Sé que es una tarea imposible la que me propongo: tratar de averiguar qué pasa entre dos extremos de la vida de un genio, digamos entre el momento en que Juan Rulfo se propone escribir la inconmensurable novela Pedro Páramo, y las experiencias tempranas y tardías de vida que lo determinaron a ser escritor y a escribir con ese estilo.
¿Qué cosas pasaron por esa cabeza para que un buen día su propietario emprenda una obra que hará ruido en el último rincón del mundo? ¿Qué orilló a Rulfo a acometer un escrito que todos calificaron de genial, de novela fundamental, Borges, Galeano, García Márquez, todos? ¿Por qué lo tradujeron a cuanto idioma importante hay en el mundo? Enfrentarse con esas preguntas es un despropósito, claro está, y más cuando se considera la enorme cantidad de estudios, artículos y tesis doctorales dedicadas a la obra de Rulfo, un autor que por un extraño contraste pasa a la celebridad y a la posteridad con sólo dos libritos: una recopilación de cuentos y una novela corta. Hay también por ahí unos guiones para cine.
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Ese contraste numérico ya es de por sí un misterio, y eso sin entrar a hablar del estilo inconfundible, maravilloso, mágico de Rulfo al que me acerco como devoto, agradecido y asombrado lector, no como experto en ningún campo afín a la literatura. Aun así, puedo maravillarme en su lectura, e imaginar a esos campesinos de Jalisco hablar como Rulfo escribe. Ya dijo Villoro que ningún campesino de Jalisco habla así, pero no podemos imaginarlos hablando de otro modo. Y nos sentimos inmersos en ese laconismo casi onírico (como dice una contraportada de alguna edición de la obra de Rulfo) que es un rasgo distintivo de este autor.
Regreso a mis preguntas disparatadas. Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno nació en Sayula, Jalisco en 1917 (en un año se cumplirá el centenario). Rulfo es el segundo apellido de su padre, por lo que no debería aparecer en su nombre, pero fue adoptado desde la fe de bautismo. Esto por petición directa de su abuela María Rulfo que tuvo sólo hijas y un hijo que no tenía descendencia, y para no perder el apellido. En el acta de nacimiento aparece Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno. Debido a la violencia de la Revolución, la familia se movía con frecuencia entre Sayula, San Gabriel y Apulco. Juan Rulfo quedó huérfano pronto y vivió con su abuela materna. De ahí adquirió un carácter taciturno y se puede decir que hasta deprimido que en adelante era sólo aparente, pues Rulfo era hosco con desconocidos o gente con la que no simpatizaba, pero muy hablantín con los demás. San Gabriel, que hoy se llama Venustiano Carranza, era un pueblo floreciente hasta que entró el tren Guadalajara-Colima que hizo inútil la actividad mercantil del pueblo. Con las gentes de ahí platicaba Juan Rulfo, y seguro que de ahí sacó alguna de sus historias y quizá algo también de su estilo.
La familia Rulfo tuvo una mala racha de muertes: su padre, varios tíos y hasta sobrinos. También tuvo que sufrir interrupciones escolares y mudanzas debido a la guerra cristera. Ya huérfano estuvo en un orfanatorio de Guadalajara donde lo recuerdan como un niño tranquilo y estudioso, buen lector, que en los domingos leía mientras escuchaba las campanas del templo cercano, a punto de llorar de tristeza. Curiosamente en ese orfanatorio había niños que luego fueron conocidos, como Jesús Martínez “Palillo”, el actor Roberto Cañedo y varios de los hermanos Sauza.
Al terminar sus estudios en el orfanatorio Juan Rulfo quiso inscribirse en un Seminario, con la ilusión de que si aprendía latín lo podrían enviar a Roma o a cualquier lugar de Europa, pero no le gustó. Se fue a México a trabajar en la oficina de Migración, empleo conseguido por un tío, y regresaba de vacaciones a San Gabriel, donde se dedicaba a la caminata, al alpinismo y a la fotografía. En México empezó a llevar una ida bohemia, desvelándose leyendo a Goethe, Tolstoi y Cervantes, y frecuentaba ciertos cafés donde conoció a Juan José Arreola. Curiosamente era germanófilo en tiempos de la guerra, genuino admirador de todo lo alemán. Se las ingeniaba de todos modos para seguir haciendo alpinismo y largas caminatas urbanas. Su carácter retraído y la erudición ya ganada que no correspondía con su edad, lo hacían aburrido para las mujeres, por más que le gustaban. En su trabajo en Migración era el tipo raro que rara vez hablaba, pero cuando lo hacía era agradable. A veces compartía su ilusión por escribir y les leía un cuento. Cuando conoció a Clara Aparicio, que luego sería su mujer, se enamoró perdidamente, tanto que a pesar de que no parecía su pareja, la conquistó “hablándole bonito” y se la llevó a vivir a México, donde ahora trabajó como agente viajero en una empresa de llantas (¿) seguramente impulsado por el amor.
Bueno, pueden apilarse más hechos en la vida de Rulfo (que si leyó a Faulkner, que si leyó a Laxness, que si platicaba con su tío Celerino que le contaba todas las historias) tratando de que ese collage hable por sí solo, pero esto es, como dije antes, un despropósito. La fuente de la genialidad del estilo de Rulfo está en otra parte, es un bendito misterio insondable, como lo es en todos los artistas, lo que nos seduce. Benditos sean Juan Rulfo y su obra.
El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.
Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com
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