El título de este artículo tiene su razón de ser en un convencimiento personal de la verdad que tal aseveración encierra. En primer lugar, mis años como alumna me lo recuerdan y en segundo lugar mis experiencias como docente dentro y fuera del aula y en convivencia con otros maestros me reafirman este hecho.
A través de mi historia educativa, siempre he observado que dependiendo del carácter, el temperamento, el conocimiento, el objetivo, los valores e incluso los sentimientos del profesor la enseñanza siempre va a ser distinta, generando ambientes de aprendizajes tan heterogéneos que en muchas ocasiones los alumnos suelen tener experiencias encontradas. Por ejemplo, ¿quién no recuerda a aquellos profesores que desde que entraban al salón de clases con tan sólo mirarnos nos ponían en un estado catatónico?, ¿o los maestros que sabían tanto, que uno quedaba maravillado con ellos (en verdad no sé si por la abundancia de temas o porque no les entendía nada)?, e incluso, ¿los que no enseñaban nada, que sólo ponían a dictar o se quedaban dormidos mientras nosotros “copiábamos” la lectura?, llevándome a afirmar que el tipo de persona que es el maestro es por lo tanto su método de enseñanza.
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Pero, en las aulas no sólo encontramos diferentes tipos de maestros, sino también diferentes alumnos, porque ¿quién no recuerda a aquellos alumnos o compañeros que siempre tenían una estrella, conseguían puros dieces e incluso eran los más solicitados de la escuela?, ¿o aquellos que siempre estaban haciendo travesuras y por lo tanto siempre eran castigados?, e incluso, ¿los que nunca quería trabajar o estudiar, y, por lo tanto los maestros debían de tener una estrategia para poder enseñarles?
Dado lo anterior, la historia educativa ha tenido diferentes formas de enseñanza, diferentes tipos de métodos que tienen como objetivo el guiar a los docentes en el proceso de enseñanza-aprendizaje a retomar distintas estrategias didácticas para que los alumnos sean educados, remitiendo éstos a la época y a las costumbres de la sociedad, ya que, así como no existe una fórmula mágica para que los alumnos aprendan (puesto que remite a un proceso interior), tampoco existe un método específico que ayude a los maestros en su labor. Recordemos que ya en la Didáctica Magna de Comenio (1592-1670) se nos decía:
Para educar a la juventud se ha seguido, generalmente, un método tan duro que las escuelas han sido vulgarmente tenidas por terror de los muchachos y destrozo de los ingenios, y la mayor parte de los discípulos, tomando horror a las letras y a los libros, se ha apresurado a acudir a los talleres de los artesanos o a tomar otro cualquier género de vida.
Los que se quedaron (unos, obligados por la voluntad de sus padres o instigadores; otros, con la esperanza de obtener en algún tiempo alguna dignidad a causa de las letras; otros, por fin, movidos por un espontáneo impulso hacia estas profesiones liberales) no obtuvieron su cultura sino de un modo poco serio, nada prudente, más bien de mala manera y falsamente. Pues lo que principalmente debía arraigarse en sus almas, la piedad y las buenas costumbres, se descuidaba por completo (1985, pp. 21
Por lo que Comenio proponía una serie de fundamentos que trataban de ayudar a la escuela, teniendo como algunos ejemplos:
Pero, además de Comenio han existido diferentes teóricos que han propuesto otros fundamentos en la educación, teniendo como ejemplo a Platón, Aristóteles, Rousseau, Freinet, Montaigne, Hall, Dewey, Piaget, Decroly, Pestalozzi, Froebel, Montessori, Freire, Marx, Engels, etc., en los cuales algunos maestros instalan sus esperanzas para conseguir un método o una estrategia que los lleve a la motivación intrínseca de los alumnos, que los lleve al entendimiento y a la práctica de la mejora de su labor como docentes, aunque en muchas ocasiones no logren obtener los resultados esperados.
Por lo que me atrevo a regresar a las inferencias de inicio: si la enseñanza es directamente proporcional al carácter, el temperamento, los objetivos, las emociones y los conocimientos del maestro, es decir a la persona como individuo que es el maestro, ¿realmente las teorías didácticas o los métodos de enseñanza servirán de algo? Porque si el profesor tiene un temperamento muy fuerte y hostil ¿podrá enseñar la comprensión o generar autoestima a través del constructivismo, de la metacognición, aprendizaje cooperativo o modelo por competencias? De igual forma, si su carácter tiende a ser muy relajado ¿podrá propiciar disciplina, responsabilidad y hábitos de estudio a través del método de investigación acción, de la inducción o deducción? Y, si no domina el conocimiento o no le gusta la lectura ¿qué método o estrategia podrá usar para que los alumnos obtengan ese conocimiento o tengan el gusto por la lectura?
Querido lector, en verdad considero que los métodos y las estrategias didácticas pueden ayudarnos a nosotros los docentes, sí sólo sí reconocemos nuestra fortalezas y debilidades para trabajar con ellas, pero jamás considerarse como fórmulas mágicas para la enseñanza.
Siempre he pensado que el maestro es el método y que son sus conocimientos, sus valores, sus objetivos, sus creencias los que determinan sus acciones y el uso de estrategias en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Por lo que la clave está en la frase célebre de Pittaco (citado en Comenio 1998b, p. 2): “nosce te ipsum” (conócete a ti mismo), ya que de esta forma podremos ubicar la estrategia y por consiguiente el tipo de maestro que somos.
Referencias
Comenio, J. A. (1998a). Didáctica Magna. México: Editorial Porrúa. Disponible en: http://peuma.e.p.f.unblog.fr/files/2012/07/Didactica-magna-COMENIO.pdf
Comenio, J. A. (1998b). Didáctica Magna. México: Editorial Porrúa. Disponible en: http://www.pedrogoyena.edu.ar/Didactica_Magna.pdf