Estimados lectores, en muchas ocasiones yo les he preguntado a mis alumnos (que son profesores) e incluso a los muchachos de licenciatura qué es lo que recuerdan, con mayor gusto, de cuando ellos estaban en la escuela Primaria o Secundaria, y como es de esperarse nunca mencionan las clases de español, ni matemáticas y mucho menos las clases de geografía o de historia, pero si recuerdan los recreos, las travesuras e incluso los castigos recibidos, pero sobre todo a sus amigos o amigas que estuvieron presentes; algunos a pesar del tiempo los siguen conservando, como es mi caso.
Pero, ¿por qué escribir de la amistad? Porque, además de que por estos días se ha celebrado el “Día del Amor y la Amistad”, pues porque la amistad pertenece al ámbito moral del hombre y como tal, está y estará siempre presente en nuestro pasado, en nuestro presente y en nuestro futuro.
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En la “Ética Nicomáquea” de Aristóteles, se nos dice que la amistad tiene varios significados:
Los que son amigos en el sentido más elevado son virtuosos, pero los que son amigos en el sentido limitado, como, por ejemplo, por causa del placer o de la utilidad, pueden ser, en parte, virtuosos, en parte, viciosos. Y, como la virtud es una disposición difícil de desplazar y algunas amistades basadas en la utilidad no son duraderas de ahí se sigue que algunas amistades no son virtudes (1985, p. 323).
Por supuesto, existen diferentes tipos de amistades; amigos que hemos encontrado a través de nuestras vidas, recordemos que cuando éramos niños, en la escuela hacíamos alianzas para sentirnos seguros, con identidad o sólo por el simple hecho de estar acompañados. Por otra parte, las amistades en los jóvenes, suelen ser rápidas y fugaces, porque en muchas ocasiones éstas son adquiridas por sus emociones, por sus placeres, es decir por lo que es agradable en el presente. Por lo tanto, no son duraderas.
Pero, regresando a mi pregunta original a mis alumnos sobre qué es lo que recuerdan con mayor gusto durante su educación formal básica; ellos mencionaron la convivencia con sus amigos en el recreo: cuando intercambiaban tortas, aunque éstas fueran sólo de frijoles; cuándo se pasaban las respuestas en los exámenes e incluso cuando se iban de pinta. De hecho, hubo respuestas de complicidad, de defensa de un amigo, de ingenuidad, de envidia, de celos, de enfados, etc., que sirvieron como prueba del afecto en que se tenían. Porque si de algo estoy segura, es de la reciprocidad que existe en esta unión fraternal.
Sin embargo, en el mundo real, son pocos los verdaderos amigos que nos quedan, puesto que para saber o reconocer quiénes verdaderamente lo son, deben de pasar por una serie de dificultades que brotan de las relaciones humanas. Los hombres y mujeres por naturaleza somos complejos, puesto que somos, en muchas ocasiones, más emocionales que reflexivos. Ante esto Lledó escribe:
La desproporción del amor y de la amistad sumerge al individuo en el opaco silencio de sus propios límites, en la insalvable clausura de su soledad. La antiphilesis, la “reciprocidad en la amistad”, es la fórmula que expresa la solidaridad, la ruptura de ese silencio de individuos sin (alteridad)) y sin historia. Porque al querer al otro en sí mismo, estamos despertando aquel sentimiento de «reciprocidad» que va constituyendo la estructura de la sociedad, que se hace justa porque se hace armónica, al construirse sobre un suelo humano en el que se quiere al otro como fin en sí mismo, según el viejo sueño kantiano. En ese amor se levanta también la reciprocidad afectiva, que arranca al sujeto de la soledad y le identifica y asume en lo colectivo (en Aristóteles, 1985, p. 118).
Lo anterior me lleva a preguntarme, que si lo mejor de la escuela han sido los recreos, los amigos, las travesuras e incluso los castigos, ¿por qué como maestros no generamos ambientes ideales que nos ayuden a poner la mirada en una reciprocidad afectiva para generar verdaderos ambientes de conocimiento e integración? Porque al final de cuentas, como dice Aristóteles, la amistad intenta salir más allá de la esfera individual y tejer, con la philia (amistad), los núcleos esenciales de la retícula social. (…) De la misma manera que el lenguaje es el “medio” en el que las distintas racionalidades se encuentran y se complementan, la amistad es también el punto de unión de las distintas afectividades que desbordan los límites de la individualidad.
Referencias
Aristóteles. (1985). Ética Nicomáquea y Ética Eudemia. Madrid, España: Editorial Gredos. Disponible en: file:///C:/Users/HP/Downloads/ARIST%C3%93TELES%20-%20%C3%89tica%20nicom%C3%A1quea%3B%20%C3%89tica%20eudemia%20(Gredos,%20Madrid,%201985-1998).pdf