Como si fuera dogma de fe: son tres pero en realidad es sólo uno.
Tres que dicen ser distintos, con decisiones propias, con diferencias ideológicas, con estructuras independientes, pero en realidad son uno en esencia.
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Este es el caso de los tres partidos representantes de la minoría sufragante, quienes pretenden hacernos creer que son distintos, intentando evitar cargar con el elevado costo de ser rechazados por los votantes, debido a los nulos resultados de las "reformas estructurales".
Es por eso que hoy panistas y perredistas critican con dureza lo que hace apenas unos meses anunciaban, junto con los priistas, como la gran panacea que resolvería los complicados problemas del país: el Pacto por México.
En el PAN, el estribillo del niño Ricardo Anaya proclama que su partido será ajeno a la corrupción y la tranza, pero acepta para él, los votos de acarreados pagados con dinero del erario público, y la inflación de un padrón de supuestos militantes afiliados en forma masiva.
En el PRD su ya casi ex-presidente Navarrete, asume la realidad de que se les acabaron sus cuadros y que habrá que buscar un perfil de dirigente fresco identificado con las causas de la... ¿izquierda?... ¿apenas se dieron cuenta?, todo esto como resultado de acostarse en lo obscurito con el PRI beltronista.
El caso del PRI mueve a risa, a carcajada sonora, a "trompetilla" burlona, al saber que asume su dirigencia el político más desprestigiado de México, Don Beltrone, el héroe de mil corruptas batallas, experto en componendas, el portador de maletines repletos de billetes con capacidad de compra de las más preclaras "conciencias".
Estos tres compadres anuncian que trabajarán por el rescate del país que ellos y sus partidos vendieron; que nos dicen que regresarán a sus orígenes en la lucha por el bien común, en la defensa de las luchas populares y de acabar con la sana distancia del presidente en turno, esto según se trate de PAN o PRD o PRI.
Ni izquierda, ni derecha, ni centro.
Ni novedoso, ni original, ni convincente.
Tres son uno, el mismo, no hay diferencia.
Todos por el mismo objetivo: el voto duro. No hay que perderlo.
Los demás no importan, con los que tenemos basta, esto se dirán entre ellos,
Repartamos el botín a partes iguales.