El título de este artículo tiene su razón de ser en el convencimiento personal de la verdad que tal aseveración encierra. En primer lugar, mis años como alumna me lo recuerdan y en segundo lugar mis experiencias como docente dentro y fuera del aula y en convivencia con otros maestros me confirman esta declaración.
A través de mi historia educativa he observado que dependiendo del carácter de las personas, existen diferentes tipos de maestros: los seguros de sí mismos, que sin duda alguna tienen algunas ventajas en la realización de su tarea; los inseguros, que no pueden defender una verdad científica o filosófica por el temor a las reacciones de los alumnos; los agresivos, que ven la clase como un lugar para desahogar su hostilidad; los tímidos, envueltos en una serie de conflictos emocionales; los “trabajadores” a los que menos les importa es la materia que imparten o las necesidades de sus alumnos, ya que su interés es terminar el programa y finalmente, los comprometidos, que por su vocación docente tienden a ser afectuosos, involucrarse con sus alumnos y lograr resultados satisfactorios.
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Por otra parte, Woolfolk establece que hay dos tipos de profesores: los expertos y los novatos, en donde los primeros remiten a los experimentados y eficaces quienes, a través de su práctica docente, han ideado diferentes soluciones para resolver problemas comunes dentro del salón de clases. Su conocimiento del proceso de enseñanza y del contenido de los temas es amplio, están bien organizados, son reflexivos, sensibles e ingeniosos; repasan las situaciones para analizar lo que hicieron y determinan cómo podrían mejorar el aprendizaje de sus estudiantes. Mientras que, los segundos, por la poca experiencia que tienen, tienden a ocuparse más en el control y disciplina del grupo, en motivar y en resolver las diferencias entre los alumnos, en evaluar su trabajo y en tratar con los padres, dando menos importancia al desarrollo profesional de sus estudiantes (2008).
Sin embargo, existen otras clasificaciones más acerca de los maestros, de acuerdo a Rugarcía y Garduño (1985), existen maestros motivantes y desmotivantes o aburridos, en donde, los primeros se encuentran caracterizados por la integración y la interacción constante para con sus estudiantes; interesados en ayudar dentro del proceso de aprendizaje de sus alumnos, son consejeros, respetuosos, abiertos al diálogo, transmisores de emociones positivas, amables, alegres, sonrientes, exigentes y con buen dominio de los contenidos. Mientras, que los segundos, los aburridos o desmotivantes, son dogmáticos, pasivos, reservados, cerrados, repetitivos, sistemáticos y poco comprometidos. Vinculando las diferentes formas del ser docente con el método interior de su ser, puesto que difícilmente puede ser separado el método de enseñanza con la personalidad de cada uno.
Si bien es cierto que la función del maestro es educar, también es cierto que para que esta tarea pueda realizarse asertivamente es necesario que se cumplan ciertos requisitos: Algunos competen al modelo educativo o al currículum, otros a las estrategias didácticas, otros más a la disposición del alumno por aprender, pero sin duda alguna, la eficiencia del proceso educativo depende del propio maestro, de sus características personales, de su emotividad, de sus salud mental y sobre todo de la razón por la cual él enseña. Ante ello, Ricardo Blanco (1982), reafirma lo anterior diciendo:
Al plantearnos seriamente la tarea de educar, el punto de partida en la personalidad del maestro: su capacidad de operar críticamente con su ideología, de estar en un proceso de desarrollo personal, asumir su compromiso social (…) puesto lo que hace efectiva la tarea del docente, es ante todo, la presencia testimonial de ser él mismo y por supuesto, su capacidad de comunicación humana.
Lo anterior me lleva a considerar que si bien la docencia no es un asunto sencillo y, que si cada maestro es único en su forma de ser, actuar y por consecuencia de enseñar, llegar a establecer un método ideal para la enseñanza es muy difícil. Por lo que, ante esta diversidad del ser docente, no exista una única manera o método en la enseñanza, pero sí reflexiones metodológicas que orienten, a los profesionistas de la educación, en su quehacer educativo en relación a los estudiantes, independientemente del área del conocimiento en la que se encuentren.
Pero, ¿por qué entender al maestro como un método, como una vía o camino para lograr un objetivo? Pues, por la sencilla razón que este concepto proviene del griego methodos que en un principio se refería al camino que conducía a un cierto fin, pero que ahora es entendido como un “modo de obrar o proceder, un hábito o costumbre que cada uno tiene y observa”, además de ser un “procedimiento que se sigue en las ciencias para hallar la verdad y enseñarla” (RAE, 2015).
Dicho lo anterior, me atrevo plantear la hipótesis de que a pesar del conocimiento, de las teorías pedagógicas, de las estrategias didácticas, del currículum, etc., los profesores no utilizan un método en particular, sino una ordenada combinación de procedimientos didácticos y habilidades personales que dependen de su personalidad, de sus creencias y del poder creador de su vocación. En donde cada profesor tiene una historia propia, llena de ideologías y objetivos que trasmiten dentro del aula, los cuales están determinados en gran medida por su carácter, por sus emociones y por los propósitos que quieran cumplir. Por lo que, hacer una reflexión crítica en función de su ser y por lo tanto de sus objetivos, no es una necesidad es un deber.
Porque al final de cuentas, como dice Sócrates: “Una vida no examinada no merece la pena de ser vivida”, porque de nada sirven los vientos favorables si desconocemos nuestro rumbo, nuestros objetivos y por lo tanto el camino que debemos tomar.
Referencias
Blanco, R. (1982). Docencia universitaria y desarrollo humano. México: Alambra Mexicana.
Garduño, J. y Rugarcía, A. (1985). Perfil del profesor motivante y el desmotivante de las carreras de ingenierías. México: Centro de Didáctica, Universidad Iberoamericana.
RAE. (2015). Método. Diccionario de la Real Academia Española. Recuperado de: http://dle.rae.es/?w=m%C3%A9todo&o=h
Woolfolk, A. (2008). Psicología educativa. México: Pearson.