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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La Moral en el Proceso de Enseñanza-Aprendizaje

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Guadalupe Barradas Guevara

Doctora en Educación y  Maestra en Investigación Educativa por la Universidad Iberoamericana Puebla, y Especialista en la Enseñanza de Educación Moral y Ética por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente, docente de licenciatura y postgrado. Ha sido investigadora, en concordancia, de la UIA y la REDUVAL.  Autora y coautora de artículos indexados: “El maestro es un agente moral”; “Calidad educativa: Mito o Realidad”; “Valores Profesionales en la Formación Universitaria”, entre otros.

Miércoles, Abril 27, 2016

Hansen (2002) señala que el factor más importante en la práctica de la educación es la persona que desempeña el papel de profesor. No obstante, en nuestro país, la práctica educativa de los propios profesores es considerada, en bastantes ocasiones, como irrelevante llegando a desaprovecharse el potencial que tienen los docentes como promotores de conocimiento y desarrollo moral.

Ricardo Blanco (1982) confirma lo anterior cuando dice que:

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“Al plantearnos seriamente la tarea de educar, el punto de partida es la personalidad del maestro: su capacidad de operar críticamente con su ideología, de estar en un proceso de desarrollo personal, asumir su compromiso social. Lo que hace efectiva la tarea del docente universitario, es ante todo, la presencia testimonial de ser él mismo y por supuesto, su capacidad de comunicación humana”.

Adicionalmente, Gonzalo Jover afirma que la educación en sí es algo que implica, que incluye a la moral. En otras palabras, la educación se refiere siempre a la estructura moral del ser humano. Como personas tenemos una condición física, una condición psicológica, una condición social y una condición moral. Estas dimensiones no son realidades separadas sino que forman una unidad (Corbella, 2003: 117).

Entonces, si ser persona implica todo lo anterior, podríamos decir que no existe profesor que no sea persona y por lo tanto que no esté íntimamente ligado a su conducta, su sensibilidad y su condición moral, pudiendo establecer que toda acción tiene un significado moral.

Llegados a este punto, lo que merece ser destacado es que la docencia, por ser una práctica humana, tiene dimensiones morales que están manifestadas en la conducta del profesor, es decir, aquello que expresa y descubre su carácter, lo cual está relacionado con el modo en que la persona considera y se relaciona con los demás.

Hansen (2002) dice que la idea de la persona nos ayuda a entender la cualidad de la actividad de los seres humanos, es decir, su potencial y su capacidad para actuar, pero la conducta nos descubre sus patrones de acción. Según Dewey (1964) donde hay conducta, no hay simplemente una sucesión de actos inconexos, sino que cada cosa realizada conlleva una tendencia y una intención subyacentes que conducen, que trasladan, a otros actos y a una consecución y consumación finales. Dewey supone que los seres humanos no siempre siguen una conducta. Donde hay conducta, tal y como él lo dice, hay una persona con intenciones y objetivos, de modo que cada acto que emprende implica un objetivo y cierto significado.

En consecuencia, el calificativo moral añade, algo, tanto al sentimiento como a la sensibilidad. Representa cierta disposición de una persona ante la vida, ante las personas y ante los acontecimientos a los que se enfrenta; describe cómo combina la humanidad con la reflexión en su manera de considerar y de tratar a los demás. Ser moral, como docentes, es estar orientado críticamente, tener una capacidad reflexiva, que no sea ciega o sentimental, implica cultivar conocimientos y valores, comprometerse con los alumnos para que se desarrollen y vivan una vida plena y llena de significados.

Hansen (2002) dice que la enseñanza, como actividad humana, no es un espacio vacío que espera que una fuente de significado puramente externa la llene. Sin embargo, ello no quiere decir que quien se aproxime a la docencia lo haga, o lo pueda hacer, sin una perspectiva conceptual y valoral. Dewey (en Gómez, 2002: 159) manifiesta que la función del profesor es proporcionar el ambiente que estimule las respuestas y dirija el curso de los alumnos, es decir, el educador, en su actividad pedagógica, debe orientar, estimular y dirigir el potencial del alumno, y esto es una labor muy compleja.

