Un orden rige el trazo de la ciudad: aquí el templo, enfrente el palacio, más allá o más acá el mercado, el arco del triunfo, el muro de las lamentaciones, el parque de los amantes, el lugar infame, la casa de la hechicera. Pero no es la geometría la que preside la distribución del espacio; tampoco los accidentes geográficos ni las necesidades económicas y estratégicas, aunque todos ellos sean circunstancias, adversas o favorables, que toman en cuenta los fundadores.
La configuración de la ciudad no obedece tanto a un plan arquitectónico como a una manera particular de ver, sentir y pensar la vida: es la encarnación, tangible y material, de una visión del mundo. Antes de ser piedra, cemento o ladrillo, las ciudades son una imagen. El hombre, el fundador, primero las piensa y las ve en sueños. Al soñarlas, las nombra. El nombre precede a la realidad. Si una ciudad es infiel a su nombre, reniega de sí misma; si lo pierde, es señal de que ha muerto una civilización. Perder el nombre es perder el alma. Fundada en 1325, arrasada y reconstruida en 1521; sucesivamente azteca, barroca, neoclásica y moderna; capital de un imperio, un virreinato y una república, nuestra ciudad no ha cambiado de nombre: México la llamaron los aztecas y México se llama. La Catedral y el Palacio Nacional se levantaron sobre las ruinas del Gran Teocalli y del Palacio de Moctezuma; pero esos antiguos edificios estaban asentados sobre un nombre. Ese nombre está vivo.
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Antes de fundar a México, los aztecas peregrinaron durante muchos años en el valle de Anáhuac. Una mañana encontraron dos misteriosos envoltorios: uno escondía un trozo de jade; el otro, dos maderos. El jade significa agua y, por extensión, vegetación y abundancia; los dos maderos, al frotarse, producen el fuego, sin el cual es imposible la vida civilizada. Agua y fuego son símbolos dobles la primera quiere decir fertilidad y vida pero también muerte por inundación; el segundo es el origen de la industria humana y asimismo de la guerra y del incendio. Separados, son destrucción; unidos, creación. La desmesura los transforma en agentes de muerte; el equilibrio, en fuente de vida. La fusión del principio solar (fuego) y el terrestre (agua) se convirtió en el emblema de la nación azteca. Más que un símbolo fue un arquetipo, un modelo para la sociedad y los individuos. El jeroglífico atl tlachinolli (atl: agua; tlachinolli: cosa quemada) quiere decir “agua quemada”. En el escudo de México se ve un águila (sol) que tiene en el pico una serpiente (agua): símbolo de la lucha entre los dos principios antagónicos y su final transfiguración.
Los aztecas fundaron su capital en una isleta del lago. La llamaron México-Tenochtitlan. La primera palabra quiere decir “ombligo de la luna”. La segunda, “lugar del nopal de las tunas”. Pero se trata de una metáfora, verdadera caja de sorpresas que oculta varios significados. El lugar del nopal es la ciudad de los tenochcas: combate, corazones, sacrificio y transfiguración, es decir, fuego; la luna es vida y fertilidad: agua. En el ombligo, en el centro, rodeada de agua, elemento horizontal, fluido e informe, se levanta la ciudad, la acción que transfigura. Otro sentido de esta imagen: armonía entre el principio masculino (fuego) y el femenino (agua). México nació de una unión del fuego y el agua. Vive por esos elementos y por ellos, varias veces, ha estado a punto de perecer.
MALEFICIOS DEL AGUA Y DEL FUEGO
Como en el caso de Venecia, la situación lacustre de México favoreció su desarrollo. En menos de un siglo, la más joven de las ciudades prehispánicas se convirtió en la más rica y poderosa. Pero el agua es pérfida. Doble amenaza: la sed y la inundación. El agua del lago no era potable y hubo que construir un acueducto; para defenderse del peligro anual de la inundación, Moctezuma el Viejo levantó indique. Fueron remedios, no soluciones. La administración española heredó el problema. Se hicieron grandes obras. Grandes e insuficientes: entre inundaciones y sequías transcurrieron los tres siglos del virreinato la desecación de los lagos, iniciada por los españoles, se consumó al comenzar este siglo. Apareció el polvo y sus tempestades amarillas. No por eso cesó el peligro de las inundaciones. Aún no cesa. La técnica moderna ha sometido, no vencido, al agua y a sus excesos. Para remediar su escasez, los mexicanos han tenido que buscar el agua potable hasta el lejano río Lerma. El poeta azteca veía a la ciudad “brillante como pluma de quetzal, en el centro de un remolino de jade”. También hoy brilla: tiene sed, se revuelve en su lecho de piedra y polvo, perfora las montañas con hierro y fuego.
