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Arthur Rubinstein o el arte de cantar con los dedos | Alfonso Álvarez Grayeb

Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Arthur Rubinstein o el arte de cantar con los dedos

Miércoles, Octubre 14, 2015

Siempre han existido, existen y existirán personajes cuyas vidas resultan fantásticas en el sentido más etimológico del término. Vidas que nos inspiran, nos conmueven, que nos ofrecen la visión de un mundo superior rodeado de belleza, de placeres, de sueños cumplidos, de lujos inefables, de encuentros memorables, de logros increíbles, de ejercer el don de la felicidad como destino o como decisión. Tal es el caso del pianista polaco-judío Arthur Rubinstein. Nacido en una de esas horribles ciudades industriales europeas, en este caso de Polonia, llamada Lodz, lo que podría leerse como el primer supuesto obstáculo a “lo fantástico” de una vida.

Siendo un niño su padre notó su talento musical y lo orilló a estudiar el violín, que Arthur no amaba. La presión ejercida por el padre logró que un buen día el niño rompiera el violín en mil pedazos. Una decisión importante. De ese tiempo existe una fotografía en la que Rubinstein aparece junto con varios compañeros; él es el único que se destaca porque… está sonriendo.

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Él amaba el piano, en el que podía expresar una musicalidad que empezó a llamar la atención de todos. Acusado y auto-acusado de vago al compararse con esos músicos que invierten ocho o dieciséis horas al día para perfeccionar su técnica, en efecto Rubinstein pertenecía a otro tipo de músico embelesado por la música misma, por “cantar con los dedos”, por ponerse al servicio de la interpretación de lo que quisieron decir los grandes compositores, Federico Chopin, su compatriota, en particular. Y eso con la condición de que esa música le diga algo, que “le hable”, que le toque el alma (segunda decisión trascendental), si no no es posible entregarla al público. Compartía la opinión de aquellos que piensan que una mala nota puede perdonarse, pero la falta de sentimiento jamás. Esto es muy claro para los latinos y los eslavos, pero no para los anglosajones.

De un niño polaco (país casi eternamente invadido por expansionistas a lo largo de su historia), judío, procedente de un entorno gris y poco motivador, y que no gustaba de estudiar duramente, no cabía esperar mucho. Pero hay destinos a los que poco o nada les importa eso. Los astros siempre se les acomodan y su talento, bien percibido por el público, siempre los saca a flote. Incluso en la vejez lo reconoce sin pudor, y pide perdón al público por las notas que no dio y por las horas que no practicó por entregarse a vivir plenamente, a disfrutar la compañía femenina, a fumar exquisitos puros, a degustar grandes guisos y a libar los mejores vinos. Un auténtico bon vivant.

Cuando llegó a París casi sin dinero, llegó a un lujoso hotel y se dio de todos modos una vida de príncipe, completamente confiado en su buena estrella. Gracias a las recomendaciones de ciertos personajes, un buen día audicionó frente a algunos señores que escucharon su interpretación de piezas de Bach y de Beethoven; pero al llegar el turno de escuchar “su” Chopin, definitivamente atrapó a su audiencia, formada nada menos que por Maurice Ravel, Paul Dukas y Jacques Thibaud, que no habían sido presentados por el anfitrión.

Vaya entrada de Rubinstein a Paris. A partir de ahí, y gracias a su anfitrión Gabriel Astruc, comenzó el encuentro con los personajes artísticos más importantes de su tiempo: el compositor Camille Saint Saenz, el pintor Pablo Picasso, el violonchelista Pau Cassals con el que tocó un tiempo y cuya colaboración fue, como alguien dijo, la aleación química más perfecta, y muchos otros.

Estando en Paris acudió a una representación de los famosos ballets rusos que hacían furor entre los franceses. Se ofreció el Pájaro de Fuego, con la música del genial iconoclasta Igor Stravinsky, con Serge Diaghilev como empresario (y promotor de casi todo el gran arte europeo del primer cuarto de siglo XX) y Nijinsky como bailarín principal. Stravinsky, un verdadero genio, era a la vez un tipo duro, frío y hermético con la gente que consideraba sin talento (casi toda para él). Para poder encontrarse con ese personaje, Arthur Rubisntein, después  de haber oído La Consagración de la Primavera de Stravinsky, considerada por Rubinstein nada menos que como el estudio de la evolución del sonido, lo abordó diciendo que desearía ver si su visión de esa obra maravillosa concordaba con la del propio autor. Stravinsky revisó su agenda y lo citó dos días después a las nueve de la mañana para hablar por media hora. Por supuesto la conversación duró todo el día y la amistad y la admiración se mantuvieron por largos años, a pesar de la opinión de Stravinsky acerca de que el piano era un mero instrumento de percusión, opinión que matizó un poco a regañadientes después de escuchar el Chopin de Rubinstein.

Inmiscuido en el ambiente de los ballets, Rubinstein presenció literalmente cómo fue surgiendo El sombrero de tres picos de Manuel de Falla, el gran músico español, bajo la orientación (la exigencia) de Diaghilev y los decorados de Picasso. Se podrían seguir apuntando muchas más anécdotas felices de esa vida de fantasía que llevó Arthur Rubinstein, codeándose con los grandes personajes de la cultura del mundo, viajando, disfrutando la vida, siendo mimado por todos sus públicos, aún aquellos a los que en su vejez ya no podía ofrecer su música a causa de su ceguera parcial, pero que embelesó de todos modos con sus palabras apasionadas y esperanzadoras.

Más allá de sus noventa años, para cerrar con broche de oro su vida, decía: qué suerte ser viejo (en lugar de quejarse de sus limitaciones), ahora tengo tiempo de escuchar a otros pianistas, de vivir en calma, sin prisa.  

 

El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.

Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com

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