El dato contundente, implacable, inmisericorde, es que a partir de enero la gasolina será vendida con un incremento de hasta 20%. La idea inicial era que el precio no lo fijara el gobierno sino que lo hiciera el mercado mediante una competencia de empresas de producción y distribución de gasolinas, con ello el cliente final se vería beneficiado con la mejor oferta; claro, el problema es que, al menos en Puebla, no hemos vistos esas nuevas empresas que a partir de enero ofertarán sus gasolinas al público en general. O sea, eso del mercado no se ha visto para nada y, hasta el momento, no tiene ni presencia ni realidad. El mercado simplemente no existe.
Todo lo que seguirá con esos incrementos –y dada la ausencia del mercado- es la espiral inflacionaria y el golpe directo a los bolsillos de cualquier ciudadano en su papel de consumidor. Todos los bienes y servicios están –como la gasolina- listos para prenderse y provocar el incendio del golpe a la economía de todos los ciudadanos. El efecto dominó de la escalada de precios se ve venirse de forma irremediable. ¿Quién podrá detener a este enemigo atroz, mortal y prácticamente invencible? No lo sabemos. Prácticamente nadie se atreve a levantar la mano y, eso sí, todos señalan al culpable (el presidente de la república) o, cuando menos, su sorpresa y azoro, como el góber poblano, que –ahora sí-, busca deslindarse de su alianza con el gobierno federal. “No entiendo –ha dicho- cómo es que si el precio del petróleo está a la baja, la gasolina sube. Cuando yo viví en Estados Unidos…”, etc., etc.
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Los legisladores que aprobaron la reforma energética tampoco han dicho esta boca es mía; todos se hace de lado para no ser salpicados por el tema que, como golpe en pleno rostro, recibiremos todos los mexicanos. Lo que sí existe es una conexión directa de este hecho inminente con el presidente de la república y su partido, a final de cuentas, la decisión de Hacienda de liberar los precios de las gasolinas proviene del ejecutivo federal. Y el único que ha salido a decir algo, porque no le queda de otra, es el secretario Meade. Claro, con las previsibles consecuencias para su eventual candidatura. El escenario no le pinta bien, ni a él, ni al PRI ni al gobierno de Peña. ¿Tendrá consecuencias en las elecciones locales de este año? Sin duda. ¿Y en las elecciones del 2018? Sin lugar a dudas.
¿Cómo detener a la fiera que está por llegar y que, hambrienta y feroz como es, arrasará con todo lo que encuentre a su paso? ¿Cómo salir de los momentos de incertidumbre en que lo único seguro es que entramos en una zona de riesgos y pérdidas?
Aquí es donde adviene el verdadero peligro en términos políticos. Cuando en una sociedad el clima es de incertidumbre, catástrofe y caos, las propuestas políticas que tienen mayor penetración en el imaginario colectivo de la gente son las medidas extremas y desesperadas. Es lo que Ernst Cassirer llama la técnica del mito político moderno.
… siempre que hay una empresa peligrosa y de resultados inciertos, surge una magia elaborada y una mitología conectada con ella.
Esta descripción del papel de la magia y la mitología en la sociedad primitiva se aplica no menos a las fases muy adelantadas de la vida política del hombre. En situaciones desesperadas, el hombre recurre siempre a medidas desesperadas –y nuestros mitos políticos contemporáneos han sido estas medidas desesperadas. Si la razón nos falla, queda siempre una ultima ratio, queda el poder de lo milagroso y misterioso. (1)
El mito que brota de esta situación es la del caudillo, la de la necesidad de una persona que encarne los deseos ardientes de la gente y que sea la indicada no sólo para enfrentar a la bestia sino de que la venza. Identificarlo es la tarea, y de ahí a darle todo sólo hay un paso.
El anhelo de caudillaje aparece tan sólo cuando un deseo colectivo ha alcanzado una fuerza abrumadora y, por otra parte, se ha desvanecido toda esperanza de cumplir este deseo por la vía ordinaria y normal. En esos tiempos, el deseo no sólo se siente hondamente, sino que se personifica. (2)
¿Habremos llegado a ese extremo? Frente a la corrupción, la impunidad, el cinismo político, la inseguridad y la crisis económica, pareciera que sí. Pero por esa ruta la cosa empeorará, porque hará su arribo con toda contundencia el mito político moderno con su lenguaje pasional de odio, cólera, furia, arrogancia, desprecio y desdén.
No, amable lector, lectora, la cosa no es de una persona ni de un caudillo que con su magia venga a resolvernos los problemas, sino de muchos, de muchos mexicanos y mexicanas, poblanos y poblanas que debemos aportar nuestra inteligencia al asunto. Y es no dejar de mirar ni de intervenir en la cosa pública, con nuestra opinión, nuestro trabajo cotidiano y nuestra participación en las decisiones a las que podamos tener acceso.
Que estos días finales de este año nos ayuden a valorar lo que podemos –y debemos- llevar a cabo. El cierre de fin de año y la apertura del Año nuevo son motivos suficientes para hacerlo. Felicidades y que el año entrante sea de mucha inteligencia, imaginación y participación. Un fuerte abrazo a todos los que posibilitan este medio y a usted, estimado lector, estimada lectora, por su incursión es estos textos.
Referencia(s) bibliográfica(s):
1. Cassirer, Ernst (1992): El mito del estado, trad. Eduardo Nicol, Fondo de Cultura Económica, México, 1ª. Edición 1947, 2ª edición (Colección popular) 1968, 7ª reimpresión, pp. 329-330.
2. Ib., p. 331.