El mundo se le vino encima a López Obrador cuando lanzó aquello de “¡al diablo con las instituciones!”.
En esta, como en otras cosas, el tiempo parece darle la razón. Pero ahora resulta que es el presidente Peña Nieto quien las manda con Belcebú. No de palabra; peor aún, de hecho.
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Lo vemos y atestiguamos de modo flagrante. El caso más escandaloso, de la dimensión de una montaña es el de la imposición de Paloma Merodio. Contra protestas, reclamos y argumentos de la más variada índole, impuso a esta dama en el cuerpo directivo del INEGI.
El instrumento operador fueron senadores obedientes al capricho presidencial. Esa institución, el Inegi, ha gozado de respeto en la vida pública de México por su, pese a todo, relativa autonomía. Hoy, sin embargo, la estocada presidencial la empuja al terreno del descrédito, parcialidad o duda.
¿Qué necesidad tiene el presidente, de aumentar su tristísimo índice de aprobación (de apenas el 19 por ciento) de la gente?. Arranques o imposiciones de esta naturaleza son francamente suicidas. Y lo grave es que en Los Pinos no se admite el término “reconocer un error”, o “rectificar”.
Se gobierna con métodos autocráticos.
Proceder así desde la presidencia, es dar licencia para que mañana le griten al Inegi, “¡al diablo con las instituciones!”.
Pero igual de grave es la forma como Peña Nieto dirige la elección en el Estado de México (EM). Decidido a defender 88 años de unipartidismo, y cancelar tajante cualquier posibilidad de transición, ha volcado a todo el gabinete y la fuerza presupuestal de la federación para tutelar que nada cambie en su terruño.
Con ese poder, ha pisoteado las reglas escritas y no escritas de una contienda estatal. Pasa por encima del órgano estatal electoral y contiene férreamente la probable competencia federal. Amarra a los árbitros, compra y manipula a los partidos y derrocha miles de millones para imponer a su primo Del Mazo.
La intromisión federal, los cargamentos de dádivas, el derroche de prebendas en especie y dinero es inaudito y escandaloso. Apenas comparable a la última elección estatal de Puebla.
Pero, se podría decir, ¿acaso hay algún impedimento al presidente para ayudar a su partido?
Sí, la ética elemental que un jefe de estado tiene que mostrar como árbitro en una contienda que se presenta como democrática. Y justo ahora, cuando estamos en vísperas de una elección presidencial y los ojos del mundo están sobre el país por la vecindad con los Estados Unidos.
Pero si no quisiéramos asomarnos a esos terrenos, la pregunta podría complementarse con otra, muy presente en la mente de los poblanos priistas. ¿Por qué Peña Nieto no mostró siquiera un cinco por ciento de su priismo en la reciente competencia electoral por el gobierno de Puebla?
Negocios son negocios, cacicazgos son cacicazgos. Aquí se dio un arreglo en una sociedad de poderes. Económicos, naturalmente. Allá se edifica el castillo de la impunidad futura. El refugio transexenal.
Y obviamente, con eso en la mira, se mandan al diablo a las instituciones electorales.
¿Acaso esas instituciones son en verdad modelo de respeto, transparencia, moradas impolutas de la legalidad, imparcialidad y confianza?
Los partidos, PRI, PAN y PRD, apenas la semana pasada, como de costumbre, volvieron a imponer con sus colores a tres consejeros “ciudadanos” para seguir teniendo el control del INE. Hace poco, Relaciones Exteriores dio la bienvenida con alfombra roja a un Videgaray meses atrás defenestrado por su gravísimo error con Donald Trump.
Las cárceles del país, el último eslabón de la podrida “justicia mexicana”, cada semana son escenario de fugas y delincuentes que siguen operando con la complicidad de funcionarios, porque en México el 98 por ciento de los delitos quedan impunes. Quién dice que no merece ir al demonio esta clase de “justicia” mexicana.
La Cámara de Diputados da refugio a un delincuente por veinticuatro horas, para fugarse de la acción de la justicia; el Fiscal de Nayarit era, hasta hace una semana, uno de los más relevantes traficantes del país, y como tal, operaba como infiltrado en los cuerpos de seguridad de la nación.
Por donde le piquen brota la pus de la corrupción, el trafique, el negocio, llámense Cámaras, Suprema Corte, Ministerios Públicos, INE, Procuradurías, Pemex (México es el único país que no ha encontrado ni apresado a los que le cobraron 10 millones de dólares a Odebrecht), gobiernos estatales, organismos “ciudadanizados”, policías y todo un largo etcétera.
Lo dicho hace años por AMLO no fue realmente ni un descubrimiento ni una profecía, simplemente una descripción. Y los hombres en el poder se encargan de refrendar que así es….