I
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El pasado día 4 murió Juan Goytisolo (1931) no sólo una de las conciencias más lúcidas y críticas de Occidente contemporáneo sino, también, el escritor español más importante de la mitad del siglo XX.
La primera obra que leí de él fue Señas de Identidad, durante una estancia en Barcelona. No recuerdo si fue un poco antes o un poco después que encontré publicada, en una revista de CONACYT, la entrevista del escritor español a Jean Genet, marcando mi relación con la obra del autor de Las criadas. Ahora, mientras escribo este texto, me pregunto hasta dónde el Boom latinoamericano me sirvió como un puente hacia la obra de Goytisolo, particularmente, la obra de Fuentes, y en qué momento me vine a enterar del "Caso Padilla", redifiniendo mi posición respecto a la relación entre Literatura y Revolución, y en la que el propio Goytisolo jugó un papel fundamental. Tampoco puedo olvidar la furibunda respuesta de Goytisolo a una crítica de José Joaquín Blanco a Carlos Fuentes allá por los 80s, y recogida en La paja en el ojo. Pero fue hasta la década de los 90s que me hice un asiduo lector de su obra, gracias a la admiración que un amigo cervantista le profesaba al autor de Juan sin Tierra, a mi paso por distintos seminarios sobre el Siglo de Oro en la UNAM y a las pláticas que mantuve con Horacio López Suárez y otros exiliados en la cafetería de la Facultad sobre algunos tópicos la novela española, porque hay que decirlo con contundencia, Goytisolo fue, sin duda, el más cervantino de los escritores contemporáneos de nuestra lengua y un vivo heredero de la tradición hispano-musulmana e hispano- judía de la literatura peninsular y, particularmente, el Siglo de Oro, y que, al entroncarse con la mirada histórica de don Américo Castro y Francisco Márquez Villanueva, entre otros, nos ofreció una mirada radicalmente distinta sobre la Hispanidad y las fuentes de su tradición cultural. Tampoco podemos subestimar el papel que el Juan Goytisolo jugó para la comprensión y defensa del Islam en el mundo contemporáneo, frente a la mirada imperial de Occidente sobre esa cultura, siguiendo de cerca las investigaciones sobre la representación de Oriente por Occidente de Edward Said. Posiblemente, parte de su obra haya envejecido, como suelen envejecer demasiado pronto los proyectos vanguardistas; no sé cómo podría volver la Reivindicación del Conde don Julián o Juan sin tierra, pero a Juan Goytisolo le debemos obras esenciales como Las virtudes del pájaro solitario, Carajicomedia o Las semanas en el jardín o La cuarentena.
Se pueden reconocer tres momentos esenciales de su tarea novelística, el que va de Juegos de manos a Fin de fiesta, marcado por el realismo lukacsiano; luego, un segundo momento, definido por la experimentación estética y el intento de resquebrajar los grandes mitos que han sostenido la mitología de una España profunda que hunde sus raíces en el catolicismo, desde la Reconquisa hasta el Franquismo y que va de Señas de Identidad a El sitio de los sitios y, un tercer momento, en el Goytisolo abreva en lo mejor tanto de la tradición filosófica como literaria del Islam, a partir de Las semanas en el jardín. Desde luego, los dos últimos momentos se tocan permanentemente. Su obra ensayística acompaña en gran medida su trabajo novelístico, es más, una y otra son inseparables, uno y otro se iluminan y compenetran hasta, por momentos, hacerse indistinguibles, de "Los problemas de la novela" hasta ese conmovedor texto que es Belleza sin Ley o el trabajo sobre Azaña. Lucernario. Sus crónicas, como Crónicas sarracinas, y trabajos periodísticos -de Campos de Níjar a Cuaderno de Sarajevo, tampoco tienen pierde y esas constantes invitaciones al viaje que nos propone Goytisolo, como Estambul Otomano o ese ejercicio de Parresía y de coherencia intelectual que nos ofrece en Coto vedado y en Los reinos de taifa.
