Así como los genes desarrollan su potencialidad expresándose y restringiéndose en presencia de otros genes, el espacio social debe sus potencialidades a la diferencia intersubjetiva. No hay nadie libre, si no hay otro que también sea libre, por tanto, ser libre implica limitar la libertad (abstracta), para alcanzar una libertad (real y efectiva).
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A finales del siglo XX y principios del siglo XXI se apoderó de la conciencia filosófica la idea de que el saber, nuestras categorías y el lenguaje en general, constituían una cárcel para una comprensión más radical de las cosas. De la mano de esta idea venía aquella según la cual lo posible sería más grandioso (y originario) que lo actual, que nuestra miseria venía de un agotamiento de nuestros conceptos y que la salida residiría en “recomenzar” las cosas por medio de un “retorno” al origen de donde ellas brotaban. Este origen, anterior al mundo “ordenado” que vemos (NB: a la postre fue cuestión de tiempo el darse cuenta de que este “mundo ordenado” poseía tanta indeterminación y caos como el paraíso soñado) debería ser caótico, indeterminado pero, sobre todo, un océano de posibilidades, en tanto que nada estaba decidido ni determinado todavía.
Este sueño tuvo su continuación en el furor dentro de la medicina y la biología de las células madre. Todas las células del cuerpo pueden realizar funciones particulares porque se encuentran especificadas en un cierto tipo: células musculares, células epiteliales, células sanguíneas, etc. Pero todas estas células determinadas y que realizan operaciones muy concretas, provienen, sin excepción, de las células madre, que se caracterizan por su estado de potencia. Las células madre son pluripotenciales. Tal como ese mundo soñado por los filósofos donde la potencia y la posibilidad se agitan como las aguas del génesis antes de la creación y tal como en los mitos griegos Chaos reinaba antes de que surgiera el mundo, las células madre parecieran reconducirnos al big bang del cuerpo humano. Pero una célula que puede convertirse en cualquier otra no es, realmente, y de hecho, ninguna célula útil. Lo maravilloso de este proceso reside justamente en que una célula neutra pueda determinarse y ejecutar funciones concretas y que una diferenciación generalizada sea capaz de producir un cuerpo que funcione. Los organismos que se componen de grupos de células indiferenciadas y que parecen más “fluidos” y “cambiantes”, son en realidad los más elementales. Una esponja, por ejemplo, que no posee (casi) diferenciación, es mucho más trivial que cualquier organismo con órganos. Durante mucho tiempo se pensó que la diferenciación era un proceso que iba de la potencia al acto, de un plan a su actualización, de la posibilidad fluida y libre a la cárcel del mundo actual y concreto. Pero todo más sorprendente no es la posibilidad abstracta, sino el despliegue de las posibilidades concretas. Los estudios de desarrollo embrionario comparado han mostrado que la génesis de los organismos no se parece en absoluto a la realización de un plan, escrito en el código genético. Lo que opera es más bien un conjunto de principios muy generales, cuyas variaciones (ausencia-presencia o intensidad) y su combinación con otros principios simples, producen un organismo de forma dinámica que, a su vez, cuando está formado, no existe como un edificio terminado, sino que puede persistir e insistir en su ser como proceso, sólo que los cambios comienzan a operar en otra escala.
De manera análoga, se sabe que el recién nacido, durante los primeros días de vida, multiplica sus conexiones neuronales hasta el límite. Nunca en su vida sus neuronas volverán a tener el mismo grado de conexión. Pero esta conexión no se correlaciona con ninguna capacidad específica. Por el contrario, el aprendizaje funciona, apagando conexiones que no se utilizan. Y es gracias a esta inhibición que resulta posible aprender cosas concretas. Lo enigmático es entonces este paso de la célula pluripotencial al organismo, de la hiperconectividad neuronal a un cerebro pensante, del big bang al universo concreto en expansión. Para todo ello se necesita una noción fundamental: la de limitación, sin la cual ninguna fuerza puede crear nada. Las potencias originarias se vuelven efectivas cuando se limitan entre sí.
