Sábado, siete de la mañana, alguien toca frenéticamente la puerta mientras trato de abrir lo que se aferra a permanecer cerrado, mis ojos. Después de la parranda y la desvelada debido al festejo y no a las tareas escolares, me niego a despertar. El llamado es tan insistente que me levanto con mucho esfuerzo que me causa pereza determinar si el sueño es peor que la resaca.
Durante el trayecto de la cama a la entrada, me doy cuenta que llegué a casa de mis padres y no a mi departamento. Abro la puerta y encuentro el pálido rostro de mi amigo Julio, con quien había estado la noche anterior. Su semblante luce, deduzco, igual o peor que el mío, sin color, ojeroso y de aquel a quien le hace falta hidratación. Lo paso con desgano, no sé que hace aquí tan temprano, así que le pregunto:
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—¿No pudiste a llegar a casa? ¿Se te olvido algo?
—Pues, creo que ambas cosas.
Su respuesta es, obviamente, confusa y dado que no perece tener prisa, le ofrezco un poco de café. Asiente con la cabeza y dispongo el artefacto con agua y café de grano. Al cabo de un rato, en medio del silencio total , sirvo dos tazas y le invito a la mesa de la cocina. Él sigue callado con la apariencia de quien se sabe culpable de algo combinada con dolor de cabeza.
—Bien —le digo —¿qué pasó? ¿Chocaste el carro?
Al decir esto voltea verme con alertada rapidez y me mira con los ojos muy abiertos. Se serena, voltea al piso nuevamente y me dice:
—Hemos sido amigos desde que te conocí al entrar a la universidad, ¿recuerdas?
—¡Claro! Cómo olvidar al “sabelotodo” que no dejaba hablar a nadie en el curso propedéutico, por eso nos caías gordo hasta el día en que nos pasaste las tareas de cálculo.
—Pero desde que nos fuimos de voluntarios por el temblor nos hicimos como hermanos.
—Pues, por llamarlo de alguna manera.
—Sí. —contesta interrumpiendo y agrega —Nos hemos ayudado en la escuela, en lo personal y hasta me prestaste dinero para llevar al cine a la “Tirantitos”
—Bueno, eso es cierto, pero ¿por qué la remembranza un día después de haber celebrado el fin de la escuela?
—Es que —se interrumpe y continúa más lentamente —Tengo algo qué decirte.
¡Zaz! Esto último me pone alerta ¿Qué tiene que decirme después de 4 años y medio de convivir juntos? No tengo idea y mi mente todavía revuelta por la cruda, se pregunta qué me tiene que decir. Será que no era quien decía ser. Una de dos, en verdad es hijo de un millonario que fingió ser un pobre estudiante durante casi un lustro, o anoche descubrió que tenía que salir del clóset. Esta idea me aterra, dado que hemos pasado muchas experiencias juntos, como cuando nos fuimos a nadar a Las Estacas o cuando acampamos en Tolantongo, en ambas ocasiones compartimos el aposento. Me sereno para esperar el final, así que le digo:
—OK. ¿Qué diantres tienes qué decirme?
Ahora voltea los ojos al techo como buscando las palabras adecuadas, hace una prolongada pausa y baja los ojos para mirarme fijamente diciendo:
—Amigo ¡Estoy muerto!
Me mira nuevamente con los ojos fuera de los cuencos y con una seriedad que le confiere una genuina actuación para el Oscar. Mi única reacción es reírme hasta el cansancio y le digo:
—Julio, las bromas las dejamos anoche y según recuerdo la última fue cuando Erik fingió un ataque de epilepsia ante la dama que nos acompañaba, para no pagarle, la pobre se asustó mucho. Anda, ya puedes llamar a Erik y decirle que me la hicieron buena, hasta el sueño se me quitó.
—¿No te das cuenta que te estoy hablando en serio? —me dice insistente. Se supondría que sería el momento en que él también soltara la carcajada y Erik apareciera desde afuera desternillándose de risa, pero Julio continua serio.
—Bueno —le digo —es muy temprano para hacer bromas, a lo mejor es que todavía el alcohol no te hace cruda, vamos te llevaré a comer una pancita y una cerveza y se te quitará.
—No, estoy tratando de decirte que anoche, no recuerdo bien, íbamos en tu carro, cuando un camión se pasó el alto y nos pegó en un costado, dimos vueltas hasta chocar con un poste.
—Está bien, si lo que me quieres decir es que hiciste pinole mi carro, te lo creo, pero eso de que estás muerto, bueno, quizás estás en shock, lo que sí es creíble.
—Anoche después de golpearme en la cabeza me di cuenta de que ya era difunto.
—Vamos, vamos, si estuvieras muerto, como dices ¿por qué tocaste la puerta y no la traspasaste como todo un fantasma?
—No lo sé, ni siquiera sé cómo llegué, solamente me di cuenta que al morirse, uno tiene la imperante necesidad de despedirse de los que quiere.
—Lo que yo creo es que necesitas ver un doctor, espérame, voy a ponerme algo decente e iremos con uno.
Me levanto de la mesa y Julio me sigue con una angustiada mirada. Voy a mi cuarto, me pongo un pants y salgo nuevamente para no encontrarlo. Busco debajo de la mesa, detrás de los sillones de la sala y en el baño. No está. Esto me hace pensar nuevamente que se trata de una broma, así que me siento en un sillón de la sala para esperar las risas burlonas de mis amigos.
El sonido de una llaves en la puerta son secundadas por la apertura de la misma. Veo a mi madre entrar con el rostro desencajado y los ojos llorosos. Al pasar por la sala en dirección a su cuarto y no notar mi presencia, caigo finalmente en cuenta de la realidad: el que se vino a despedir soy yo.