Al hablar de progreso, se procede de los valores originantes, es decir, de los sujetos auténticos, de los seres que son verdaderamente ellos mismos mediante la observación de los preceptos transcendentales:
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Debemos poner atención, en que el progreso no solamente consiste en hacer alguna mejora, sino en un fluir de mejoras, y que los preceptos transcendentales son permanentes, la atención, la inteligencia, la razonabilidad y la responsabilidad deben ser ejercitadas continuamente, no sólo a la situación existente, sino a la situación subsiguiente, que naturalmente es distinta. Para esto, se deben señalar las insuficiencias y los errores del pasado, con el fin de mejorar lo bueno y poner remedio a lo defectuoso.
El progreso, también, tiene que ver con el bien humano, con el bien de orden, el cual es a la vez individual como social. Los individuos no debemos de operar únicamente para satisfacer nuestras necesidades, sino que debemos cooperar cooperan para satisfacer las necesidades de los demás. Puesto que, así como la comunidad desarrolla sus instituciones para facilitar la cooperación, así los individuos deberían desarrollar sus habilidades para cumplir las funciones y realizar las tareas establecidas. En donde la libertad es ejercitada dentro de una matriz de relaciones interpersonales verdaderamente humanas.
Las personas, en estas comunidades de cooperación, están ligadas entre sí por sus necesidades y por el bien de orden. Asimismo, se relacionan por los compromisos que han asumido libremente. Generándose sentimientos comunes o sentimientos opuestos acerca de valores cualitativos y de escalas de preferencias. Dice Lonergan:
Las personas se unen por una experiencia común, por intelecciones comunes o complementarias, por juicios semejantes de hecho o de valor, por orientaciones paralelas en la vida. Se separan se alejan, o se hacen hostiles cuando se pierden de vista, cuando se comprenden mal, cuando juzgan en forma opuestas u optan por objetivos sociales contrarios (2001: 55).
De lo anterior, se puede deducir que se promueve el progreso siendo atento, inteligente, razonable y responsable, no solamente en todas las operaciones cognoscitivas, sino también cuando se habla o se escribe y, se evita la decadencia prosiguiendo las investigaciones, al análisis o a la observación hasta el final. Porque cuando uno hace un descubrimiento, cuando llega a conocer lo que antes no conocía, cuando uno se maravilla de lo otro, con mucha frecuencia avanza no simplemente de la ignorancia a la verdad, sino del error a la verdad.
Por otra parte, la decadencia presenta un nivel más profundo. No únicamente compromete y pervierte al progreso o, carece de preceptos transcendentales, sino, que produce situaciones completamente absurdas. No sólo las ideologías corrompen al espíritu, también el compromiso y la perversión desvirtúan el progreso. Una civilización en decadencia cava su propia fosa.
Hablar de progreso, entonces, es hablar de optar por valores y preceptos transcendentales. Si tan sólo nuestros gobernantes entendieran que además de estar “preparados”, ellos debieran: ser atentos, inteligentes, razonables y responsables… otro tipo de sociedades tendríamos.
Referencias
Lonergan, B. (2001). Método en teología. Salamanca, España: Ediciones Sígueme.