Sabemos que la expresión de los genes no se corresponde con una instrucción automática. El desarrollo embrionario es más bien el resultado de una combinación de genes que se prenden y se apagan (debido a otros genes, pero también a factores epigenéticos o ambientales) y que interactúan entre sí. En otros términos, es la combinación de efectos genéricos lo que produce la especificación. Pero al mismo tiempo, lo posible no reside en los genes, ni tampoco en una etapa previa a su formación, sino en las combinaciones efectivas, es decir en el actuar y concurrir del apagado y prendido de los genes.
El psicólogo ruso Lev S. Vygotsky, cuya obra se data en las primeras décadas del siglo XX era un buen conocedor del formalismo de sus connacionales y sabía del poder de la restricción en la creación artística. Como lo demostrarían las vanguardias artísticas, entonces en ciernes, especialmente ese grupo de literatura potencial llamado OuLiPo (al cual pertenecieron Calvino, Perec, Queneau y Linnoais), la más grande creatividad surge cuando uno se topa con una restricción que no puede vencer y entonces debe encontrar o forjar nuevos caminos. Una planicie es trivial, un territorio con agujeros y obstáculos es más complejo porque la cantidad de caminos posibles ahí es mayor. Vygotsky estaba interesado en el desarrollo psicológico y sobre todo en el surgimiento de las funciones psicológicas superiores. Es famosa su tesis (ley de la doble formación) de que todo lo que sucede en la mente individual sucedió antes intersubjetivamente, de tal modo que el pensamiento individual es una suerte de intercambio intersubjetivo interiorizado, pero no como "contenido" sino como proceso. Pero otro concepto igual de fundamental que desarrolla al final de su vida (muy corta por cierto: treinta y tantos), es el de zona de desarrollo próximo. El concepto intenta explicar cómo sucede el aprendizaje a partir de interacciones asimétricas y sobre la base de zonas potenciales de desarrollo. Cuando un niño se encuentra con otro más desarrollado o con un adulto se genera una relación evidentemente asimétrica. Entre uno y otro se produce un diferencial de donde surge el aprendizaje. Pero no se trata de que el grande le enseñe al chico, sino que en ese "entre dos" se produce la potencialidad misma. Ahora, el niño más chico, dice Vygotsky no puede aprender cualquier cosa que le ofrezca su par. Aquél posee una zona de desarrollo próximo, que es un horizonte de posibilidades. Para que un niño pueda aprender cualquier cosa, debe poder relacionarla con su saber previo. Eso exige movimientos de asimilación y acomodación, para usar el lenguaje de Piaget, es decir, absorber y revolucionar alternadamente y según ciertos umbrales. Pero lo interesante es que niño no debe ni reducir lo nuevo a lo sabido (porque entonces no aprendería nada) ni experimentar novedades absolutas (que serían incomprensibles para él y, por lo tanto, absolutamente nulas). Él posee un horizonte, una potencialidad, que no es una pura indeterminación, pero tampoco un conjunto de categorías a priori que deban subsumir lo nuevo. Se trata de un espacio de manipulación, un espacio de juego donde puede transformar lo nuevo y lo viejo virtualmente, para producir traducciones o morfismos entre diferentes conocimientos. Podría parecer que es el niño pequeño el que posee este horizonte, pero el horizonte completo se traza entre dos. El niño sólo puede aprender potencialmente algo nuevo porque alguien sabe algo diferente. La zona de desarrollo se define tanto por el horizonte o espacio de juego del niño, como por el espacio que le presenta su par o el adulto. Ahora, podemos generalizar esta relación propia de toda intersubjetividad, pues no hay dos que sepan lo mismo. Así como los genes desarrollan su potencialidad expresándose y restringiéndose en presencia de otros genes, el espacio social debe sus potencialidades a la diferencia intersubjetiva. Se crea entonces un potencial por las diferencias y es ahí donde verdaderamente entra en juego lo posible y no en una escena original “antes” de que se desarrollaran las individualidades. Si bien los organismos y los individuos muestran un grado de estabilidad estructural, es porque el juego de diferencias y potencias ya no tiene lugar en su cuerpo, sino en las interacciones con otros organismos y otros individuos, en nuevos niveles de organización. La fascinación por la potencia virgen va dejando poco a poco su sitio a la fascinación por la potencia de lo actual y que vive en lo actual y que opera gracias no a diferencias abstractas (que operan inmanentemente en un magma originario), sino a diferenciaciones (que además suponen indiviudalizaciones), que, lejos de cerrar las posibilidades, crean campos de posibilidad-actualización. En otras palabras, si bien hay una potencia preindividual que se actualiza de múltiples maneras, hay otra potencialidad efectiva, que proviene del juego de las fuerzas individualizadas y encarnadas en el mundo actual. El más grande error ha consistido en creer que lo determinado está preso de su constitución, cuando de hecho es lo determinado lo único que puede interactuar con otra cosa y cuando es entre las cosas concretas que la diferencia produce un potencial siempre abierto.