No son éstas las únicas trastadas del agua. El subsuelo de México, como laguna que fue, es una pasta húmeda. La multiplicación de los pozos artesianos chupa el agua subterránea y el nivel del suelo desciende. Es la parte nueva, donde el terreno es sólido, se erigen edificios cada vez más altos; en el centro, los monumentos barrocos se hunden lentamente, como si fuesen pesados ídolos vencidos por su rica ornamentación. Y hay más: el fuego es cómplice del agua. Estamos rodeados de volcanes, unos extintos, otros somnolientos.
Los sismos son moderados; gracias a la pasta blanda del subsuelo, los edificios se mecen rítmicamente, sin que nunca, o casi nunca, el ballet se resuelva en derrumbe. Si el subsuelo se reseca enteramente, los temblores dejarán de ser bailes. Los aztecas creían que el mundo terminaría por un terremoto. Para conjurar esta profecía, basta con descifrar el sentido de nuestro jeroglífico. Restablecer la armonía entre el agua y el fuego quiere decir, en este caso, inyectar agua en el subsuelo, mezclar el agua con el fuego subterráneo: “agua quemada”.
La ciudad fue destruida una vez. No la cubrieron las aguas; las quemó el fuego de la guerra. Los españoles entraron en México, como amigos, en noviembre de 1519. Expulsados en julio del año siguiente, regresaron en el verano de 1521. La población se defendió con bravura, padeció hambre, sed, y el azote de una epidemia. El 15 de agosto cayó la gran Tenochtitlan. Los Anales de Tlatelolco, fuente indígena que narra su fin, refiere que después “comenzó a salir la gente del pueblo… iban casi en andrajos y las mujercitas llevaban las carnes de las caderas casi desnudas. Y por todos lados hacen rebusca [de oro] los cristianos. Les abren las faldas, por todos lados pasan las manos, por sus orejas, por sus senos, por sus cabellos…”
México se levanta a 2 300 metros de altura, en un valle rodeado de altísimas montañas. Dos volcanes dominan las cumbres: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. El clima es dulce, el aire seco y vibrante. Paisaje contenido y geométrico. Cielo alto: el sol está en todas partes. Luz para esculpir y edificar. Tendida sobre la laguna centelleante. México-Tenochtitlan asombró a los conquistadores. Al verla por primera vez, la compararon con Roma y Constantinopla. Dos años después, la arrasaron sin pestañear. Literalmente no quedó piedra sobre piedra. En noviembre de 1521 comenzaron a construir la nueva ciudad. ¡Desconcertantes españoles: con la misma furia destruyen y construyen! En 1537 erigen el Imperial Colegio de Indios de Santa Cruz de Tlatelolco; en 1539 se imprime, en México y en América, el primer libro; en 1553 se inician los cursos de la Universidad Real y Pontificia. En menos de 100 años México volvió a ser una gran ciudad. Aunque varias veces (unas por culpa propia, dos por la de los extraños) ha sufrido las desdichas de la guerra, el fuego la ha respetado. La ciudad está viva y repite: contra el agua, fuego; contra fuego, agua.