Resulta imposible en un espacio así abarcar una obra tan vasta y compleja como la de Juan Goytisolo. Sirva, entonces, este pequeño apunte como un homenaje a uno de los intelectuales más fascinantes del siglo XX, cuyo rigor, coherencia y radicalidad contrastan con la mediocridad generalizada que permea hoy el mundo del pensamiento. Baste recordar que solamente dos intelectuales occidentales pisaron Sarajevo en el peor momento de su asedio, en 1992, Susan Sontag y el propio Goytisolo para solidarizarse con el pueblo Bosnio y atraer la mirada de Occidente sobre uno de los peores genocidios del siglo XX experiencia que, en el caso de Goytisolo, devino en una de las más extraordinarias novelas del siglo XX: El sitio de los sitios.
A continuación, presento al lector un pequeño extracto de un ensayo mayor sobre Juan sin tierra.
II
Juan sin tierra (1975) constituye el último eslabón de la trilogía “Mendiola”, integrada por Señas de identidad (1966) y Reivindicación del Conde don Julián (1970). Aunque la obra puede leerse de modo autónomo, existen elementos narrativos que vinculan las tres novelas, particularmente, Señas… a Juan… De suerte que esta última aparece
como un subtexto de otro mayor, explicitando, a su vez, la preocupación de Goytisolo por perfilar el hecho literario como un tejido de relaciones intertextuales, y no sólo como un medio de aprehensión de la historicidad o como una hermenéutica del sujeto. Si bien, en cuanto al problema de la historicidad, quizá convenga aclarar, de una vez, que, para Goytisolo, el mito y la literatura son dos formas de resistir al discurso oficial de la historia, expoliando las prácticas lingüísticas que sostienen a éste. Otra dimensión del trabajo de Goytisolo es la crítica emprendida contra una literatura reconocida como “ oficial “, ya sea por las instituciones ideológicas, u , hoy día, por el mercado, y a los mecanismos, propiamente críticos, que la legitiman.
El proyecto novelístico de Juan… marca un quiebre definitivo en relación a Señas… y a Reivindicación…, obras en las que, aún de modo cada vez más desdibujados, permanecen algunos valores de la novela tradicional, como la oposición historia-discurso, el desarrollo progresivo de la anécdota, la función del narrador como ordenador de los datos de la realidad, el enmarcamiento del personaje de acuerdo a caracteres psicológicos o sociológicos, precisión espacio - temporal, o la clara distinción entre tiempo y espacio objetivos y subjetivos, etc.
A contracorriente de este paradigma, Juan sin tierra se constituye como un
puro espacio textual, como un cuerpo- texto, en el que su única realidad es
la apuesta por una topología del discurso, gracias a la cual ese “ no lugar” de la enunciación cobra una figuración por su pura superficie.
YO/TÚ
pronombres apersonales, moldes substantivos vacíos¡: vuestra escueta
realidad es el acto del habla mediante el que os apropiáis del lenguaje y
lo sometéis al dominio engañoso de vuestra subjetividad reductible:
odres huecos, hembras disponibles, os ofrecéis promiscuamente al uso común,
al goce social colectivo: indicativos nucleares, herméticos, transferís, no
obstante, vuestra unicidad cuando de un mero trazo de pluma os hago
asumir el dictado de mis voces proteicas, cambiantes: la sintonía general
que emitís propicia el escamoteo sutil fuera de toda comunicación
ordinaria: quién se expresa en yo/tú? Ebeh, Foucauld, Anselm Turmeda,
Cavafis, Lawrence de Arabia ?: mudan las sombras errantes en vuestra
imprescindible horma huera, hábilmente podrás jugar con los signos…
sometido a un proceso continuo de destrucción : distribuyendo entre tus
egos dispersos los distintos papeles del coro… ( Todas las citas de la novela están tomadas de la edición de Mondadori, de 1994).
Igualmente, diluye la anécdota en un conjunto de imágenes, textos, y
voces, que aparecen, fragmentaria, caóticamente, denostando el “sentido”
en pro de las incisiones e hiatos desde las que se ar-ticulan esos dis-
cursos, o bien, desde el espacio onírico, al del espejismo, el fantasma, o la
alucinación; el sujeto, entonces, pareciera producido por los significantes, y no productor de ellos.
( pero no, tú deliras, y el poeta alejandrino lo sabe
la ciudad en donde has gastado tus días subsiste y a ella estás condenado
en sus mismas callejas errarás
en sus mismos suburbios llegará tu vejez
bajo sus mismos techos encanecerás
inútilmente, esperarás a los bárbaros ( p. 90 )
disueltos los hechos en sueño brumoso: a merced del artificio retórico y
la insidiosa tiranía textual: descubriendo, con candoroso asombro, el
margen que separa el objeto del signo y la futilidad de los recursos
utilizados para colmarlo (pp. 103 y 104).