Lo más maravilloso no es el devenir, sino que algo dure y por lo tanto insista, resista y persista. Lo más maravilloso no es la conexión de todas las cosas, sino que haya cosas separadas e independientes que puedan contar su propia historia. Lo más maravilloso no es un mundo de posibilidades infinitas, sino esto concreto, aquí y ahora. En La prisión de la libertad, un cuento de Michael Ende, se nos cuenta la historia pavorosa de una libertad sin limitaciones. El cuento comienza recordando una imagen del sufismo: una burra hambrienta es puesta frente a dos montones de paja. La burra puede comer de cualquier motón, pero, ¿cuál de ellos será? Se trata de una burra filósofa preocupada por la libertad: si toma una posibilidad, ¿no se pierde de la otra y por tanto queda trunca? ¿Y si la opción de falsa y no debe optar por ninguno de los montones? ¿Y si pudiera comer de ambos? Al final, la burra muere de hambre. Como si escribiera en contra de su Historia interminable, Ende, haciendo honor a su nombre: Ende (“final” en alemán), pide acabar, decidirse, tomar una decisión, optar por algo finito, en vez de abrirse a posibilidades infinitas abstractas y a lo “otro”. Siguiendo esta imagen, Ende nos pinta la historia de un hombre preso en una cárcel. Pero no está preso porque esté encerrado bajo llave. Al contrario: su prisión está llena de puertas abiertas, pero ¿cuál tomará? La paradoja de la decisión es que: si solo hay que decidir entre dos caminos, A y B, entonces la decisión es indiferente y por tanto no es tal. Si la decisión crea las opciones, entonces es pura creación y no hay nada que decidir. Si tengo razones para decidir A sobre B, entonces ello depende de A y de B, no de mí, ergo, no hay decisión.
La libertad absoluta, abstracta, es indiscernible de una cárcel. Lo mismo había dicho Hegel: el ser absoluto, que no deja nada fuera, que no excluye porque no tiene atributos, es indiscernible de la nada. Y las posibilidades infinitas son también impotencia cuando no se determinan. Schelling decía que podemos pensar la naturaleza como una fuerza anónima, productiva e infinita, de donde surgen todas las formas que la habitan, pero sólo si en ella hay, desde el origen, “puntos de inhibición”, es decir, limitaciones que, al igual que en el OuLiPo, funciones como condiciones positivas para lo real. La potencia es potencia porque crea, pero crear es dejar ser, es decir, limitar la potencia. La potencia absoluta crearía y destruiría todo al instante, con velocidad infinita. Pero si hay finitud es porque hay duración y hay duración porque cosas concretas subsisten y resisten. No hay nadie libre, si no hay otro que también sea libre, por tanto, ser libre implica limitar la libertad (abstracta), para alcanzar una libertad (real y efectiva).
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