Leo a Elias Canetti (Apuntes 2, Obra completa 8, De bolsillo, 2011), un texto de 1960 (Hampstead) que dice:
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Contarle historias a alguien que las escuche como historias, que no te conozca, que no espere oír literatura. ¡Qué hermoso sería una vida de narrador errante! Alguien dice una palabra y tú cuentas la historia. No paras nunca, ni de día ni de noche, te quedas ciego, pierdes el uso de tus miembros, pero tu boca sigue prestándote servicios, y vas contando lo que te pasa por la mente. No posees nada, sólo un número infinito y cada vez mayor de historias.
Lo más hermoso sería que pudieras vivir sólo de las palabras y tampoco necesitaras comer. (p. 157).
Me gusta y me llama la atención porque, a final de cuentas, los que escribimos un texto para publicar contamos una historia. En ese sentido y usando esas palabras (a final de cuentas también somos homo parlans), cual narrador errante me dispongo a contar esta historia.
Es la historia de un contubernio cuyo diseño fue hecho en la matriz del grupo compacto del exgobernador RMV para someter al IEE a su completo control. El fontanero fue un viejo personaje bautizado como el gordito naranja –aunque algunos no tenían empacho en denominarlo sotto voce como la ballena naranja-, un viejo mercenario que representa al partido naranja (ese que sin presentar candidatura en la elección pasada, y sin haber alcanzado el 3% de la votación efectiva, como lo exige la ley en cualquier elección, por sus oscuras alianzas con los proyectistas de acuerdos que trabajan para el tribunal electoral federal, recibirá más de 14 millones este año para su operación habitual).
El grupo –mejor dicho, su amo- decidió que yo no debía seguir ahí (no les gustaba ni les gusta actualmente que haya equilibrios o contrapesos) e hizo todo lo posible para impedir que el INE me ratificara como consejero del Ople en el 2015 y, por el otro lado, utilizó al plomero electoral para levantarme una irrisoria acusación: que yo le había dado información falsa (información que ni le interesaba ni le interesa). En realidad le di la misma información que, en ese momento, me dio la titular de la unidad de transparencia (que por ley y reglamento actualiza la información solicitada por el gordito naranja), la ahora consejera Flor de Té Rodríguez Salazar.
Los actuales consejeros del IEE, excepto José Luis Martínez, avalaron el invento del contralor interno de que yo debía verificar dicha información, cuando Flor de Te no dependía orgánicamente de mí (sino del consejero presidente) y cuando temporalmente era imposible hacer esa verificación en primer lugar porque quien debía hacerlo era ella misma al actualizar la información. De lo contrario, como fue en realidad, lo que pasó es que estaba en contubernio con el personaje naranja para lograr que la contraloría inventara esa determinación que, a final de cuentas, como no se puede contra la realidad, no pasó a mayores. Lo que sí pasó es que algunos reporteros –como Mónica Camacho de La Jornada de oriente-, sin dar las versiones de las partes, sólo se quedó con la versión oficial cuyo invento del contralor interno, Juan Ignacio López Caso, dijo que yo había falseado información. Falsear información significa cambiarla, alterarla o modificarla. Yo la entregué tal cual me la dio Flor de Té, porque ella era la que generaba dicha información, la verificaba y la otorgaba, si no, ¿para qué estaba ahí?
Como la resolución del IEE –avalada por la mayoría contumaz morenovallista- no emitía sanción alguna –no tenía por qué en realidad, porque de haberlo hecho no sólo habría yo impugnado esa resolución, sino que al ganarla la falta hubiese recaído en Flor de Té Rodríguez Salazar- decidí no impugnar.
Al ver a los pobres consejeros del actual IEE, incluyendo a la extitular de la unidad de transparencia que se prestó a este contubernio ordenada por los barones morenovallistas –mejor dicho por su amo y señor-, no me queda más que corroborar ese dicho de la sabiduría popular: Dios los crea y ellos se juntan.
Las resoluciones del tribunal federal que constantemente les enmienda la plana va más allá de la normalidad democrática (que incluye por supuesto que los tribunales puedan ordenar la corrección de las decisiones de las autoridades administrativas electorales), descubre que las decisiones de los consejeros morenovallistas están hechas por consigna, a veces por contubernio, a veces por torpeza, pero en general porque obedecen a un mismo amo. Si creíamos que habíamos pasado los tiempos del régimen autoritario tricolor, caracterizado por su burbuja dorada y sus fuertes dosis de arbitrariedad, resulta que no. El virrey RMV y sus alfiles se preparan para prolongar en el estado su imperio el próximo año, máxime cuando –de ser cierta la alianza con el grupo Atlacomulco- tienen todo el dinero del desfalco hecho al estado de Puebla con las deudas ocultas y los compromisos de pagos. Ya Enrique Cárdenas se ha encargado de desenmascarar esa falso rostro de progreso y crecimiento para ubicarnos en la realidad, terca y siempre presente a final de cuentas.
Por cierto, hoy domingo, en la réplica de Diódoro Carrasco al artículo de Enrique Cárdenas publicado en El Universal el viernes pasado, éste en su contrarréplica ilustra con toda precisión una de las cosas que le dijo el secretario general de gobierno poblano: “me relató el episodio del ex presidente municipal Eduardo Rivera que, al no acatar ciertas condiciones, culminó en su inhabilitación para contender por la gubernatura de Puebla en 2018.”
Que lo diga el secretario general de gobierno es distinto a que lo suponga un columnista o un articulista. De ese calibre es el nivel de lo que ocurre tras bambalinas del actuar político local. Claro, todo esto no viene relatado en La fuerza del cambio, este texto, sin duda, dada la gran promoción que se ha desplegado en todo el país, se encaminará a un premio literario (desde el Villaurrutia hasta el Nobel)… si es que su autor no consigue la candidatura albiazul.