PIEDRAS Y FLORES, PACTO MÁGICO
Nada queda de la ciudad azteca. Poco de la del siglo XVI. Somos ricos en edificios del XVII y XVIII, la gran época del barroco mexicano. El siglo XIX es el reino, estimable y aburrido, del neoclásico. Después surgieron ostentosas construcciones, enormes pasteles de mármol y hierro. Estilo delirante, en el que lo ridículo colinda con los sublime. Nada de lo que hicimos en esa época, sin embargo, puede compararse con la obra profética de un Gaudí. La Revolución interrumpe esta tendencia. En 1920 la ciudad comienza a crecer. Cientos de miles dejaron el campo y se instalaron donde pudieron y como pudieron. La corriente no cesa todavía. Por esos años, entre 1920 y 1930, los nuevos ricos hicieron un funesto descubrimiento: el estilo “colonial californiano”. Las Lomas de Chapultepec, donde viven muchos de nuestros millonarios, es un barrio famoso por la hermosura de su paisaje y la fealdad agresiva de sus construcciones. Cada vez que perdemos el equilibrio, uno de los elementos se venga. En este caso es el elemento solar, degradado en otro, el dinero. Los tugurios y los palacetes de Anzures y Polanco son las dos caras de la misma medalla. Pero también en esos años surge la nueva arquitectura mexicana. La guiaron en sus primeros pasos Le Corbusier y el funcionalismo. Pronto marchó sola. Y de pronto, entre 1940 y 1960, el gran salto: en un abrir y cerrar de ojos la ciudad fue otra. Como en sus mejores épocas, México ha concentrado un estilo, una manera propia de construir.
El Estado ha sido el gran constructor: centros educativos, hospitales, bibliotecas, ministerios, plazas, parques, estadios, avenidas. Hay, además, los grandes edificios privados, las casas de departamentos y las residencias particulares, como las del barrio del Pedregal, donde la piedra, el agua y la vegetación han hecho un pacto mágico. En todo esto hay juventud e imaginación, osadía, amor por los materiales y por los procedimientos nuevos, originalidad. Los frontones de la Ciudad Universitaria tienen un ritmo severo, que hace pensar en las pirámides indígenas; los techos de algunas iglesias son alas de pájaros: parece que de un momento a otro el edificio emprenderá el vuelo. No todo es afán estético. Hay un esfuerzo, sin paralelo en nuestra historia, por construir habitaciones y centros de servicio social para obreros y empleados modestos. Imposible enumerar todo lo que se ha hecho. Los nuevos mercados me maravillan; la Ciudad Universitaria me asombra y me irrita; el Centro Médico, la Unidad Zacatenco (Politécnico Nacional) y la Escuela Normal me conquistan plenamente; el agua entre los parques nuevos me encanta, en el verdadero sentido de la palabra, aunque no dejan de sobresaltarme ciertas fuentes de cemento; en cuanto a las estatuas oficiales, prefiero ser indulgente, sonreír y callar.
ESPACIO, LUZ Y NUBES
Adonde vuelva el rostro, veo algo que me entusiasma o suspende: tres edificios airosos, plantados como tres árboles, una plaza vasta como un cielo o íntima como una frente llena de pensamientos. Espacio, luz y las incomparables nubes del Altiplano. ¿Nada más? Hay la miseria, las “colonias” sin pavimento y sin agua, las casuchas, la promiscuidad, los niños desamparados, el polvo y el lodo, la “herradura de tugurios” que marca el rostro de la ciudad. Sí, ya sé, todo eso cambia. Pero renace. Crece la ciudad y crece el horror. Me dicen: se ha hecho mucho; contesto: no basta. Me repiten: es un mal universal, todas las ciudades tienen llagas parecidas; replico: no es razón, “mal de muchos, consuelo de tontos”.
Los edificios de la época virreinal son nobles sin austeridad, grandes sin pretensión. La arquitectura se vuelve escultura y la escultura se anima, como si la piedra estuviese viva. Es el sol, son los prodigios del sol: ¡cuántos palacios y templos bajo la luz cambiante del Valle de México! ¿Cómo escoger entre tantos? Mis preferencias no son estéticas. Ante todo, el Sagrario Metropolitano. Al lado de la fría Catedral, es una llama rosada. El ritmo de la fachada, el color de la piedra, la vibración solar sobre las superficies labradas, todo, suscita la imagen de una ofrenda. El Sagrario está bien plantado en el suelo pero conoce el secreto de la danza inmóvil. Un poco más lejos, el Museo Nacional de Antropología. Lo maravilloso no es el edificio, aunque tiene nobleza, sino lo que contiene. Muy poco de lo que después hemos hecho en América, del Canadá al extremo Sur, puede compararse con las grandes creaciones indígenas. El gran puente de Brooklyn provocó la admiración del gran Mayakovski; yo también lo admiro pero me quedo con el Templo de las Tortugas, en Uxmal. En su pequeñez cabe el mundo, como sucede con todo lo que es perfecto. En un patio del Palacio Nacional hay un jardín minúsculo: tierra roja y muros ocres. Pocos lo visitan: “paraíso cerrado para muchos y abierto para pocos”. Unas cuantas calles más lejos está el antiguo Colegio de San Ildefonso, la Escuela Preparatoria de mi adolescencia. Muros de tezontle, grandes patios, arcos, corredores, rumor de risas de muchachas y del mundo al alcance de la mano (se desvaneció apenas tratamos de tocarlo). Ahí la luz y la piedra dieron una lección de sobriedad.