Dewey (en Gómez, 2002: 59-71) señala que el educador, como el agricultor, tiene que tratar sobre la naturaleza humana en el primer caso, y sobre la realidad física, en el segundo. Como tal, el agricultor ha de conocer las características de las semillas, de la tierra y de los recursos y dificultades con las que cuenta para obtener los frutos deseados. Y el educador ha de conocer la naturaleza del educando para adecuar a ello los medios y los recursos, para, venciendo las dificultades con las que se va a encontrar, obtener igualmente el resultado deseado, en forma de mejora. Consideremos, entonces, que la educación, significada de manera abstracta, no tiene fines, sólo las acciones concretas de personas, padres, maestros, etc., los tienen. Consiguientemente, sus propósitos son indefinidamente variados, cambiando con el crecimiento de las personas y con el desarrollo de su experiencia de quien enseña. Es necesario, afirma el mismo autor, que el educando comprenda, más que se informe y, que en ese proceso de compresión o apreciación, la experiencia juegue un papel fundamental, de manera especial en la educación básica, ya que gran parte de nuestras experiencias son indirectas y dependen de los símbolos que intervienen entre las cosas y nosotros mismos.

Por otra parte, como señala Díaz (2004), citando a Buber, “la educación no es una cuestión de qué, sino del cómo: cómo se enseña, cómo se presentan las cosas”, y al final de cuentas de cómo se procesan esas cosas interiormente por el alumno.

A partir de todo lo anterior, me atrevo a decir que el ámbito de la moral es un ámbito siempre presente, que básicamente se fundamenta en los valores. De acuerdo a Ortega Ruiz y Mínguez Vallejos (2001) los valores son elementos integrantes de la acción educativa; por esto, en toda tarea profesoral los valores siempre son operantes. De forma consciente o inconsciente el maestro ha actuado y actúa siempre, desde una determinada concepción del mundo, del hombre y desde la sociedad desde un determinado sistema de valores (o de disvalores), que mediatizando su interpretación de la realidad, lo condiciona en una determinada orientación, en su actuación como docente. La selección de los contenidos del curso, la prioridad que establece en los mismos, las actividades a realizar, las teorías en las cuales se basa su actividad pedagógica, la visión de su función como profesor, el clima de la clase, la metodología, la corrección personal del profesor, sus modales, etc., no escapan a la influencia de sus valores. Luego entonces, no hay posibilidad alguna de llevar a cabo un proceso educativo sin valores.

A partir de las anteriores propuestas, surgen algunas preguntas: ¿Es posible separar, los aprendizajes instructivos de los componentes actitudinales y valorativos, cuando en cualquier actuación profesoral siempre se está filtrando y proyectando una determinada concepción de la persona, promoviendo unos determinados valores? ¿Es posible educar sin proyectar la filosofía de fondo, la visión del hombre y del mundo que subyace necesariamente en toda acción educativa? ¿Es posible que el maestro sólo sea trasmisor de conocimientos o pensamientos y no también de cultura, entendida ésta como forma de vida, como un ser moral? ¿Es posible desarrollar a los estudiantes integralmente si el maestro no está consciente de su influencia moral?

Por lo tanto, reflexionar sobre el campo de la influencia moral del profesorado y al mismo tiempo del desarrollo integral de los alumnos, es entrar en un campo complejo, oculto y lleno de significados, concluyendo que toda práctica docente tiene una influencia moral sobre los alumnos a través de la conducta y sensibilidad que el profesor manifiesta en el proceso enseñanza-aprendizaje, independientemente del área de conocimiento en el que esté construyendo el desarrollo integral de los educandos.

Finalmente, tengamos presente que en la docencia los discursos, las alocuciones, no son suficientes: para al profesor virtuoso es necesaria la práctica ejemplar de los valores. Es necesario que el profesor sea consciente de su moral, de su filosofía, de su objetivo y de su influjo. Porque al final de cuentas, para educar es necesario amar la belleza, el bien y la verdad. Puesto que, Sin fe en la vida y en los demás no existe la educación.

Referencias

Blanco, R. (1982). Docencia universitaria y desarrollo humano. México: Alambra Mexicana.

Corbella; M. (2003). Educación moral: aprender a ser, aprender a convivir. Barcelona. Ariel Educación.

Díaz, C. (2004). El humanismo hebreo de Martin Buber. Salamanca España: Editorial Mounier, Colección Persona.

Gómez, Á. (2002). Una teoría contemporánea de la educación. Zaragoza, España: Mira Editores.

Hansen, D. (2002). Explorando el corazón moral de la enseñanza. Barcelona, España: Idea Universitaria.

Ortega, P. & Mínguez, R. (2001). Los valores en la educación. Barcelona, España. Editorial Ariel, S. A.

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