La razón de ser de este artículo, surge de una Columna de Gil Gamés sobre Jesús Reyes Heroles, publicado el 15 de enero del 2016 en el periódico “El Financiero”.
En este artículo, Gil Gámes retrata la figura de Reyes Heroles compartiéndonos algunos subrayados del libro: “Luces en la oscuridad, pequeño antídoto contra los delirios mexicanos de nuestros días”. Pero lo más misterioso es que las ideas presentadas, a pesar de ser de política, podían ser contextualizadas al ámbito educativo de manera tan puntual que me llevaron a pensar en la función de los docentes. Por ejemplo: en el texto de Gil se nos comparte:
Más artículos del autor
Para ejercer con vocación y acertadamente la actividad política se requieren las tres ces: corazón, cabeza y carácter.
Y, ¿si nosotros lo cambiáramos de la siguiente forma?
Para ejercer con vocación y acertadamente la actividad educativa se requieren las tres ces: corazón, cabeza y carácter.
¿No creen que el proceso de enseñanza-aprendizaje sería otra cosa?
Por otra parte, en otra expresión se decía:
Un poder vacío está condenado irremediablemente a dejar de ser poder: es un gobierno sin huesos.
Cambiándola de esta forma:
Una educación vacía está condenada irremediablemente a dejar de ser educación: es una escuela sin objetivos.
Luego entonces, ¿cuál sería el objetivo de la educación? ¿Realmente los docentes siempre educamos o simulamos que lo estamos haciendo?
Para poder responder lo anterior, sólo debemos de hacer memoria y pensar cuántos maestros, de los llamados barcos, no hemos tenido. Aquellos docentes que sólo han llegado a nuestras aulas a hablar de sus vidas, de sus experiencias e incluso de futbol, pero menos de la materia que imparten, o aquéllos que simulan que saben, que conocen el tema, pero que en verdad llegan a poner sólo diapositivas con las páginas escaneadas del libro o a escuchar las presentaciones de los alumnos, para luego ellos hacer preguntas de lo que se leyó o se dijo, haciendo como si en verdad conocieran y actuando como si el título en realidad fuera preparación y saber. En palabras de Savater:
No se puede educar sin enseñar al mismo tiempo; la educación sin instrucción es vacía y degenera fácilmente en mera retórica emocional y moral. Pero se puede muy fácilmente instruir sin educar, y puede uno seguir aprendiendo hasta el fin de sus días sin educarse nunca por ello. Pero todo esto no son más que detalles, que debemos verdaderamente abandonar a los expertos y a los pedagogos (1997, p. 96).
Pero regresando a la inferencia de: “Para ejercer con vocación y acertadamente la actividad educativa se requieren las tres ces: corazón, cabeza y carácter”. Lo que me lleva a recordar a Hansen (2002:17 y 18), la enseñanza es una práctica permanente, de la que pueden derivarse, de un modo decisivo, principios morales e intelectuales profundos. La educación tiene su propia integridad, igual que la tienen los hombres y mujeres individuales que desempeñan el papel de educadores de un modo serio y responsable. Cuando se habla sobre la enseñanza, las preocupaciones y los intereses públicos merecen estar siempre presentes, pero también hay que contrarrestar su presencia con la conciencia de que la docencia es, básicamente, una tarea regida por el corazón la mente y el alma y no por la simulación.
Referencias
Gil Gamés. (2016). Reyes Heroles. El Financiero. Periódico Digital. Disponible en: http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/reyes-heroles.html
Hansen, D. (2002). Explorando el corazón moral de la enseñanza. Madrid, España: Idea Universitaria.
Savater, F. (1997). El Valor de educar. Barcelona, España: Editorial Ariel. Disponible en: http://www.ivanillich.org.mx/Conversar-educar.pdf