Miércoles, Febrero 24, 2016
Fue en una cafetería de un hotel discreto del Centro, sentados en la última mesa, en donde apena la luz del medio día se colaba para revelar cuatro a comensales. Pero no comían, apenas y tomaban café, ya posiblemente frío, porque el plato fuerte era la plática, el diagnóstico político. Los rumores y el volumen subían y bajaban. Eran priístas todos, y representaban a 4 diferentes equipos: Enrique Doger Guerrero, Juan Carlos Lastiri, Alberto Jiménez Merino y Javier López Zavala.
Se percataron de mi presencia, saludé esquiva y opté por dar la media vuelta para no interrumpir el calor de su discusión, pero para mi sorpresa me invitaron a sentarme y unirme a la plática. Como mi entrevistado aun no llegaba, acepté.
Apenas y me acercaron la silla pensé que la caballerosidad velaría el intercambio de sus pensamientos. Pero no. La conversación siguió su tono, repleta de navajas. Aquí parte de las reflexiones de quienes operan desde casa y desde su enorme experiencia. Por obvias razones, mantengo su anonimato.
Brazos caídos. Desde antes de la unción de Blanca Alcalá como candidata a la gubernatura, mucho antes, el choque y la crítica entre los grupos provocó un ambiente tóxico entre los priístas. Muchas reuniones (en corto y en público) pero pocos acuerdos reales. La desconfianza no fue un buen caldo de cultivo, y la escasez de plazas y puestos tanto en el partido, gobierno estatal y municipal tampoco ayudaron. No hay peor golpe que el que se da en el bolsillo.
Desorganización. Creían que una vez que el CEN diera el manotazo sobre la mesa, pusiera orden y anunciara al candidato, la militancia se uniría en un proyecto que les diera esperanzas de recuperar todo lo perdido. No fue así. Eso no está pasando. El hecho de que el líder del PRI, Manlio Fabio Beltrones, no fuera quien levara la mano a la candidata, sino Emilio Gamboa, sembró desconfianza y desconcierto en los protocolos internos del PRI. La candidatura de Alcalá no fue producto de un acuerdo de unidad. Fue una imposición. Una decisión para salir del paso de una maraña almizclera. Así lo señalan Enrique Doger y Javier López Zavala en corto y no tan discretamente. Esto dificulta la conciliación y las alianzas para ir a una batalla electoral.
El CEN no se ha involucrado en la campaña. El hecho que la plana mayor del CEN del PRI no pudiera convencer a las dirigencias nacionales del Panal ni del PT, y se les fuera de las manos la alianza electoral en Puebla, dejando debilitado al PRI poblano, deja muy en claro que el equipo de Manlio y la secretaría de Gobernación Federal tienen otras prioridades. El CEN del PRI no operó como suele operar cuando lleva la urgencia de ganar, cuando tiene hambre de poder. Y permitió que el gobernador de Puebla se fortaleciera aún más con una alianza que se presenta como el primer paso contundente en la carrera para que el morenovallismo retenga Casa Puebla con Compromiso por Puebla (CPP), Pacto Social de Integración (PSI), y sobre todo al Partido Nueva Alianza (Panal) y al Partido del Trabajo (PT).
Falta de amarres por desconfianza. No es gratuito que ahora los grupos priístas no les baste la palabra empeñada para asegurar un lugar en el gobierno del estado, en caso de ganar Blanca Alcalá. Esto como reflejo del pasado, cuando Blanca Alcalá fue candidata y luego ganó la alcaldía de Puebla. Muchos quedaron afuera del gobierno municipal. Aún hoy, a la fecha, entre los grupos priístas, no hay compromisos asegurados sobre quiénes acompañarán a Alcalá en caso de una victoria.
Alcalá sin burbuja. La carrera política de Blanca Alcalá ha sido meteórica, sólida. Sin embargo, esto no se refleja en su equipo de trabajo. Sus otroras aliados, su gente considerada de confianza se ha ido, por una u otra razón. Los fieles son poquísimos. La falta de operadores y personal eficiente que auxilie en este momento a quien ocupa una candidatura a la gubernatura es preocupante y riesgoso. El encargo de llevar su agenda personal es su yerno, Edgar Chumacero, pese a sus buenas intenciones, ha demostrado su falta de oficio y sensibilidad política. Varias figuras de la política y empresariales se han querido acercar a la candidata, pero Chumacero no hace su función, al contrario, edifica murallas.
Competencia fuera de los tiempos. Los aspirantes priístas a la gubernatura no cejan en su objetivo: llegar a Casa Puebla… para el 2018. Es decir, personalidades como Enrique Doger, Alberto Jiménez Merino, Alejandro Armenta y Javier López Zavala siguen su trabajo proselitista como si nada, como si no existiera el 2016. ¿será porque de antemano lo ven perdido?, ¿Por qué no confían en Alcalá?, ¿Por qué no están dispuestos a colaborar en su triunfo?, ¿Por qué la ‘grande’ amerita más trabajo y requiere menos desgaste que ‘la chica’? Más preguntas que respuestas.
Una cartera flaca. Una cartera repleta siempre resulta atractiva, brinda seguridad a su portador para enfrentar las adversidades y relaja el paseo para disfrutarlo. Ese no es el caso de Alcalá.
Un error grave, como milagro. Aunque la carrera por la gubernatura apenas está comenzando y aún falta que fluya mucha agua bajo el puente, el camino de la candidata del PRI se muestra más tortuoso desde su inicio que el de su rival del Pan, Antonio Gali Fayad. Los priístas piensan que a menos de que el gobernador o su candidato cometan un grave error, al grado de llegar a un escándalo mediático que debilite a Tony, muy cerca del día de la elección, la campaña del PRI poblano será un doloroso y difícil calvario.
¿Será?
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