncia cualquier manual de campaña electoral: no hay adversarios pequeños si se quiere. Y desde luego, en las contiendas electorales serias, decentes, decorosas, la victoria es siempre incierta.
En el caso del candidato ciudadano del PAN, acabó dominado por su protagonismo, arrió la bandera de las virtudes republicanas. El priista desperdicio la oportunidad para darle oxígeno a su partido, Ambos tendrían que confrontar las propuestas del adversario a vencer. No ocurre así. En el entorno poblano se da por hecho la derrota y la victoria. No falta razón. El PRI y el PAN no tienen ánimos siquiera, para elevar al primer lugar el costo de su anunciada victoria.
El efecto es negativo para la política, más para la política democrática. Ahí donde se renuncia al debate, a la contrastación de propuestas, la política se empobrece y empobrece al gobernante porque desaparecen referentes para tomar decisiones. Se diluyen las líneas que pueden separar las buenas acciones de gobierno de las malas.
La derrota anticipada ha hecho que los discursos sean huecos, alejados de la realidad, sin diagnósticos precisos de nuestros problemas y llenos de ocurrencias; promesas de más empleo sin decir cómo, desarrollo para el campo, sin decir de qué manera, aumento del costo del pasaje urbano sin dar razones para ello.
Quien se perfila como ganador tampoco canta mal las rancheras de la ambigüedad. En primera instancia porque el lineamiento de la reconciliación, convirtieron a Morena en una gran aspiradora política que absorbió todo: lo malo y lo peor de la política poblana. Lo bueno y lo mejor representado por personalidades, dirigentes de agrupaciones y voces caracterizadas por ser críticas, incluso a pesar de tener militancia en Morena, se encuentran fuera de la reconciliación, sin ningún tipo de canales de comunicación, de diálogo e inclusión.
En la estrategia de la reconciliación, la campaña quedó cercada por la infinidad de actores de diversos colores y ello le impide establecer propuestas que vayan más allá de los compromisos adquiridos. Es hasta de sentido común. ¿Morena debe creer en la lealtad de quienes combatieron hasta la ignominia a López Obrador y que hoy son conversos al barbosismo?
El discurso del exsenador se contagió de la pasividad de sus oponentes. No hay datos, no hay un diagnóstico preciso, documentado de los principales problemas; por ejemplo, se encuentra ausente el cuidado al medio ambiente y la ecología. Si los diagnósticos se mueven en la vaguedad, las propuestas asemejan una serie de ocurrencias que muy poco tocan las posibilidades de respuestas necesarias.
No es desmesurado afirmar que el discurso del morenismo se entrampó. Gravita, perdido, entre la infinidad de compromisos hechos con actores de diversos signos e intereses ideológicos a veces contrapuestos a lo que la Cuarta Transformación propone, la falta de referentes de competencia que los adversarios no muestran y la ausencia consciente o inconsciente de las posturas de izquierda, que son las que tendrían que poner los puntos sobre las íes en un gobierno que se abandera como progresista e incluso de izquierda.
No es una noticia que deba alegrar a la sociedad. Quienes compiten por un cargo de representación política, más cuando se trata del cargo de gobernador, tienen la obligación de presentar un análisis de los principales problemas del estado o cuando menos llamar a su discusión pública. Esa es una de las funciones de las campañas políticas: convencer sobre la base de la contrastación de información y propuestas. Puebla merece un trato de mayor seriedad.
El asunto no para ahí. Provenimos de una historia de conflictos políticos y sociales. Nuestro pasado no se reduce a carencias de orden económico, material. Los déficits que presenta nuestro estado se explican porque no hemos dado el salto político democrático. Nuestras instituciones provienen desde el siglo pasado, de un entramado legal que permite e incentivan el ejercicio del poder público de modo vertical. Todos los confines de la constitución poblana están hechos para sostener el dominio del ejecutivo por sobre los otros dos poderes. Y al respecto ningún candidato ha establecido como prioridad, como punto de partida elemental, la necesidad de empezar a discutir nuevas bases de convivencia política.
Tomar en serio la construcción de una agenda política pasa por reconocer que los problemas de violencia, pobreza, desempleo, salud, inseguridad, feminicidios, libertad de prensa, corrupción, en mucho se deben a que provenimos de instituciones republicanas que fueron tramposamente diseñadas para favorecer intereses facciosos.
Aunque se ve difícil por las ataduras que se ha echado encima la Cuarta Transformación, hace falta iniciar desde la campaña, la discusión de un orden constitucional democrático para Puebla. Es una obligación de los políticos actuales saldar este grave déficit.
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