Mi estimación personal por Margarita Zavala se remonta en el tiempo varios años atrás, motivo por el cual, me parece del todo lamentable el que haya sido víctima de de la alevosa derrota política que le ha sido asestada sus propios correligionarios y de la que la prensa nacional ha dado plena cuenta informativa en días recientes.
Al margen de mi afecto y estimación de siempre, que en sí misma no amerita su pública ventilación, existen consideraciones de índole política y de interés público que me mueven a comentar la situación referida.
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En lo personal, me parece del todo lamentable que a Margarita se le endilguen culpas que no le son propias, como la decisión de continuar con un apolítica de acumulación de reservas en beneficio de los importadores y del sector financiero, y en detrimento de la planta productiva nacional y del empleo.
En mayor medida, resulta del todo injusto, cosas de la vida pública en los días que corren, que Margarita tenga que responder por una decisión infame que no le habría sido propia, como sería la concerniente a disponer de las fuerzas armadas en continuos rondines por nuestras calles y campos .
La atribución de funciones policiales al ejército habría estado por lo demás acompañado del constante azuzamiento de rivalidades entre éste y la Marina, así como entre éste y la Policía Federal al unísono de que se fomentó su división interna mediante una cacería de brujas que, contaría tal sólo entre nosotros, con el brutal antecedente en los sucesos del 3 de octubre de 1927 en Huitzilac, reseñados como nadie por don Martín Luis Guzmán en su novela “La Sombra del Caudillo ”; decisión que, insisto no debería ser atribuible a Margarita por motivo alguno, sino tan sólo y de manera exclusiva a los individuos que en funciones hubiesen sido los responsables de haberlas instrumentado.
Por otra parte, creo firmemente y así lo he escrito en alguna ocasión, que la denominada “Revolución conservadora” que en los años 80 habría sido abanderada por Reagan y Tatcher, determinó el surgimiento del fenómeno electoral que habría sido bautizado entre nosotros como la “ola azul”, misma que, como toda “ola” ; habría llegado a su cresta con el ascenso al poder presidencial del Partido Acción Nacional y habría asimismo habiendo iniciado su inevitable fase de descenso tras la elección presidencial pasada.
Pese a lo anteriormente señalado, resulta evidente, sin embargo, que la grave crisis de representación política por la que atraviesa el país en fechas recientes, nos permite pensar en un nuevo ascenso del PAN, que, al menos es lo que sería de desearse, debería contar en su acervo con la mejor herencia de dicha institución, misma que, por cierto, ha estado ausente en las últimas décadas tanto de la vida del país como de la del PAN y sus gobiernos; de ahí que lamento también la exclusión de la que ha sido víctima recientemente Margarita, ya que una persona como ella, precisamente, mucho podría contribuir a rescatar dicha herencia.