El neoclasicismo nos aligeró de metáforas. Sólo que nos podó tanto que estuvimos a punto de quedarnos en los huesos. De todos modos, es bueno recordar su lección: el noble Palacio de Minería (1797) es un reproche melancólico al adefesio que, enfrente, albergaba a la Secretaría de Comunicaciones (1910). Ejemplo de las insospechadas relaciones entre la mayonesa y la arquitectura: el Palacio de Bellas Artes. Por asociación de ideas pienso en el monumento a Víctor Emanuel, en Roma: himno al arroz con leche. Y el Correo Mayor… La Alameda, con sus árboles y sus fuentes, nos redime de esas enormidades.
LA GENTE EN SUS CALLES
Una plaza o un parque, si lo son realmente, son un lugar de encuentro, un espacio magnético. Peatones atareados, muchachas que caminan al azar, turistas, vagos, niñeras y niños, jóvenes distraídos, ancianos que toman el sol y discuten, limpiabotas, gendarmes: el río doble de lo cotidiano y lo insólito fluye sin cesar en la Alameda. La sorpresa abre aquí sus grandes flores enigmáticas. Dos anchas calles la limitan: la avenida Juárez, con sus altos edificios, hoteles suntuosos, tiendas de antigüedades y curiosidades para turistas, cines, bares elegantes y su multitud abigarrada y cosmopolita; y del otro lado la avenida Hidalgo, con sus librerías de lance y sus dos adustas iglesias coloniales, que logran imponer el silencio en pleno bullicio: San Juan de Dios (donde mujeres de toda condición encienden velas a San Antonio) y la Santa Vera Cruz. Un atrio común en forma de concha une a los dos templos. Entre ellos se alzaba, en el fondo, el antiguo hospital de San Tomás de Villanueva, que frecuentaban las “mujeres de la vida airada”. En la misma concha se encontraba el mercado de flores para los difuntos: grandes coronas moradas y plateadas. Antes, en esa misma calle, los escaparates de las agencias funerarias exhibían, con un realismo fantástico, variados modelos de ataúdes y féretros. Al atardecer, inmóviles a la sombra de los templos barrocos o caminando lentamente frente a las vitrinas encendidas de las agencias funerarios, surgían grupos de prostitutas silenciosas. “Pilares de la noche vana”, las llamó un poeta de la ciudad. Hoy ha desaparecido esa viviente alegoría del erotismo y de la muerte. También entre nosotros el progreso es puritano.
Entre todas las calles que convergen hacia la Plaza Central, la más famosa es la de Plateros (hoy Madero). Los mexicanos son grandes orfebres y sus obras despertaron ya la admiración de Durero y Cellini. En la calle Madero está el Palacio de Iturbide y, menos hermosa pero más viva, la Casa de Orizaba. Su dueña, en 1708, decidió revestirla enteramente de azulejos. Hacer de la decoración interior del baño o de la cocina el exterior de un palacio es algo más que un capricho; es una victoria de la pasión sobre el llamado “buen gusto”. La calle Madero desemboca en San Juan de Letrán. El espectáculo nocturno de esta avenida recuerda al de la calle 42 de Nueva York: avalancha de la multitud moderna, brutal, inesperada, poderosa. Lo grotesco maravilloso.
