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¿Fin de año o año nuevo? | Fidencio Aguilar Víquez

Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

¿Fin de año o año nuevo?

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Martes, Diciembre 30, 2014

Desde muy temprana edad comprendí que tanto el fin de año como el Año nuevo son nociones que, aunque perfectamente distinguibles, van inseparables, y no me refiero a la trilogía que tanto gusta en esta temporada: Navidad, Año nuevo y Reyes, sino a que en el fin de año puede hacerse perfectamente un balance de lo que termina y, para el año que inicia, una prospectiva de lo que vemos que sucederá, de lo que queremos que suceda y de lo que, independientemente de nuestras apreciaciones, realmente ocurrirá.

Respecto de lo primero, recuerdo sobre todo cuando tenía yo unos diez años, u once, acompañaba yo a mi papá, que perteneció a la adoración nocturna muchos años de su vida hasta que murió, al Ejercicio de fin de año, era una vigilia previa a la misa de gallo de fin de año y de Año nuevo. En ese ritual se hacía un balance del año que terminaba y en alguna de las meditaciones se hacía una suerte de examen de conciencia donde el tiempo era la noción central. Si debiendo estudiar no lo hice, decía el lector; tiempo perdido, respondía la asamblea. O, aplicado a los padres de familia: Si pudiendo corregir a mis hijos no lo hice, instaba quien conducía la reflexión; tiempo perdido, volvía a responder la asamblea.

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Se trataba de un ejercicio de valoración y de balance, una reflexión que se hacía delante del Santísimo y se terminaba implorando su perdón por el tiempo mal invertido y se le pedía luz para que en el año que arrancaba fuera uno más consciente del valor del tiempo propio y de los demás. El balance, sin embargo, va más allá de la noción del tiempo y de su valoración; a mi modo de ver tiene que ver también con lo que hemos sido en general y con lo que hemos hecho los últimos doce meses. Hay una reflexión de Ortega (Historia como sistema, si mal no recuerdo) donde señala que, independientemente de nuestras expectativas, somos realmente, ni más ni menos, lo que hemos sido desde que comenzamos a existir hasta este momento; somos historia, nuestra historia, con todos y cada uno de sus momentos: somos lo que hemos hecho. Esta perspectiva, empero, suena algo más dura: somos nuestro pasado hasta este momento. Eso se llama también trayectoria y denota experiencia.

Lo anterior, desde luego, tiene un valor: justamente ver dónde nos hace falta aplicarnos, dónde está nuestra área de oportunidades, como pomposamente dicen los expertos de la calidad, a final de cuentas, dónde podemos perfeccionar un conocimiento, una habilidad, un instrumento, en fin, corregir un error, una deficiencia o una insuficiencia.

Los seres humanos, sin embargo, no sólo somos lo que hemos sido, sino también lo que deseamos ser, lo que queremos ser, lo que buscamos ser y, quizá lo más importante de todo, lo que estamos llamados a ser: nuestra vocación personal, familiar, profesional y existencial. Y es aquí donde, más que el pasado, el futuro cobra relevancia. Esperamos, es decir, confiamos, queremos, deseamos, buscamos y hacemos todos para que acaezca lo bueno, lo mejor, lo justo, lo benéfico, lo fasto. Y esperar, la noción misma de esperanza, aunque pueda suponer nuestro esfuerzo, nuestra voluntad y nuestra parte, deja abierto un espacio para algo que no depende de nosotros; mejor dicho, para alguien que no somos nosotros. Por eso le pedimos a Dios, o a la divinidad, o a quien suponemos está arriba de nosotros en un plano superior y divino, que nos vaya mejor, que el año que inicia sea benéfico, nos sea propicio y los dones nos acaezcan.

Mircea Elíade, el gran historiador de las religiones, en Lo sagrado y lo profano y en El mito del eterno retorno, al enfocar su reflexión sobre el Año nuevo, señala que el rito es necesario en la medida de que confiere realidad; las palabras pronunciadas en el rito dan realidad profunda y real al aspecto físico: una piedra, un árbol, un templo, una persona, son transformados realmente cuando son consagrados, cuando sobre ellos se pronuncias las palabras rituales. El tiempo es renovado y la piedra, el árbol, el templo o la persona, renovados, vuelven al inicio, vuelven a nacer, o a renacer, de viejos, o dañados, se transforman en nuevos, su ser, su existencia, se renueva: vuelven a ser engendrados.

Con la secularización del tiempo, es decir, al no concebir el hombre moderno el tiempo como algo digno de consagrar a la divinidad, se puede renovar no con las palabras rituales sino con la decisión y la fuerza de quien hace los votos: un buen deseo, un buen augurio, una pretensión, un buen propósito.

Como quiera que sea, no deja de ser provechoso tanto hacer un balance de los últimos doce meses como una renovación de nuestras pretensiones a efecto de realizarlas en los próximos doce meses. Si ese deseo va acompañado de un horario, de una calendarización y medida, es mejor; a la pretensión se añade la presión. Leer un libro por mes, puede ser una buena pretensión. Si se dividen sus páginas en treinta días sabremos nuestra dosis diaria. Y si a cada meta, un nuevo idioma, una lectura, el ejercicio físico, en fin, todo aquello que consideremos que nos beneficiará para ser mejores personas y realizar mejor nuestras actividades cotidianas, le añadimos medidas, será mejor. Más: si todo lo anterior lo consagramos a quien puede realmente conducirlos y bendecirlos, no dudemos de que saldremos realmente renovados.

Por cierto, el 2015 será el año del cuarto centenario de la publicación de la segunda edición del Quijote (1615), la obra maestra de Cervantes. Marca un hito, porque al decir de Octavio Paz, a diferencia de Dante y su Divina comedia, con don Quijote la vida deja de verse como un camino de conversión (infierno, purgatorio y gloria) y se concibe, con la modernidad, como una aventura permanente, y en las aventuras uno no sabe cómo terminará la cosa. Lo que sí es cierto es que en la modernidad, en efecto, todo se vuelve aventura: el conocimiento y la ciencia, la política, el arte y la poesía, el ser humano mismo y su vida cotidiana. La vida como aventura, eso es lo que coloca al Quijote en el centro de la reflexión. ¿No son nuestros propósitos una suerte de aventuras que, independientemente de cómo terminen, nos conminan a realizarlas? ¿Lo será la lectura misma de don Quijote, no en un mes sino en un año?

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