El poeta Charles Baudelaire inicia un peculiar ciclo con la publicación de su libro “Las Flores del Mal”, que seguirían magistralmente Nerval con “Aurelia” y ni qué decir del Conde de Lautréamont, el gran poeta de Montevideo, con la composición de “Los Cantos de Maldoror”.
La enorme carga de transgresión erótica de éstos poetas propició que fueran conocidos bajo el epíteto de los “poetas malditos”, teniendo como el más representativo de sus títulos: “Una Temporada en el Infierno” de Arthur Rimbaud, mismo que, dados los antecedentes referidos desde “La Flores del Mal”, podría muy bien sugerir escenas y pasajes francamente pornógrafos, provocando con tal señuelo la desilusión de no pocos de los concurrentes a su lectura, ya que la obra de Rimbaud es por definición poesía política.
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El infierno al que se hace referencia en la obra en cuestión, no es otro que el que implica la vida de los trabajadores desheredados y desprotegidos en la “sociedad burguesa” correspondiente a la Francia finisecular; no en balde, su fecha de publicación corresponde al señero año de 1871 en el que el pueblo de París se sublevó y ejerció el poder sin que mediara al respecto representación alguna.
Los poemas de Rimbaud se convirtieron en el canto de la revolución, solamente superado por la canción dotada de la melodía más emotiva jamás compuesta:
“¡Arriba, parias de la Tierra!
¡En pie, famélica legión!
Atruena la razón en marcha:
es el fin de la opresión.
Del pasado hay que hacer añicos.
¡Legión esclava en pie a vencer!
El mundo va a cambiar de base.
Los nada de hoy todo han de ser.
Agrupémonos todos,
en la lucha final.
El género humano
es la internacional.
Ni en dioses, reyes ni tribunos,
está el supremo salvador.
Nosotros mismos realicemos
el esfuerzo redentor.
Para hacer que el tirano caiga
y el mundo esclavo liberar,
soplemos la potente fragua
que el hombre nuevo ha de forjar.
Agrupémonos todos,
en la lucha final.
El género humano
es la internacional.
La ley nos burla y el Estado
oprime y sangra al productor;
nos da derechos irrisorios,
no hay deberes del señor.
Basta ya de tutela odiosa,
que la igualdad ley ha de ser:
"No más deberes sin derechos,
ningún derecho sin deber".
Agrupémonos todos,
en la lucha final.
El género humano
es la Internacional.”
Décadas después de haberse compuesto al unísono de los poemas de Rimbaud y al fragor de los acontecimientos de París, la “Internacional” resonaría hoy hace un siglo en Rusia, tras la sublevación de los marineros del crucero “La Aurora”, seguramente bautizado con dicho nombre por el Zar en clara alusión a la obra maldita de Nerval, y ente el embate popular dirigido a tomas la residencia de invierno de los Zares; según narrara Jack Reed en una de las más formidables crónicas periodísticas de todos los tiempos: “Los 10 días que conmovieron al mundo”.
Hoy como nunca, vale la pena rememorar poemas y canciones de una de las grandes epopeyas de la pasada centuria, precisamente cuando los herederos de lo peor del siglo XX pretender sembrar temor y temblor, después de haber “sentado a la belleza en sus rodillas y de haberla encontrado amarga” como en la Francia infernal descrita por Rimbaud.