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OPINIÓN

Pensar la Inteligencia de Estado

Recolección, procesamiento, diseminación y explotación de información, el circuito.

Pablo Reynoso Brito

Maestro en Seguridad Internacional por The George Washington University, Washington D.C. y licenciado en Relaciones Internacionales por la UDLAP. Interesado en temas de seguridad internacional, seguridad nacional, política exterior de México y relaciones internacionales.

Domingo, Agosto 12, 2018

La prolongada crisis de seguridad y la transición electoral en México han levantado emociones sobre un tema fundamental, pero a veces olvidado: la inteligencia de Estado. Sin embargo, el tema de los usos y abusos de la inteligencia de Estado ha quedado relegado en el debate público. La función principal de la inteligencia de Estado es informar a los tomadores de decisiones sobre los riesgos y oportunidades en materia de seguridad nacional. De este modo, sin buenas agencias de inteligencia nuestros líderes estarán mal informados y tenderán a tomar malas decisiones. Esto puede comprometer seriamente la armonía social y los intereses de los mexicanos. La inteligencia de Estado también tiene riesgos, pues se puede usar de manera facciosa y en detrimento de las libertades constitucionales. Por lo tanto, si queremos tener una democracia madura, estable y resiliente, tenemos que expandir y mejorar el debate público sobre las agencias de inteligencia mexicanas.

Existen varias definiciones de inteligencia. El Articulo 29 de la Ley de Seguridad Nacional, la define como “el conocimiento obtenido a partir de la recolección, procesamiento, diseminación y explotación de información, para la toma de decisiones en materia de Seguridad Nacional.” La recolección de información es un área polémica que se ha apoderado de la mitología popular, pues puede usar el espionaje para obtener información. Esto es una simplificación, pues además de los agentes, hay analistas encargados de “procesar” la información recibida. Sin contextualización e interpretación, los datos no tienen sentido; mientras que, sin datos precisos, el análisis se convierte en conjeturas.

Además, la información recolectada y procesada debe ser diseminada. Las agencias deben transmitir la información a los tomadores de decisiones. Finalmente, los líderes explotarán la información recibida en la formulación de políticas de seguridad nacional o acciones estratégicas. En un país con Estado de derecho, todas las fases de este ciclo deben hacerse en beneficio de la nación y no de un grupo específico.

¿Para qué tener inteligencia de Estado? Mark Lowenthal, historiador estadounidense que ha ocupado altos cargos en diferentes agencias de inteligencia, afirma que hay cuatro razones por las cuales las agencias de inteligencia de Estado deben existir: 1) Evitar la sorpresa estratégica rastreando los principales riesgos a la nación. 2) Brindar conocimiento de largo plazo a altos funcionarios. En las democracias los líderes son efímeros, y sin visión de largo plazo, los problemas más complejos no se resuelven. 3) Apoyar con información (no politizada) para la formulación de políticas públicas de seguridad nacional (y yo agregaría algunas áreas de seguridad pública). Finalmente, 4) proteger la información confidencial. Considerando estos cuatro puntos, México, como cualquier Estado, necesita agencias de inteligencia.

Por otro lado, el uso de inteligencia de Estado conlleva riesgos para el sistema democrático y los ciudadanos, por lo que los mexicanos debemos preguntarnos ¿qué inteligencia de Estado queremos y cómo podemos conseguirla? Creo que lo que NO queremos es claro: la diseminación y explotación facciosa de información, así como la violación de las libertades constitucionales. Los contraejemplos históricos abundan: la Stasi de la República Democrática Alemana, la KGB en la antigua Unión Soviética, y en nuestro país, la extinta Dirección Federal de Seguridad (DFS). Estas agencias se convirtieron en emblemas de la represión de Estado, espionaje contra la oposición política y abuso de poder contra los ciudadanos.

Incluso en países democráticos con una larga tradición liberal, como Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña, se han publicado abusos por parte de las agencias de inteligencia. La diferencia es que en estos países hay más probabilidad de que los abusos se castiguen y terminen bajo el escrutinio de la prensa, pues hay un fuerte Estado de derecho. Un ejemplo es el escándalo del Watergate, cuando el entonces presidente Nixon utilizó agencias del Estado para recaudar información sobre la oposición política. Tras el descubrimiento del abuso (en gran medida gracias a la libertad de prensa), Nixon se vio obligado a renunciar a la presidencia, evitando una probable destitución por el Congreso. De acuerdo a Mark Lowenthal, el escándalo del Watergate marcó el fin de una era en la que inteligencia estadounidense gozaba de una laxa rendición de cuentas justificada en la Guerra Fría. Creo que ahí hay un posible modelo, en el cual la inteligencia protege los intereses de los ciudadanos, pero también hay instituciones que protegen a los ciudadanos de la inteligencia.

Por ende, sin importar nuestro estatus socioeconómico o ideología política, los mexicanos tenemos que informarnos mejor sobre nuestras agencias de inteligencia e incluirlas en el debate público. Considero que tenemos la responsabilidad de denunciar los abusos y errores del pasado, pero también tenemos que preguntarnos cómo podemos crear un sistema de inteligencia más cercano a lo que queremos. Las recientes diatribas en contra del Centro de Inteligencia para la Seguridad Nacional (CISEN) y la propuesta de cambiarle el nombre a Agencia Nacional de Inteligencia (ANI), son una oportunidad para conocer las agencias de inteligencia mexicanas, y estar mejor informados sobre lo que se debe cambiar y lo que no. Desde mi punto de vista, los académicos y los medios de comunicación deben tener un papel fundamental en la crítica, pero también en la generación de propuestas serias para mejorar las agencias de inteligencia mexicanas y ponerlas al servicio del sistema democrático.

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