En una hermosa residencia de Camino Real, tan conocida para los políticos como para los periodistas, se llevó a cabo una comida más para afianzar el nuevo poderío de los priístas poblanos, en torno a la figura de Enrique Doger Guerrero como candidato del PRI a la gubernatura del 2016.
Figuraba como anfitrión de primer orden Mario Marín Torres.
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Y por supuesto, en su derredor estaban presentes operadores cercanísimos al marinismo, así como de Doger, incluso del aspirante (caído ya para estos momentos) Alberto Jiménez Merino, y de Alejandro Armenta Mier.
Realmente, el único factor ausente fue cualquier representación (o asociación) con la senadora Blanca Alcalá.
El ambiente fue festivo.
De fuerza.
De rebeldía.
Del renacimiento de antiguos sentimientos que afloraban en cada brindis.
De la idea comprada de que el proyecto morenovallista está a punto de cumplir el mismo trágico destino del Titanic, del gigante que se acerca a su hundimiento total ante el desgaste que muestran ya las encuestas y la dificultad de su líder para rescatar la expectativa para conquistar la presidencia de la República.
Y si los morenovallistas mueren, los priístas regresan a Casa Puebla: la fórmula es lógica.
De eso se habló.
A la comida se incluyeron líderes de los migrantes que viven en Nueva York o que tienen contacto cercano con ese sector, así como quienes habitan en las Sierras Norte y Mixteca, principales exportadores de mano de obra a los Estados Unidos, algunos empresarios de la industria de la construcción tanto de Puebla como de otros estados de la República.
Pero la foto de colección fue la escena de Mario Marín y Enrique Doger brindando, cuchicheándose palabras al oído, confidentes, secretas, risotadas de quienes se saben cómplices de una gran faena.
Todos salieron convencidos de que el proyecto de Enrique Doger estaba respaldado por la unión priísta, la solidaridad de los principales líderes del tricolor poblano que dieron su palabra para apoyar al exrector de la Buap.
Por la noche, la conjura se disipó, llevando consigo cada uno el plan operativo de ataque para la gran batalla electoral que se avecina.
Y así como se fueron yendo, uno a uno, el teléfono celular de cada uno empezó a repicar: era de parte del mismísimo hombre que los había reunido esa tarde, en esa comida, con el mismo objetivo: cerrar filas en favor de Enrique Doger… el exgoberandor Mario Marín Torres.
A cada uno de los asistentes, los citó uno a uno, en lo particular, casi programados una hora tras otra para el resto de la semana.
¿Con qué propósito?
Mario Marín platicó en lo individual para darles el siguiente mensaje: “a ver amigo (a), no te equivoques, el bueno, mejor dicho, la buena, será Blanca Alcalá”.
Fue así como cada convocado, llevará a cabo la misma orden y bajo la misma mecánica, en el entendido de que lo único que cambió fue el nombre: la candidata del PRI al gobierno del estado en el 2016 será Blanca Alcalá.
No faltó el osado que se arriesgó a preguntar… “pero ¿y entonces qué va a hacer Doger”.
Marín no requirió pensar la respuesta: “Doger va a querer ser candidato… pero será el próximo Maurer”.
Al buen entendedor…
Pocas palabras…