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Todos los pueblos tienen memoria de sus santos y también veneración por sus difuntos.
En México estas dos fechas se funden en varios días de celebraciones.
Lo que hoy se celebra, afortunadamente es una herencia de las prácticas religiosas de los pueblos prehispánicos y también de las costumbres arraigadas durante la época de la colonia.
Estas fiestas son hermosas porque fomentan la concordia entre las personas y las familias.
Esta es una cultura que fusionó el México antiguo y el México colonial.
Siempre será bueno, como se hace en el cristianismo, venerar a sus “héroes” que cumplieron con los mandamientos religiosos que hicieron de las personas ejemplo de vida.
También es bueno haber conservado y tener hasta ahora las prácticas de las culturas prehispánicas en honor y veneración de los antepasados y de los muertos.
Estas fiestas no solo son de un buen espíritu, también para plantearlo de esta forma, son fuente de circulación del dinero y de fomento al turismo.
Los católicos, el primero de diciembre traen en su celebración litúrgica una parte del libro del Apocalipsis del Apóstol San Juan que ahora cito:
“Yo, Juan, vi a un ángel que venía del oriente. Traía consigo el sello del Dios vivo y gritaba con voz poderosa a los cuatro ángeles encargados de hacer daño a la tierra y al mar. Les dijo: ‘¡No hagan daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que terminemos de marcar con el sello la frente de los servidores de nuestro Dios!’. Y pude oír el número de los que habían sido marcados: eran ciento cuarenta y cuatro mil, procedentes de todas las tribus de Israel.”
En este día de todos los santos, se reza el Evangelio según San Mateo (5,1-12):
“En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. En seguida comenzó a enseñarles, y les dijo:
“Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
“Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los Cielos.”
Por otra parte, el dos de noviembre que es la fiesta de Todos los Fieles Difuntos, según el calendario litúrgico de la iglesia Católica y de acuerdo a la observancia de los fieles en nuestro país, confluyen grandes sentimientos de respeto y admiración para con los papás difuntos, los abuelos, los hijos, los familiares que han abandonado esta tierra. Es hermosa esta actitud de buena parte de los mexicanos que rinden homenaje a sus familiares.
Las ofrendas representan los sentimientos de los vivos que así ennoblecen el pasado, el presente y el futuro.
El salmo responsorial de este día dos de noviembre reza así:
“El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos pagan según nuestros pecados.
Como un padre es compasivo con sus hijos, así es compasivo el Señor con quien lo ama, pues bien sabe él de lo que estamos hechos y de que somos barro, no se olvida.
La vida del hombre es como la hierba, brota como una flor silvestre: tan pronto la azota el viento, deja de existir y nadie vuelve a saber nada de ella.
El amor del Señor a quien lo teme es un amor eterno, y entre aquellos que cumplen con su alianza, pasa de hijos a nietos su justicia.”
En este día de los difuntos, la gente va a los panteones, lleva flores, veladoras, velas, música y previamente asea el sepulcro, lo adorna y reza. Es un acto bonito porque van todos los familiares, los hijos grandes y pequeños, el yerno, las nueras, los propios abuelos, los vecinos, en fin, hacen un buen recuerdo de sus difuntos.
En la liturgia de ese día se cita el Evangelio según San Lucas (23, 44-46. 50. 52-53; 24, 1-6)
“Era casi el medio día, cuando las tinieblas invadieron toda la región y se oscureció el sol hasta las tres de la tarde. El velo del templo se rasgó a la mitad. Jesús, clamando con voz potente, dijo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”. Y dicho esto, expiró.
Un hombre llamado José, consejero del sanedrín, hombre bueno y justo, se presentó ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Lo bajó de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía.
El primer día después del sábado, muy de mañana, llegaron las mujeres al sepulcro, llevando los perfumes que habían preparado. Encontraron que la piedra ya había sido retirada del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.”
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