Respecto al tratamiento del personaje, se abandona el marco de la identidad
psicológica o el prototipo sociológico, para transitar por la novela como un
mutante o una máscara, impermeables a cualquier forma totalitaria de conciencia que fije, inamoviblemente, sujeto, espacio y producción discursiva.
La novela, cuyo alusivo título hace referencia a la constante preocupación de Goytisolo por la desterritorialización – desterritorialización discursiva como existencial-, tiene como contrapunto el carácter autorreflexivo del arte desde el romanticismo hasta las vanguardias, apuntando a la disolución del vínculo arte-realidad.
Juan sin tierra ya no apunta a un centro único. Ni el yo ni la novela tienen sustancia alguna; habrá, acaso, la única posibilidad de pensar la obra y la dimensión ética que se desprende de ella desde una pura exterioridad discursiva o desde la otredad polífónica, pero ya no señalando sus fronteras o las múltiples capas que las conforman, sino anulándolas para proyectarlas en su pura condición topológica, donde el adentro y el afuera -principio que rige el pensamiento hermenéutico- se cancelan.
Una vez más, aparece la implacable crítica de Goytisolo a la España Sagrada, la “Sansueña” de Cernuda, y de ahí a la cultura occidental en su conjunto; Goytisolo desmonta los “epistemes” a través de los cuales se ha constituido Occidente, centrándose en la crítica de la subjetividad y a la relación de ésta con el lenguaje para hacer de la extraterritorialiedad del cuerpo y su diseminación en el lenguaje, los principales elementos de la obra, o bien, a través de la ecuación cuerpo-escritura, escritura-cuerpo, proveniente de Cernuda y de esa tradición negada que arranca con El libro del buen amor, La lozana andaluza, La Celestina y llega hasta Quevedo, o el propio Cervantes, y cuyo centro es la crítica a la herencia platónica de la literatura peninsular. Sin embargo, hay que subrayarlo, en el caso de Goytisolo, esa crítica se centra en el lenguaje, expoliándolo.
a su espíritu de autoridad y jerarquía, fundado en prohibiciones y leyes,
opondréis la subversión igualitaria y genérica del cuerpo…( p.77 ).
entre todos los mendigos del zoco, escogerás al más abyecto: la arca
africana exige de ti una entrega total, sin reservas y has decidido asumir
tu prometeica, devoradora pasión hasta sus últimas, delirantes
consecuencias: belleza, juventud y armonía son accesorios excusables
que adornan asimismo el amor permitido y te desprenderás
inexorablemente de ellos para abrazar los más viles y ominosos atributos
del cuerpo fraterno, ilegal: vejez, suciedad, miseria te absorberán en
impetuoso remolino, con la fuerza irresistible del cuerpo: orines, mugre,
llagas, supuraciones serán el alimento cotidiano que con orgullo
solitario consumirás ( p.p. 55 y 56 )
la cuartilla virgen te brinda de nuevo posibilidades de redención
exquisitas, junto al gozo de profanar su blancura: basta un simple trazo
de pluma: recrearás sus cuerpos ( p 84 ).
Escrita en segunda persona desde el escritorio-cocina parisinos, el narrador
se hace objeto de sí mismo, a través del desdoblamiento y el monodiálogo; la estrategia discursiva por la que opta Goytisolo permite, en primera instancia, un distanciamiento crítico del yo y, después, el desplazamiento por varios niveles textuales sin marcas de transición o continuidad que las identifiquen; a diferencia del yo que ordena y articula el mundo, que “representa”; la segunda persona permite la
presentación -pre-sentación- fragmentada tanto del universo fictivo como
del universo ficcional. Gracias a ello, Juan Goytisolo consigue acabar con
el marcaje de los géneros, anular la distancia entre signo y referente,
significante y significado, y hacer de la novela, al mismo tiempo un collage
y un pastiche, reivindicando que el lenguaje no tiene otra realidad que su
superficie, o el espacio de una máscara: el carnaval. Carnaval que es, por encima de todo, una ética de la escritura y una política de la escritura.