Los sucesos en torno a Guerrero habrá que verlos como un proceso, no como un hecho aislado.
Mirarlos no como una foto, sino como un video. No se trata de algo estático, sino de actores que se mueven.
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Es algo que no ha terminado, que sigue…
Con la vista corta, la caída de un gobernador puede ser, para algunos, un fin de fiesta. La culminación de un festín, el corolario de un jolgorio.
Con perspectiva, hay que ver las cosas como son.
Es apenas la separación de una pieza de un rompecabezas diabólico.
Puede ser más que eso, mucho más. Pero hace falta la visión y los actos del estadista. Hasta ahora, el presidente se rehúsa a jugar ese papel.
Da la impresión de que a Peña Nieto lo paraliza un conflicto político y lo rehúye. Sus asesores lo blindan con una coraza que, lejos de protegerlo, lo hunde.
Fuera del guión y la teledirección, no se sabe conducir solo.
El país le grita demandando su acción. La opinión pública internacional exhibe su inacción y lo critica duramente.
Él evade su responsabilidad.
Los problemas dan la talla del hombre. Él ha quedado superado, rezagado.
Su adversario llena la plaza de la capital del país y rechaza frontalmente los cargos que le hacen. Muestra un superior manejo del problema y de los medios. Surge mejor librado.
El analista Jorge Castañeda se deslinda de López Obrador, pero le hace los mejores augurios. Lo ve como un ganador natural, y distante, de esta crisis.
Los demás actores dan tumbos. Los líderes del PRD parecen anteponer sus intereses a los del país. Se quedan en lo electoral. Muestran miopía política voluntaria.
Han hecho el ridículo con su tibieza, falta de imaginación, ausencia de alternativas a la crisis. Siendo ellos pieza central del problema, quedan evidenciados como pusilánimes y provincianos, cuando no cómplices.
Ellos, la izquierda oficial, sumida y postrada en los juegos verbales, los plazos para ganar tiempo, la “concertación” con el poder con sumisión y culpas.
Los grupos políticos más activos de Guerrero no muestran una mejor estatura. Se van por el camino fácil, emocional y explosivo de la oclocracia. Revelan falta de liderazgo y de ideas.
Derrapan en el terreno del caos con saqueos, destrucción e incendios.
Comprensibles son las reacciones de desesperación y coraje ante la ineptitud y negligencia de las autoridades. Pero no justificables como arma única y recurrente.
Esa salida “justiciera”, anarquista y anti todo ya la vimos tiempo atrás en Puebla, por ejemplo. Aquí, los “comitecos”, los ultras de “la 28 de Octubre” y hasta la ultraderecha, agotaron su oferta y fueron sometidos por la ley, en su momento.
Allá en Guerrero, si tienen la fuerza –y el respaldo nacional y acaso mundial- ¿para qué, por qué desperdiciarlo en juegos incendiarios anarcoides…?
¿Es acaso la prueba tantas veces vista de que los que ganan no saben cómo capitalizar una victoria..? Así parece...
Un gobernador emergente con la excelente ficha académica y nutrientes sociales como el designado, requiere actuar con la ley en la mano. No tiene otro camino.
Sólo lo puede legitimar el respeto que él se tiene, y el que haga sentir como gobernante. Para todos, con todos y si excepciones. Si tolera a quien delinque se anula frente al contrapoder real y superlativo del narco y sus cómplices del poder local. Y nacional.
El Presidente Peña es extremadamente lento para aparecer en escena. En estos casos por lo menos.
No ha expresado, hasta la noche del domingo, ningún respaldo pleno y resuelto hacia el nuevo gobernante. Tan importante que sería su cabal solidaridad. Con hechos y con palabras.
El tiempo en la comunicación política es fundamental. Deja ir una oportunidad de oro para crecer.
Si Guerrero, en los tiempos de Peña, ha abierto una puerta por donde puede salir un gobernador, esa puerta la puede usar el presidente con oficio político otras veces, para casos similares. Es una herramienta de oro que él parece no advertir.
Guerrero es un proceso. Esto apenas empieza.