Jesús secó el sudor de su cuerpo como indicación de que la jornada había terminado en la mina. Tomó su pala y buscó su marro. Desempolvó sus ropas y levantó su lámpara para buscar a José, su compañero de labor, quien se había entretenido desde hacía horas con una roca de dureza inusual y a la no penetraban las herramientas.
José ya había pedido ayuda a Martín, ingeniero encargado, quien al llegar al lugar del problema examinó la roca que apenas se asomaba. Ordenó hacer tres barrenos alrededor de la piedra para descubrirla con explosivos. José asintió con la cabeza mientras miraba a Jesús que discretamente le hacía señales diciendo que era hora de ir a casa.
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Sin hacer mucho caso, José comenzó a limpiar la zona de trabajo y a sondear con sus herramientas donde terminaba la dureza para barrenar. Jesús resignadamente se unió a la labor ayudando a limpiar la zona. Una vez puestas las cargas, se detuvieron ha poner las indicaciones de rigor que anuncian sobre el riesgo que conllevaba la detonación, sobre todo por los colegas del siguiente turno que llegaban ignorantes de la situación.
Después de la explosión retiraron parte de los escombros y pudieron notar que la roca, ya más delineada, seguía intacta. Llenos de incredulidad se acercaron y sin dejar de limpiar la zona se dieron cuenta que la superficie era lisa como piedra de río y no parecía haber sufrido daño alguno. José la golpeo con su marro para aflojarla o estrellarla, pero parecía hecha de hierro sólido y, a diferencia de éste, sólo emitía un sonido sordo. Martín pidió lámparas más potentes para examinar lo que estaba ocurriendo. Ordenó excavar alrededor para sacarla de una pieza, si es que no podían fraccionarla.
Ambos mineros retiraban piedras y tierra debajo de la roca y en ese momento sintieron que vibraba, sin estar seguros que el movimiento proviniera desde el interior. No les dio tiempo de pensar nada cuando la pared y parte del techo se les vinieron abajo. José penas si tuvo tiempo de dar unos pasos hacia atrás y solo fue alcanzado por pedazos de roca de los cuales salió bien librado, pero no así Jesús quien había quedado debajo de la piedra recién removida.
José reaccionó al instante, su mejor amigo estaba padeciendo la peor pesadilla para un minero, el quedar enterrado en su lugar de trabajo. Sin pensarlo, rápidamente con ayuda de una pala retiró tierra y piedras hasta llegar a la roca que estaba encima de su compañero. Otros mineros que habían llegado alertados por el estruendo del derrumbe fueron testigos de un milagro, José estaba quitando con sus brazos la enorme piedra que se supondría pesaría lo suficiente como para tener que ser movida con maquinaria. A José no le importó ese detalle y se concentró en sacar a su amigo quien rápido volvió en sí. Los demás mineros no daban crédito de lo que veían hasta que uno de ellos se acercó y al tocar la piedra pudo comprobar que ésta se podía mover con facilidad, como si no pesara y fue cuando lo demás se acercaron para atestiguar el hecho insólito de la flotabilidad del monolito.
Al cabo de unos minutos llegó Martín quien al ver lo que ocurría sumaba su asombro al de los demás presentes. Les pidió que llevaran la piedra hacia afuera para que se le alojara algún lugar de la superficie para examinarla y él se adelantaría para disponer de lo necesario.
Mientras la empujaban a través de los túneles iluminados los mineros se pudieron dar cuenta de que la roca iba ganando altura poco a poco y de la misma la vibración se aceleraba.
Cuando Martín tenía casi todo listo para recibir la piedra, tenía la sensación de que había pasado el tiempo suficiente como para que hubieran llegado. Comprobó en el reloj el tiempo transcurrido y llamó al controlador del elevador quien reportó "la piedra siguió subiendo, se ha atorado en el techo y no podemos bajarla, además de que es difícil controlarla, pues tiembla mucho y está tan lisa que las manos se resbalan". El ingeniero les pidió que hicieran el esfuerzo para llevar la piedra al tiro de la mina de modo tal que llegara al nivel donde se encontraba un túnel que conducía a la superficie.
Martín se preguntaba de qué se trataba ese fenómeno. Meditó un poco y se preguntó que podía haber detonado la actividad de la piedra. Pensando en un antes y un después, estableció las condiciones que hacían la diferencia. Concluyó que la presencia humana al desenterrarla le había expuesto a nuevos elementos, el aire y la luz. Dedujo que por la vibración debía tener un gasto energético y para ello debía haber su insumo de alguna fuente... ¡La luz! La luz de las lámparas debieron haberla activado. Era fácil inferir que al obtener más luz vibraría y se elevaría más. Un pensamiento angustiante le llegó a la mente, la piedra ya debía estar saliendo de la mina al igual que el sol detrás de las montañas. Rápidamente salió en desesperada carrera hacia la entrada del túnel.
A la entrada de la mina se encontraba un grupo de hombres que la sujetaban con cuerdas como si fuera un globo. Martín les gritaba con fuerza "Cúbranla, cúbranla con una lona". El sol iluminó radiante la entrada de la mina y todo esfuerzo fue en vano, José y Jesús fueron los últimos lastres de aquel fenómeno que aceleraba su paso y se perdía de la vista de sus descubridores para continuar su camino interrumpido hace cuatro mil millones de años cuando el pedazo de universo que obedecía otras leyes de la física se había acercado al sol para reabastecerse de energía y quedó en tinieblas atrapado en una inesperada mole que recién se formaba: la joven tierra.