San Juan de Letrán se prologa hasta Santa María la Redonda. Allá se encuentra la Plaza Garibaldi, con sus tabernas y cabarets, sus orquestas ambulantes, sus alcoholes rijosos, sus mujeres y sus hombres desgarrados, sus turistas ávidos por conocer los “bajos fondos”. El barrio ha perdido carácter. Sin embargo, el burlesque mexicano florece aún, a pesar de los edictos municipales. Ahí donde se pretende ahogarla, la vida responde con imágenes imborrables y directas. ¿Cómo reprobar un espectáculo que fascinó a Sergio Eisenstein y que nutrió la amarga marginación del joven Clemente Orozco? En mis mocedades había por esas calles una grandiosa pista de baile, verdadero palacio de “lo grotesco y arabesco”, que inspiró a un músico norteamericano, Aaron Copland, una de sus más célebres composiciones: “Salón México”. Barrio donde la realidad es tan exagerada, tan real, que se vuelve irreal; “cielo para los que son del infierno”.
México no tiene un río. En cambio, tienen un bosque y una avenida en perpetua primavera: el Paseo de la Reforma. Hace años sus “hoteles particulares” recordaban a la Avenue Foch; los demolieron y en su lugar levantaron edificios de metal y de vidrio. La geometría (excepto en Nueva York) no me parece un ideal de arquitectura; pero aquí no es ella, sino el espacio, el aire libre, lo que triunfa. Transparencia: dan ganas de echar a volar un pájaro, un globo de colores, un cohete, la imaginación. Río verde, el Paseo de la Reforma fluye hacia el Bosque de Chapultepec: un castillo, un museo, un auditorio, varios teatros, un parque zoológico y otras cosas más. El pueblo lo invade los domingos. Un pueblo cortés, que no grita y sabe sonreír. Como en España, la única aristocracia mexicana es la del pueblo. Hay, además, unos árboles muy grandes y viejos: los ahuehuetes. Para hablar con ellos con dignidad, tendría que saber náhuatl. Para hablar con ellos, basta callar y verlos. No sabría repetir lo que dicen pero, si alguna vez digo algo que valga la pena no será sino un fragmento de lo que oí en horas de contemplación silenciosa.
Apollinaire, que nunca estuvo en México, sueña en un poema con las “jeunes filles de Chapultepec”. A las muchachas se les puede encontrar en todos los rumbos de la ciudad, hasta en Chapultepec. Es más fácil, sin embargo, ir a la Ciudad Universitaria o a la Escuela Normal. Ahí estudian, juegan y sueñan. La mayoría son morenas. ¿A qué animal se parecen? Al venado. ¿A qué planta? A la del maíz. ¿Cómo hablan? Como los pájaros. Reserva y pasión, dulzura y ferocidad, indolencia y vivacidad. En ellas el agua y el fuego combaten sin cesar. Un extremo: la paciencia, la sabiduría vegetal un poco pasiva. El otro: la imaginación, que pone fuego a la casa.
La mujer es una de las obsesiones del hombre. la muerte es otra. ¿Nos fascina realmente la muerte, como dicen casi todos? La muerte mexicana es terrible y, sin embargo, ríe; es un esqueleto y se adorna como un figurín de moda; es de cristal de roca y es de azúcar. Está viva. El amor a la muerte es amor a la vida. No son mundos separados. Los une el puente de la fantasía. La imaginación es nuestro gran don, el más rico y el más peligroso de todos. Si nos abandona, nos volvemos brutales; si se apodera totalmente de nosotros, perdemos el tino y hacemos disparates o maravillas, cosas sorprendentes.
“TIANGUIS”, ANTOJITOS Y FIESTAS
Desde la época azteca, el mercado es el gran centro de la vida mexicana. Bernal Díaz del Castillo describe largamente el tianguis (mercado) de Tlatelolco. Un mercado mexicano es una feria y un teatro. Yerbas de olor y plantas mágicas de los indios herbolarios; juguetes en donde triunfa el humor negro o rosa; barro sonoro de la cerámica; “piñatas” y “judas”; montañas de cacahuates, guayabas, chicozapotes, piñas, mameyes, capulines; y flores, flores. El regateo es la regla del juego. Comprar, sobre todo cosas inútiles, frágiles y curiosas, es un juego, un rito y una pasión. Los mercados no son solamente un regalo de los ojos; allí se come toda suerte de golosinas. La palabra “antojitos”, de verdad expresiva, designa a todos esos bocadillos.
