“Muchos creemos que es necesario un control y una evaluación de la educación, pero si es verdad que estos sistemas funcionan con éxito en la producción de automóviles por ejemplo, es más dudoso que puedan extenderse allí donde las relaciones humanas, no protocolizadas hasta el momento, quedan al margen de la técnica y la ciencia y se abren como espacio de libertad. Creo además que el silencio de la ley es necesario a la libertad. No el silencio efecto de la impunidad, sino el que, con un fondo de garantía legal, deja hacer al saber hacer y ampara en sus límites la creatividad humana”.
Sergio Hinojosa. El control de la calidad en la Educación.
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Soy de los que apoyan con firmeza la construcción de una cultura de evaluación en el campo educativo. Muchas veces he escrito en este espacio artículos que toman postura a favor de la evaluación de los docentes, de la evaluación de los aprendizajes y de la evaluación de las instituciones y del sistema educativo.
Considero como un avance que existan esfuerzos institucionales para valorar e incluso medir –esta es casi una mala palabra en el campo de la Educación- la calidad de los procesos formativos y del impacto que estos procesos tienen en el aprendizaje de nuestras futuras generaciones.
Me parece también muy importante que los educadores y gestores educativos estemos cada vez más abiertos a ser evaluados por nuestros alumnos, nuestros pares y por las instancias que estructuralmente tienen las instituciones educativas públicas y privadas en los diferentes niveles educativos, del mismo modo que es también positivo que tratemos de tomar cada vez más en serio la evaluación de los aprendizajes de nuestros estudiantes más allá de los exámenes y otras herramientas sumativas y muchas veces centradas exclusivamente en la memorización.
Es también un paso adelante que contemos hoy con instancias externas que certifican lo que nuestros egresados universitarios han aprendido o acreditan la calidad de programas e instituciones de educación superior.
Sin embargo es necesario estar atentos a estos procesos, instrumentos e instancias de evaluación porque resulta muy fácil que absoluticemos sus criterios, indicadores, resultados y rankings y que empecemos a orientar todo lo que sucede en las aulas y en las escuelas y universidades a responder a las demandas que estos criterios, indicadores, resultados y rankings dejando de lado lo más importante que sigue siendo la formación de las nuevas generaciones de mexicanos.
Porque en la construcción de esta cultura de la evaluación que se está volviendo toda una moda e incluso una estrategia de mercado para competir en un mundo sobre poblado de instituciones educativas de todos los tamaños, orientaciones y calidades parece estar predominando la idea de que en la educación todo se puede controlar y medir, que la meta de todo proceso educativo es el cumplimiento de estándares medibles y que la excelencia académica es una versión escolar y universitaria de lo que en las empresas se llama calidad total.
Ya lo decía Pablo Latapí Sarre en su célebre discurso de recepción del Doctorado honoris causa por la Universidad Autónoma Metropolitana: “En el ámbito educativo, hablar de excelencia sería legítimo si significara un proceso gradual de mejoramiento, pero es atroz si significa perfección.
Educar siempre ha significado crecimiento, desarrollo de capacidades, maduración, y una buena educación debe dejar una disposición permanente a seguirse superando; pero ninguna filosofía educativa había tenido antes la ilusoria pretensión de proponerse hacer hombres perfectos”. El discurso completo se puede leer en esta liga: http://www.scielo.org.mx/pdf/peredu/v29n115/n115a7.pdf
En efecto, la excelencia debe entenderse como crecimiento continuo y este crecimiento que nunca es perfección –ni debe aspirar a ella- tiene siempre algo de misterio, de elementos no observables ni medibles y requiere por tanto de un espacio de libertad, de un lugar abierto para la creatividad de los educandos y los educadores.
De manera que hay que seguir impulsando la cultura de la evaluación y trabajar en la acreditación de la calidad de nuestros procesos docentes, escolares e institucionales sabiendo con claridad que lo que evaluamos es apenas el conjunto de elementos y condiciones necesarias pero no suficientes para lograr una buena educación.
Desde esta claridad los procesos e instrumentos de evaluación serían más realistas, ágiles y flexibles y evitarían ahogar lo verdaderamente importante del trabajo educativo esclavizando a docentes y gestores en un mar interminable de requisitos burocráticos.
Porque en la educación no todo se puede controlar y aunque lo que se controla sea importante para poner las condiciones para que surja lo educativo, estoy plenamente convencido de que la verdadera formación de los futuros seres humanos, profesionistas y ciudadanos ocurre en el misterioso e inevaluable espacio de libertad creativa que sucede cotidianamente entre un profesor que se vuelve significado personificado y un grupo de educandos comprometidos y entusiasmados por su propio proyecto de vida.