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OPINIÓN

El nuevo PRI ¿neoliberalismo con democracia acotada?

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Guillermo Nares

Doctor en Derecho/Facultad de Derecho y Ciencias Sociales BUAP. Autor de diversos libros. Profesor e investigador de distintas instituciones de educación superior

Martes, Julio 19, 2016

La designación del presidente del comité ejecutivo nacional del PRI ha generado un interesante debate en la opinión pública nacional.  Un segmento afirma que dicho partido debe renovarse, a riesgo de desaparecer.  Hay quienes hacen mutis y le conceden larga vida, su principal argumento es de corte cultural, los mexicanos llevamos un priísta adentro, somos como es el Revolucionario Institucional, su marca se encuentra en nuestros genes políticos y por ello tendría  posibilidades de sobrevivir largo tiempo.

Fuera de las razones de cultura política y de su innegable asociación con la política nacional, lo cierto es que sus posibilidades para conservar la presidencia y/ o mantenerse como opción real de poder en el 2018 se cancelaron. Llegaron a un punto de inflexión histórica al agotarse los mecanismos autoritarios de resolución de conflictos, por la paradoja que implicó abrir la economía,  desmantelar el estado de bienestar y postergar al limite la democratización del país.

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El proyecto de nación derivado del constituyente de 1917, finalizó con la Reforma de Estado implementada en el sexenio presidencial de Miguel de la Madrid Hurtado;  fue principio del fin de un régimen autoritario hecho desde las banderas de justicia social. Prohijó un estado de bienestar sólido hasta finales de los 70, con elevada legitimidad social y cuya conclusión fue puesto en evidencia a través de los escandalosos procesos de descomposición de la elite nacionalista.

Si bien el régimen político sorteó las numerosas resistencias por el desmantelamiento del estado socialmente justiciero, no ocurrió lo mismo con el partido oficial. Las estructuras corporativas y clientelares fueron desagregándose gradualmente por los efectos de la primera oleada neo liberalizadora y el choque que representó la exigencia para democratizar el sistema político mexicano. Globalización sin democracia, apertura del mercado mexicano sin pluralismo político,  convencionalismo mercantil internacional sin estado de derecho democrático, generó tensión y déficit de agenda democrática en el orden social mexicano.

La oposición hizo muy poco. Su influencia para limitar o reorientar la función social del Estado con criterios de rendición de cuentas fue de orden testimonial. Por el contrario, se atrevieron a  denominarle “triunfo cultural”. Equivocadamente pensaron que la oleada neo liberalizadora, de apertura del mercado,   llevaría a una democratización automática generada por los beneficios económicos y de desarrollo.

Por el contrario, la neo liberalización autoritaria  incrementó los conflictos sociales y políticos. La experiencia acumulada del priísmo en los tres poderes y su larga trayectoria para la operación de acuerdos y control de daños en conflictos entre elites, así como el acorralamiento permanente de la oposición social y electoral,  les permitieron administrar el proceso democratizador mexicano  y volver a la presidencia.

Expertos en la simulación, en el 2000 alimentaron la idea de que la alternancia  consolidaba la democracia. Los 12 años de gobierno federal panista fueron el mejor escenario, se aprovecharon de la inexperiencia azul en el aparato gubernamental y de su miedo a la democracia, para alimentar afanes regresivos.El gradualismo democratizador del régimen autoritario, hecho suyo por los panistas,  postergó a conveniencia reformas electorales sustanciales y de control del ejercicio presupuestal de los tres poderes de gobierno. Dicho déficit permitió el regreso al poder del partido que de modo permanente obstaculizó la democracia en  México.

Es pertinente señalarlo: si el PRI volvió al poder fue, además, debido a la pérdida de horizonte no sólo de los panistas, también de la izquierda electoral, representada en esos momentos por el PRD. La oposición al PRI tendría que haber resuelto el contrasentido que significó abrir la economía sin cumplir con la cláusula democrática para el país. No sólo postergaron reformas democratizadoras sustanciales, además evadieron la discusión en claves democráticas de reformas estratégicas para la nación mexicana. 

El efecto esta a la vista. La ultima generación de reformas estructurales no sólo acabó por completo con el estado de bienestar, clausura toda posibilidad de desarrollo al condenar el futuro del país a los vaivenes de la globalización.

La implementación autoritaria, vertical y violenta del neoliberalismo ha puesto a México  al borde del colapso social. Los tercios electorales de legitimidad con los que aún cuenta el PRI, no son suficientes para enfrentar la oleada de cuestionamientos y críticas y protesta social. El silencio que dicho partido tiene, las ambiguas declaraciones de uno que otro dirigente de mediano vuelo y el ostracismo de su dirigencia nacional formal indican su salida de la esfera pública. Nadie defiende las reformas estructurales, nadie dice nada sobre el imperativo que significa profundizar la democracia.

Si el PRI se ausentó, si sus mecanismos formales e informales para la supresión o contención  de conflictos ya no tiene la misma efectividad, ¿que le queda para el 2018? Sólo el discurso prometedor de lo que fue la justicia social.

En 1982 abandonaron el estado de bienestar, sin construir ninguna otra expectativa nacional. A partir de esa fecha han sido reactivos. Para el 94 echaron mano del recurso del miedo. Siguieron postergando lo que podría ser una nueva idea de nación. En el 2012 apuestan por el integracionismo con América del Norte.  En pocas palabras, no  hay proyecto de nación. Se acabó para la elite priísta la idea de patria.

La designación presidencial del dirigente nacional del PRI ilustra muy bien la falta de perspectiva para la nación mexicana, que existe después de todo. El cenáculo neoliberal priista se ha cerrado y separado de su amplia base partidaria. Las acciones de gobierno son ajenas a las demandas de su base social. El PRI nunca ha sido un partido de aristócratas. No deja, en la etapa neoliberal, de ser un partido de masas, que en su desagregación vuelve a sus orígenes regionales, con agendas locales y presto a consolidar alianzas con actores nacionales que le permitirán sobrevivir medianamente en la retirada.

Gnares301@hotmail.com

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