Santo Patrono del gremio de plateros, emblemático por lo demás de la Nueva España, así como de la muy Leal y Muy Noble Ciudad de México, Felipe de Jesús, el mártir del Japón, fue objeto de una amplia devoción desde los inicios del siglo XVII hasta bien entrado el siglo XX para pasar con el paso del tiempo a ser una figura poco recordada en el devocional popular del México de nuestros días.
Quizá algo muy parecido habría ocurrido con el fraile dominico “Cristóbal de la Cruz” sobre el que Miguel de Cervantes Saavedra escribiera su pieza teatral “El Rufián Dichoso” a partir de las crónicas de Agustín Dávila Padilla.
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Fiel seguidor de la composición teatral acrisolada en su tiempo por Lope de Rueda bajo los lineamientos de la tragedia ática y que plasmara a cabalidad Aristóteles en la “Poética”, en el teatro de Cervantes suele observarse de manera escrupulosa la unidad de tiempo, modo y lugar, propia a su vez por lo demás del seguimiento de los procesos criminales, emparentados antropológicamente en la antigüedad remota con la representación escénica.
Pese a lo anterior, en “El Rufián Dichoso” se observa una notable excepción a dichos lineamientos por parte del autor, al situar su trama primero en Sevilla y posteriormente en la Ciudad de México en donde el otrora rufián caballeresco se convierte a una vida conventual de meditación y sacrificio en la que encuentra el martirio al infectarse del mal de la lepra, discontinuidad de circunstancias en la trama que, en todo caso, sería propia de su rival literario y enemigo personal Félix Lope de Vega y Carpio “el fénix de los ingenios”.
El mismo cronista de la orden dominica en Nueva España que inspira la trama escénica de Cervantes, es hoy en día poco conocido incluso por destacados historiadores de nuestro país, siendo mayormente conocido su nombre en la Dominicana, a cuyo gobierno diocesano sería asignado Agustín Dávila Padilla.
La devoción popular que, según se desprende de los testimonios reseñados quedó sin embargo hundido por completo en el olvido pudiendo afirmar de manera categórica que hoy nadie dentro de la grey católica de la Ciudad de México recuerda a fray Cristóbal de la Cruz.
Quedará sin embargo y pese a los embates del olvido y de la indiferencia cultural, un testimonio equivalente, con todas las salvedades del caso, al de la pieza teatral de don Miguel de Cervantes, tal y como es la cinta de Julio Bracho, protagonizada por Ernesto Alonso, Rita Macedo y Julio Villareal, en la que se destacan los diálogos escritos por el poeta Xavier Villaurrutia que, con toda justica, bien podrían ser considerados como una de las más bellas piezas de la literatura mexicana.
Trama que inicia con la lectura piadosa que Julio Villareal, como Padre Prior de los Franciscanos de la Ciudad de México, hace ante sus novicios de la “Escala al Cielo” de fray Luis de Granada, joya de la mística española, recepción del bagaje heredado de la erótica árabe, no poca de ella escrita en la península como sería el caso de “El Collar de la Paloma” de Ibn Hazm, y que culmina, precisamente con el martirio en la cruz ordenado por el Emperador del Japón, a donde la Nao procedente de Filipinas llevó a los frailes ante los embates de tormenta del océano cuando se dirigían a la Bahía de Acapulco.
Escenas cuya fotografía, rememora a cabalidad el otro imborrable testimonio de la vida y el martirio del “santo criollo” y que encontramos en los murales del antiguo convento, hoy Catedral de Cuernavaca, en cuyos solares Hernán Cortés recibiría a los primeros predicadores de la Nueva España encabezados por fray Martín de Valencia.
Los formidables frescos de la Catedral de Cuernavaca, por lo demás, son junto a las pinturas del Convento Agustino de Acolman en el Estado de México, al sotocoro del Convento de Tecamachalco, y a la Casa del Dean en Puebla, una de las máximas expresiones de la pintura mural virreinal en México, si no es que acaso en todo el continente.
Un enorme peso cultural podrá acaso rescatar de la memoria histórica de México un suceso cargado de peso cultural, más allá de la muy respetable devoción que la Iglesia de Roma celebra este día cinco, así como acaso, entre brumas, se recuerda también el martirio de Cristóbal de la Cruz gracias a la inmortal pluma de Cervantes.