El implacable testimonio espetaba la realidad, que cuanto más evidente, más grande el sufrimiento del observador, ya que se trataba de su propio reflejo. Al principio sintió miedo, luego rabia y finalmente autocompasión. No cesaba de preguntarse: “¿Por qué yo?”.
Hacía un mes que la piel gradualmente perdía firmeza y ahora se colgaba de manera leve, pero notoria. Primero fue la oreja izquierda, luego la derecha y ahora ambos párpados y la parte inferior de la boca. Pero: “¿Qué culpa estoy pagando?”, no dejaba de cuestionarle a cualquiera que fuera el causante de esa inaceptable imagen, y al mismo tiempo que le horrorizaba la idea de que se deformara más. Finalmente lloró su desdicha.
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La señora Henge llegó a la hora de costumbre, como todos los martes, de hacer las compras semanales y lo encontró sollozando con el cara entre las manos. Conteniendo su propia aflicción le consoló como si en verdad fuese la madre del muchacho:
¾No te preocupes, cariño, mañana vamos al especialista para que nos aconseje,
¾Sí pero debimos ir desde antes ¾ replicó él.
¾Es cierto, pero pensamos que sería algo pasajero, vamos, ya no llores ¾ insistió ella, pero no sirvió para que el muchacho dejara de mostrar el más fuerte de su corta vida.
El consultorio era como cualquiera de su tipo, pero decorado a la antigua con diplomas en la pared y un reloj de manecillas que marcaban las cuatro en punto, hora en que la señora Henge ingresó con el muchacho. Tomaron asiento delante del profesional, quien de inmediato hizo preguntas al paciente:
¾A ver dime ¿qué fue lo que te pasó?
¾No lo sé ¾contestó el muchacho con una mirada encendida que le expresaba: “¿No es usted quien me lo tiene que decir?” El especialista se volvió con la señora Henge quien le contó lo sucedido desde hacía 30 días con la piel. Nuevamente el especialista se dirigió al muchacho diciéndole:
¾Bueno, no tienes de qué preocuparte, porque… ¿estás preocupado? ¿no es así?
En este momento la señora Henge intervino:
¾Sí, se puede decir que está deprimido y en ocasiones hasta irascible a causa del problema.
¾¿Esto es cierto, amiguito? ¾inquirió el especialista, a lo que el paciente respondió con cierta exasperación
¾¡Sí! ¡Y no sé por qué me tiene que pasar a mí, a mí que no he hecho nada!
El especialista puso especial atención a esta respuesta y le dijo
¾¿Piensas que no debía pasarte algo así?…¿A ti?
¾Ya le dije que no he hecho nada…. ¾ dijo el muchacho soltando en llanto, lo que causó que la señora Henge lo abrazara.
El especialista llamó a su asistente y esperando a que el muchacho se calmara le dijo:
¾Bien, mi amigo, no te preocupes, el problema de tu piel lo arreglaremos rápido y haremos algo para que no vuelva a suceder, anda ve con mi asistente para que te prepare en la otra habitación mientras platico con la señora Henge.
La asistente tomó de la mano al muchacho y lo condujo fuera del consultorio, y al quedar solos la señora Henge, ésta preguntó sin demora:
¾¿Usted cree que el problema sea grave?
A lo que el especialista con mirada pensativa le respondió.
- El problema de la piel es mínimo, en una hora podrá irse a casa como si no hubiera pasado nada, lo que me causa sorpresa y desconcierto es que los programas de asunción y manifestación de emociones de su androide dan la impresión de que está tomando conciencia de sí mismo, como si fuera un ser humano en la etapa de la adolescencia.