En el aparador de una tienda habían colocado un par de zapatitos para bebé, de esos que se usan para cuando la criatura da sus primeros pasitos. Lo curioso de estos zapatitos blancos era que al frente les habían colocado orejas, ojos y dientes de ratón y dado su diminuto tamaño, sí lo parecían. Todos los zapatos del aparador al verlos se enternecían y decían cosas como ”mira qué lindos” o “son adorables” y en verdad sí que lo eran.
Un día, una mujer que pasaba por la banqueta frente de la tienda los miró a través del cristal del aparador y sin pensarlo mucho, los compró. La empleada metió los zapatitos en un estuche redondo, blanco con unos agujeros pintados que lo hacía parecer un gran queso. El estuche fue guardado en una bolsa de papel con asas y entregado a la mujer que de inmediato tomó camino para su casa con la idea de que su bebita luciera el magnífico par de zapatos miniatura con forma de ratón.
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Ya en casa, bañó a la bebita, le puso ropa blanca para que le combinara con los zapatitos y al momento de colocárselos le decía “este es ratoncito derecho y este es ratoncito izquierdo”. La bebé fue colocada en su andadera para que se acostumbrara a traerlos puestos y le fueron de mucha utilidad ya que los pies no se resbalaban en el piso y así podría ejercitar las piernas. La bebé estaba feliz con sus nuevos zapatitos y hasta lloraba cuando se los quitaban, pero era indispensable retirárselos para bañarla y dormirla.
Todos los días cuando la bebé se quedaba dormida, la mamá guardaba los zapatitos con forma de ratón en el clóset. Ahí los demás zapatos estaban admirados de que los zapatitos fueran usados a diario, pero unas botas envidiosas que sólo eran usadas en invierno les decían: “Pues no se hagan muchas ilusiones por ser los favoritos, algún día la bebé crecerá y a ustedes los tararán a la basura”. Estas palabras asustaron a los zapatitos provocándoles pesadillas esa noche en las que veían cómo la mamá los tomaba y los metían a una bolsa para nunca volver.
Los días pasaron y la niña no dejaba de usar los zapatitos, jalaba de sus orejas y tiraba de los diminutos bigotes, pero sólo causaba cosquillas en ellos. Un día la mamá salió de casa y llevó consigo a la bebé en un camión, la bebé lucía su par de ratoncitos, como era de esperarse. De pronto la mamá se dio cuenta que se había pasado del lugar donde debía bajar y gritándole al chofer se acercó al estribo para bajar. Al paso entre la gente el ratoncito izquierdo, que iba con el broche suelto, cayó al suelo ante la angustia de su hermano derecho que no pudo hacer nada.
Cuando regresaron a casa, la mamá se dio cuenta que la bebé lloraba mirándose los pies y dándose cuenta del incidente dijo “¡Oh dios mío! Y con lo que le gustan”. Después de llorar mucho la bebé se quedó dormida, la mamá le retiró el zapatito derecho con forma de ratón y lo guardó en el clóset, donde las botas de invierno decía s todos los zapatos guardados “Ya vieron se extravió el zapato izquierdo, ahora sí tirarán al basura al que quedó”, el zapatito derecho se quedó llorando toda la noche por su hermano extraviado y su futuro incierto.
En los días siguientes el zapatito no fue requerido, fue olvidado en el clóset, el cual se abría para sacar o meter a otros zapatos, hasta que un día la mamá sin darse cuenta aventó al zapatito detrás de unas cajas, lo que hizo que unos bostonianos dijeran “Es mejor que te quedes ahí en lugar de que te tiren a la basura”, pero un par de tenis viejos le respondieron “atrás de la caja o en el basurero, el olvido es el peor castigo”. El zapatito volvió a llorar esa noche.
Pasaron muchos meses, el zapatito estaba empolvado y resignado a su suerte cuando el clóset se abrió y la mamá comenzó a sacar objetos del clóset mientras decía “Es momento de hacer limpieza aquí ¡mira qué desorden!”, y retiró las cajas que ocultaban al zapatito derecho, pero no lo vio. Fue una dulce vocecita que dijo “¡Latón!, ¡Latón!”.
Era la pequeña bebé quien ya caminaba y ahora decía sus primeras palabras. La mamá no comprendió al principio lo que quería decir, pero la niña con su pequeña manita señalaba el fondo del clóset y al percatarse que su hijita había encontrado su primer zapatito lo levantó y lo metió a una bolsa. Los demás zapatos dijeron “ahora sí, se lo llevaron a la basura, pobre ha de ir muy asustado”.
Pasaron un par de semanas, la niña se encontraba en la sala de su casa, en medio de la gente que había acudido a una reunión, reía y decía la pequeña lista de palabra que había aprendido “casa, oso, leche, leche, oso, casa”, su papá la tomó entre sus brazos y pudo alcanzar las repisas altas, cuando la pequeña gritó con emoción:“¡Latón! ¡Latón!”
Este par de palabras, que casi no pronunciaba, fueron pronunciadas con alegría, pues en una repisa de la sala estaba el zapatito derecho con forma de ratón que sus papás habían mandado bañar de cobre para conservarlo y guardarlo toda la vida como recuerdo del primer par de zapatitos, que habían sido comprados con un estuche redondo con forma de queso.