Por las fechas en la que tuve el gusto de tratarle, Eleazar Gámiz había conformado el Partido Democrático Sudcaliforniano y se desempeñaba a la sazón como diputado a la legislatura local de Baja California Sur, habría realizado en tal carácter fuertes declaraciones a la revista “PROCESO”, el régimen de Carlos Salinas pretendía en sus albores centrar la actividad económica del país en el turiso y Eleazar ponía el dedo en la llaga, al hacer señalamientos directos y específicos a un inversionista japonés que había promovido la naturalización de su nieto para adquirir los litorales de la península, operación proscrita hasta hace muy poco tiempo en el texto mismo de la Constitución.
Recuerdo que, en laguna ocasión, nos amanecimos en la Plaza Garibaldi escuchando a los mariachis a los que les habíamos solicitado de manera reiterada tres piezas: “La tumba de Villa”, en la que el soldado dice ante el sepulcro de su jefe de armas: “estoy presente General”; “Cartas marcadas” que a la postre resultaría emblemática de algunos grupos subversivos después de haber sido, décadas atrás, motivo de alguna de las tramas protagonizada por Pedro Infante y Marga López; y la canción que ensalza al “puerto de ilusión, mismo que, al decir de la referida pieza, como una perla que el mar encierra así se lleva en el corazón”
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Posteriormente, varios años después, me enteré, en un viaje de recreo en el puerto de La Paz, que Eleazar se había desempeñado en alguna responsabilidad gubernamental referente a las actividades de transporte en la entidad, sin que lograra establecer algún encuentro con él, lo cual, dicho sea de paso, me hubiera agradado sobremanera.
El nombre determina el destino de las personas, al menos eso pensaban en la antigüedad de los tiempos áticos, tal y como se aprecia en los dramas de Sófocles, y el nombre mismo de Elezar, por su parte, remite a la lucha tenaza y encarnizada contra enemigos superiores en fuerza, tal y aconteciera en la fortaleza de Masada, según habría relatado el historiador Flavio Josefo.
Los hermanos mayores de Eleazar se habrían incrustado en la historia del país al protagonizar uno de los episodios más significativos de los tiempos recientes, nada más y nada menos, que el asalto en la Sierra de Chihuahua al cuartel de Ciudad Madera custodiado por elementos del ejército mexicano, siendo, precisamente su hermano Arturo , quién conjuntamente con el Doctor Pablo Gómez comandaría la acción de armas verificada a las a las cinco de la mañana con cuarenta minutos del 23 de septiembre de 1965.
Nadie describe mejor las circunstancias que rodearon aquel acontecimiento, por demás señero, que el finado Carlos Montemayor en su estupenda novela “Las armas del alba”, en las que refiere como al unísono de que se extendía la ocupación de las tierras comunales de la tribu Pima por parte de los hombre poderosos de la región con la aprobación y el visto bueno del Gobernador Giner, las normales rurales, de las que habían egresado entre otros lugareños los hermanos Gámiz, eran terriblemente hostilizadas, lo mismo por personal privado de seguridad de aquellos hombres poderosos que por fuerzas regulares abocadas por ministerio de la ley a la preservación del orden público.
Relato iniciado con el sugestivo epígrafe de un poeta chino del siglo VIII:
“Los combatientes preparan los arcos y los dardos,/Pulen espadas y dagas y aseguran escudos,/El General Tiang piensa en silencio:Éstas son las armas del alba”.
Novela que resulta digna de leerse en los tiempos que corren, si atendemos, al menos a la célebre frase vertida por Cicerón en “Oratore”: “La historia en maestra de la vida, luz de los tiempos y testigo de la verdad”; ojala pudiera encontrarme pronto con Eleazar Gámiz, me agradaría mucho platicar con él de manera larga y espaciada sobre una narración que resulta a todas luces estimulante y adsorbente.
albertoperalta1963@gmail.com