“Ser supremamente prácticos, renunciando a lo que se piensa que es lo práctico”.
Bernard Lonergan. Insight.
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El empresario analiza con sus ejecutivos un proyecto de inversión. Cuando su equipo se extiende en consideraciones de tipo ambiental, legal o social para buscar que se tomen en cuenta todos los elementos que sustenten la propuesta, se levanta de su asiento e interrumpe abruptamente la sesión diciendo: “A mí no me vengan con rollos o filosofías. Si queremos que esta empresa sea rentable necesitamos ser prácticos. Si lo que se está proponiendo tiene posibilidades de generar utilidades significativas. Hagámoslo y ya”.
El político revisa con sus asesores una situación delicada que tiene muchos ángulos de abordaje y múltiples implicaciones sociales, culturales, humanas y políticas en el sentido amplio del término. Su gente le presenta análisis, investigaciones y estudios científicos y técnicos para sopesar los pros y los contras de los distintos escenarios para tomar la mejor decisión. Aburrido de la reunión, presionado por su agenda llena de actividades públicas que generarán apariciones en los medios de comunicación, interviene para detener la eterna sesión e instruye: “No necesitamos estar teorizando. La política implica pragmatismo. ¿Cuál es la decisión que va a generar más impacto publicitario? ¿Cuál es el escenario que nos producirá más popularidad y votos? Esa es claramente la mejor decisión sin importar otras consecuencias”.
El profesionista tiene que decidir respecto a un trabajo que está realizando para un grupo de clientes muy poderoso y rico que le va a generar enormes ganancias si queda bien en este primer encargo. En la resolución del problema que se le pidió, hay un camino muy eficiente y rentable y otro más lento y complicado y con menores utilidades. El problema es que el primer camino tiene implicaciones ambientales y sociales graves si se mira en el mediano y largo plazo –aunque no serán perceptibles de manera inmediata- y el segundo es menos atractivo en términos de ganancias y de facilidad pero implica sustentabilidad en el largo plazo y evita afectar a grupos sociales vulnerables. Ante este dilema, el profesionista opta por la solución más sencilla y rentable considerando, según la visión extendida hoy en nuestra cultura, de que hay que ver el momento presente y que en el mediano y largo plazo, cuando salgan a relucir las consecuencias con toda su intensidad, él ya estará retirado y dirá simplemente que no tuvo nada que ver con estos problemas.
El profesor tiene que planear y enfocar su nuevo curso escolar o universitario. Está inmerso en la tensión entre los discursos teóricos los eslogans mercadológicos que hablan de brindar una formación integral a los alumnos y de construir desde la educación los pilares para una sociedad más justa y democrática en el futuro de la nación y las exigencias prácticas que su director, las autoridades educativas y las evaluaciones le plantean en el día a día de un sistema educativo que, presionado por el sistema económico imperante en el mundo de hoy, busca eficiencia, resultados concretos, avances que se noten de hoy para mañana, aplicaciones útiles de todo lo que se enseña, generación de egresados que respondan a las necesidades que demanda el mercado.
El estudiante llega a su clase de Filosofía, de Historia, de Literatura, Ética o cualquier otra disciplina humanista o social pensando que esa asignatura no le sirve de nada, que es solamente un relleno para completar las horas que tiene que pasar en la escuela o en la universidad. Ante la menor invitación al esfuerzo de lectura, reflexión, discusión seria, argumentación, escritura correcta, reacciona con un discurso que con distintas palabras reclama al docente: “¿Esto para qué me va a servir? Es que su clase es demasiado –hoy se usa esta palabra de manera fácil e incorrecta- teórica; necesitamos que nos enseñe cosas que se puedan aplicar”.
No cabe duda que estamos en el mundo de la utilidad práctica e inmediata, del aquí y ahora utilitario, de lo concreto y particular, de la renuncia al análisis de futuro, de la imposibilidad de las consideraciones de largo aliento.
La importancia excesiva de lo urgente nos está llevando a la ceguera sobre la urgencia real de lo importante con las consecuencias que estamos viviendo ya en carne propia: el calentamiento global cada vez más evidente, la fabricación de productos con obsolescencia programada cada vez más corta, la construcción de obras que lucen hoy pero no solucionan el mañana, la adopción de políticas públicas que buscan resultados inmediatos aunque sean efímeros y renuncian a la complejidad de planear con solidez pensando en el futuro, el ejercicio profesional fraudulento que soluciona un problema hoy generando tres más grandes mañana; en síntesis, la decadencia de una sociedad que camina hacia el precipicio pero no se da cuenta porque es incapaz de ver más allá del momento presente.
Nunca como hoy fue tan necesario aceptar la invitación de Lonergan para ser profundamente prácticos –mirando hacia el futuro, valorando la reflexión profunda, pensando en la finalidad y no sólo en la utilidad de lo que hacemos- renunciando a lo que se piensa que es lo práctico.
*La próxima semana no aparecerá este artículo. Nos reencontramos el lunes 11 de mayo.