La comida mexicana es una feria, un ballet de sabores. El maíz, que fue dios entre los antiguos, es nuestro pan. Con él hacemos las tortillas color de sol. Nos gustan los condimentos fuertes, el chile y las salsas moradas o negras. No todos los extranjeros soportan nuestra cocina. Algunos la encuentran excesiva, demasiado picante. Si la gastronomía es un arte, y lo es, este juicio revela rusticidad. La complicación de los guisos y la diversidad de sabores y olores tienden a exaltar los sentidos y el espíritu. Por desgracia, poco a poco desaparece todo este refinamiento. Versiones bárbaras y simplificadas de los platos mexicanos degradan a un arte que ante todo es, o debería ser, un excitante de la imaginación.
El mercado es una fiesta. La comida, a su manera, otra. Y lo son porque en el mercado y la cocina se opera una suerte de unión y transfiguración de muchos elementos. La palabra “fiesta” no significa únicamente regocijo público. Es una fecha, generalmente sagrada: un rito, una festividad. Poco o nada tiene que ver con la diversión moderna. La fiesta es tradición: regreso a los orígenes de la sociedad, inmersión en la vida primordial del grupo a que pertenecemos; al mismo tiempo, es un volver a empezar, una resurrección. La fiesta es un momento inmóvil en el tiempo; en ese instante, suspensos entre pasado y futuro, gritamos, danzamos, arrojamos cohetes al aire, lloramos o rezamos: dejamos de ser yo o tú para ser un nosotros. Son muchas fiestas mexicanas. Una de las más grandes es la de la Virgen de Guadalupe. Su santuario, edificado sobre el de la antigua diosa Tonantzin, madre de dioses y hombres, es un lugar santo para la mayoría de los mexicanos. Virgen india, señora de los desamparados, también ella es agua y fuego, unión de los contrarios. La otra gran fiesta es profana: el 16 de septiembre, aniversario de la Independencia. Nuestro movimiento de liberación empezó con un “grito”, es decir, con una excitación verbal a la lucha. Cada año, en el Zócalo, el Presidente de la República, a las 11 de la noche, se asoma a un balcón del Palacio y repite las palabras históricas. Bajo el alto cielo de México, en esa enorme plaza, apiñadas entre las masas gigantescas del Palacio Nacional, el Municipal y la Catedral, miles de gentes responden con un alarido de entusiasmo, que evoca el grito azteca: atl tlachinolli, agua quemada.
El Zócalo, nuestra plaza central, es el corazón de México. Fue el asiento del Templo Mayor de los aztecas y de los palacios de sus monarcas; durante el virreinato presenció desfiles, motines, autos de fe y procesiones; ha visto entrar y salir emperadores, presidentes, arzobispos, generales y guerrilleros populares. Allí han combatido uno contra otro los mexicanos; ahí se han reconciliado. Allí vamos a aclamar al buen gobierno y a protestar contra el malo. Entre tantos episodios, destaco uno, poco citado. Carlos de Sigüenza y Góngora fue un sabio mexicano del siglo XVII. Autor de un manifiesto contra la superstición de los cometas, es uno de los primeros que se interesan en las antigüedades prehispánicas. Así pues, era un hombre de su tiempo y, asimismo, un espíritu que buscaba su pasado y su tradición: un verdadero intelectual. En 1692 escasea el maíz. Culpa del agua, de los especuladores y del mal gobierno. El pueblo se amotina. La cólera popular es justa pero ciega: los rebeldes incendian los archivos del Municipio. Sigüenza y Góngora, acompañado de sus discípulos, expone su vida y salva esos papeles. En momentos de discordia entre el agua y el fuego, toca al escritor rescatar lo que los otros llaman, despectivamente, los “papeles”: la historia, la palabra que nos nombra y sin la cual nada somos.
[Texto escrito en 1962 para la revista Life en español, y recogido por Enrico Mario Santí en Octavio Paz. Pasado y presente en claro. 20 años del Premio Nobel, CONACULTA/FCE, México, 2010, pp. 29-43].