La Sensibilidad del Ser Docente.
Propósitos Educativos de Año Nuevo
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Estimado Lector, con este artículo cierro este Año 2015, ya que al igual que todos ustedes necesito estar en paz para meditar conscientemente los proyectos que no he terminado y los nuevos que debo emprender, aunque para ser honesta quizás sean los mismos de cada año: seguir autoconstruyéndome para trascenderme de forma integral a mi ser, sensibilizarme como maestra y sobre todo: descubrir la fórmula mágica que ayude a mis estudiantes a desarrollar un método interior que les ayude a conocer crítica y humanamente la realidad que dinámicamente van enfrentando, es decir, ayudarles a que sean buenos y útiles para la sociedad, lo cual también sería un ideal de la antigua Grecia.
De acuerdo a Hansen (2002), el crecimiento del ser humano requiere tanto la reflexión como la emoción, la mente y el corazón: ser persona consiste en armonizar ambos elementos en la conducta y esta unidad se llama sensibilidad moral. Dicho de otro modo, y continuando con el mismo autor, el calificativo moral concierne tanto al sentimiento como a la sensibilidad, el cual se funde en la sensibilidad considerada y la emoción responsable. Es decir, una sensibilidad moral representa la disposición de una persona ante la vida, las personas y los acontecimientos a los que se enfrenta; describe cómo combina la humanidad con la reflexión en su manera de considerar y tratar a los demás. Una sensibilidad moral presenta una orientación crítica. No es ciega ni sentimental. Incluye una capacidad reflexiva: la habilidad de retirarse de la escena en determinados momentos para reflexionar sobre lo que está ocurriendo, para valorar las diferencias en los puntos de vista que pueden estar implicados y mucho más.
Sin embargo, la sensibilidad moral no debe provocar reserva. Retirarse de la clase es una situación que no quiere decir quedarse al margen. Una sensibilidad moral presupone la cualidad de la implicación. Implica involucrase en el resultado del asunto o problema. Abarca la premisa de que el modo en que uno se aproxima a una situación influye no sólo en los alumnos, sino también en las personas y en el profesor en que uno se está convirtiendo.
Por lo tanto, la idea de sensibilidad moral subraya la importancia del modo en que un profesor piensa y actúa, y no sólo sobre lo que dice o hace. Por ejemplo, dos profesores pueden impartir la misma temática, con el mismo comentario o la misma actividad, pero quizás uno sea más brusco e impaciente que el otro y transmite el mensaje de que no confía en sus alumnos o de que no le gustan, o tal vez se comporte de un modo despreocupado o informal, lo que indica que no le interesa el resultado ni el trabajo de sus alumnos. El otro profesor, sin embargo, quizás proporcione los mismos comentarios pero con espíritu entusiasta y de apoyo, con lo que expresará su implicación en la enseñanza y su confianza en la capacidad de aprender de sus alumnos. Por lo que no es difícil imaginar qué clase preferirán los alumnos. Su elección reflejará el hecho de que los profesores no son tan distintos por sus conocimientos técnicos o su experiencia como por su sensibilidad moral. Es decir, esta diferencia se identifica a través de los siguientes términos: confianza, atención, apoyo, implicación. Los cuales están saturados del significado moral, además de ilustrar por qué se puede hablar de la presencia moral de un profesor en las vidas de los alumnos, aun cuando el profesor nunca piense en estos términos ni emplee el término moral. De aquí que esta sensibilidad tenga que ver en primer lugar con la persona auténtica que debe ser el profesor, para que de ahí florezcan otras cualidades, que son necesarias para construir una relación humanamente armoniosa, madura y constructiva en el Proceso de Enseñanza-Aprendizaje como en el esquema siguiente se muestra:
Como se puede observar, se parte de un factor primordial que es la figura del maestro como una persona con sensibilidad moral. Esta característica es esencial, porque de esta forma se tienen mejores posibilidades para establecer una relación verdadera entre los alumnos y el profesor, una relación de confianza, de respeto y honestidad. Por lo tanto, cuanto más consciente sea la persona que ejerce el papel de maestro sobre su autenticidad, más se comprometerá en su desarrollo y la de sus alumnos.
La aceptación consiste en la capacidad que tiene el docente para reconocer y apreciar la totalidad de sus alumnos como sujetos concretos, libres e independientes con una propia integridad. Por lo tanto para manifestar esta aceptación plena y real, se requiere de un factor primordial, una prueba de fe hacia los demás, es decir, partir de la creencia básica de que los estudiantes son seres de confianza que, al igual que los maestros, se desarrollan día con día en mira de un bien común, de una mejor sociedad.
Sobre la empatía, se refiere a la capacidad del maestro para ponerse en el lugar de los alumnos, es decir, atender y comprender el punto de vista de sus estudiantes, para que de esta forma se puedan hacer juicios de valor y se pueda actuar de una forma coherente, amorosa y comprometida. Ya que al ponerse en el lugar del otro, es apreciarlo y reconocerlo.
“Yo soy tú cuando soy yo” dicen Mèlich; Palou; Poch y Fons, (2002: 27). Pero a esta afirmación anterior debemos completarla diciendo: Yo soy tú, y él, y ella, y vosotros, y nosotros, y ustedes, y ellos, cuando soy yo. Porque en la medida que el tú, él ella, nosotros, vosotros, ustedes, ellos: son, aman, creen, viven, aprenden, reflexionan, deciden, sienten y se relacionan; entonces el yo: es, ama, cree, vive, aprende, reflexiona, decide, se relaciona y siente. Y, es en este proceso donde surge el maestro.
En este “saber estar con el otro” se halla la esencia de las dinámicas de educación en valores (Mèlich et al, 2002: 38). Y estos valores están íntimamente relacionados con la manera del ser, con la manera de actuar, de decidir y de establecer relaciones humanas. Por lo que los maestros actúan y deciden desde estos horizontes de significados, desde este encuentro con el otro(s), desde este mirar hacia el/los otro(s), desde este darse para el/los otro(s), porque sin el otro(s), el docente es un ser incompleto, un ser sin significado y por lo tal un ser sin ideal de vida.
Por tanto hay un compartir mutuo, una escucha activa, en donde los conocimientos, los valores, los recuerdos, los deseos, las tristezas, el sufrimiento o las alegrías, se encuentran, se conjugan, y se hacen una. Este encuentro refugiado en el sentir del otro(s) implica la necesidad del respeto para escuchar, para mirar, para definir, para dejar pensar, hablar y decidir. Porque en las aulas, así como en la vida, no somos entidades aisladas, porque el otro se encuentra en el yo, y ésta es una condición fundamental de la humanidad y de la vida misma.
Porque al final de cuentas, un maestro no es nada sin sus alumnos y viceversa, pero entender esta unión como integradora y recíproca de la educación posibilita la construcción del propio ser. He aquí un gran propósito de Año Nuevo.
¡Felicidades!
Referencias
Hansen, D. (2002). Explorando el corazón moral de la enseñanza. Barcelona, España: Idea Universitaria.
Mèlich; Palou; Poch y Fons. (2002). El responder del otro. Reflexiones y experiencias para educar en valores éticos. Madrid, España: Ed. Síntesis Editorial S.A.