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OPINIÓN

Memoria del futuro

En 1968 en algunas ciudades importantes del mundo se mostraba un común denominador: la protesta estu

Lunes, Octubre 3, 2016

En 1968 en algunas ciudades importantes del mundo se mostraba un común denominador: la protesta estudiantil y juvenil. A través de ella, las sociedades cobraron conciencia de sí y reclamaban a los dirigentes políticos y gubernamentales la apertura para ser escuchadas y participar en las decisiones que afectaran los asuntos públicos.

Tokio, Praga, Roma, París, Chicago, Santiago, México, mostraban que el mundo estaba cambiando y que se trataba de un cambio de gran envergadura: el inicio de una nueva época donde los ideales mismos de la modernidad (la razón, el progreso y la misma democracia) parecían colapsar. Ni el ser humano –o la humanidad para emplear el concepto-, ni la ciencia y sus efectos, ni la sociedad en su conjunto,  caminaban conforme a las promesas de libertad, igualdad, fraternidad y prosperidad con que iniciaron las grandes transformaciones políticas y sociales de toda una época que nació con las revoluciones políticas y sociales modernas.

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Por el contrario, el siglo parecía mostrar el lado oscuro, la parte monstruosa del uso y abuso del poder; las revoluciones sociales paradigmáticas –México, China y Rusia- parecían haber dado como resultado la transformación de sus regímenes en una máquina burocrática de control, opresión y supresión de los rivales. Y por el lado de los países desarrollados –o llamados así en su momento-, en especial los Estados Unidos y Europa, la tecnología en la que fincaban su fuerza y su poder, comenzaba a dar un rostro inhumano y de crisis: la producción de las piezas desechables. Así, tanto en países desarrollados como en los subdesarrollados –o como eufemísticamente se les llamaba, en vías de desarrollo-, el desencanto o la opresión terminaban ahogando a las sociedades y a sus jóvenes en particular. Ello explica que en ciudades tan diversas –y acaso con reclamos con tono muy distinto- hubiera un factor común: los jóvenes reclamaban espacios propios, de respiro y participación, de libertad y de inclusión, de reconocimiento y pluralidad, en suma, como dijera Octavio Paz: del reconocimiento del otro.

Época de desencanto y de nuevas búsquedas, la rebelión juvenil mostraba, por un lado, la paradoja y la contradicción de los ideales de una época y sus puntos neurálgicos: el revolucionario vuelto burócrata del régimen, o el militante partidario justificando las grandes purgas, y, por el otro lado, la producción en serie de una sociedad consumista que –basada en el conocimiento científico y tecnológico- generaba una sociedad que producía más desechos que bienes y que, más allá de la guerra fría y de la carrera armamentista, ponía en riesgo no sólo sus propios fundamentos sino al planeta entero.

Las figuras de autoridad –desde la familia hasta la de los dirigentes políticos y sociales-, comenzaron a minarse desde dentro; si a ello se le añade la desconfianza en la razón y el descubrimiento de nuevos ámbitos de la interioridad humana, como las emociones y los instintos, resultaba claro que los paradigmas de interpretación de la realidad y del mundo comenzaban a variar. El sentido mismo de realidad, aquello que por siglos y épocas había sido el fundamento de las cosas mismas, venía a ser modificado sustancialmente. El desmoronamiento de la metafísica y de las ciencias basadas en ella era inminente y daba principio a múltiples filosofías y formas de pensar y de juzgar –y por tanto a nuevas formas de ejercer la praxis-.

La rebelión juvenil buscaba sus espacios en ese contexto y en México descubrió el talante del sistema político mexicano: autoritario, burocrático y corrupto; su respuesta excesiva, exacerbada y violenta no hacía sino confirmar que, en ese afán de ocultar las cosas, era preferible a su criterio sacrificar a los jóvenes y atribuirles un complot proveniente de fuerzas extranjeras, que mostrar sus propias querellas por el poder presidencial.

Como escribe Paz en el texto que publicamos en este número: «Todas estas peticiones se resumían en una palabra que fue el eje del movimiento y el secreto de su instantáneo poder de seducción sobre la conciencia popular: democratización. Una y otra vez los muchachos pidieron “el diálogo público entre el gobierno y los estudiantes”, preludio del diálogo entre el pueblo y las autoridades.»

No estamos seguros si a los jóvenes de 2016 hoy mismo les entusiasma la revolución y la democracia, estamos seguros –eso sí- que siguen su actitud de rebeldía e inconformidad –y también de indiferencia- ante todo tipo de autoridad familiar, educativa, civil, política, militar o religiosa. Aun así, piden y exigen sus espacios propios para expresarse y manifestarse desde las redes sociales o sus espacios grupales y de amistad. Como sociedad, para que la máquina del consumo o de las burocracias no terminen absorbiéndolos –y luego desechándolos como cosas inútiles-, podemos escuchar sus voces para solidarizarnos con ellos como lo hizo la sociedad en su momento con los del 68.

Si hay esa apertura, al evocar a los jóvenes del 68 –y en especial a los sacrificados en Tlatelolco-, estaremos haciendo un recuerdo hacia el futuro, la memoria del futuro, necesaria para tener presente lo que somos y lo que queremos ser como sociedad y como nación, un espacio humano en donde estemos todos. Si deseamos ese futuro, es imprescindible esa memoria que nos mantenga presentes a esos rebeldes, a esos jóvenes, a esos estudiantes. Es lo que hacen nuestros colaboradores en este número.

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