Era el último viernes de mayo. La reunión fue en el ocaso en un bello lugar: Luna Canela, el spa más exclusivo de Atlixco. Uno a uno fueron llegando: en total 25 marinistas recibieron el llamado de su jefe. Mario Marín, vestido con una guayabera blanca los recibía, con una sonrisa, con la palmadita clásica en la espalda, estirando el cuello, tic que le caracteriza cuando está a punto de decir algo importante.
Para ese entonces aún se estaba gestando la alianza con Enrique Doger, Mario Marín no se atrevía a asistir públicamente a algún evento, político menos, el marinismo seguía sumergido, con miedo, como la cabeza del avestruz, el morenovallismo permanecía intacto, fortalecido por la red nacional y la mirada en Los Pinos, claro, aún no había caído en el agujero del conejo: el caso Chalchihuapan.
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Entre exfuncionarios de su sexenio, amigos-cómplices, empresarios y directores de medios de comunicación afines soltó la tan esperada noticia: el marinismo ya tenía todo para volver. Después de no soltar la rienda, de insistir, de moverse, de esperar, aguardar el momento, todo estaba listo para encontrar la oportunidad de entrar por la puerta grande durante los preparativos para el próximo periodo electoral.
Fue desde ese momento que prometió números concretos: como mínimo, 8 candidaturas para las diputaciones federales llevarían su sello, “las sobras, las migajas, se las van a pelear aquellos”, bromeó, en referencia al resto de los grupos priístas.
Todos los asistentes rieron.
La esperanza muere al último, y esa noche, el grupo sintió que volvía a respirar el aire fresco del poder, del dinero.
Pasó el tiempo: vino el cumpleaños 60 de Marín, sus primeros pasos en los titulares de los medios con un ‘regresa’ en la primera plana, comprobando su todavía nivel de convocatoria. El exgobernador empezó a sacar la cabeza.
Y sucedió lo increíble, lo nunca pronosticado: Chalchihuapan.
Después del asecho, de la espera, el siguiente paso es atacar.
Eso pasó.
Marín apareció, ahora sí, manera oficial, en la sesión extraordinaria del PRI. La propia Ana Isabel Allende jura a propios y a extraños que nunca lo invitó, al contrario, se sintió invadida, engañada por opacar lo que se supone sería su presentación formal ante la militancia priísta como su próximo presidenta. Otras voces señalan que todo ya estaba urdido a través de su marido, Adolfo Káram, marinista de hueso colorado, tras una negociación con el arzobispo Chedraui y Manlio Fabio Beltrones.
El medio fue lo de menos: los resultados fueron los importantes: el mensaje que Marín regresaba con el cobijo de los marinistas fue enviado.
Ante los acontecimientos, ¿se puede suponer que Marín realmente regresó de la tumba?
Sí, por supuesto.
¿Será capaz de retomar el control del partido?
Eso está por verse.
Habrá que estar atentos a la reacción del resto de los grupos antimarinistas: los Morales, empezando por el propio exgobernador Melquiades Morales Flores, la senadora Blanca Alcalá, el subsecretario Juan Carlos Lastiri, Jorge Estefan Chidiac, Chucho Morales, etc. Es obvio que ya les cayó el veinte que su incapacidad para lograr una alianza sólida entre ellos, provocó que los marinistas se filtraran a la médula de un PRI estatal desgastado y virulento.
¿Permanecerán con los brazos cruzados?
La otra interrogante es ¿qué hará el gobernador Rafael Moreno Valle? Porque para estas alturas habrá comprobado que cometió un gravísimo y elemental error de dejar con vida a su archienemigo, cuando en su momento, pudo haberse quitado un dolor de cabeza cuando lo prometió en su llegada a Casa Puebla: cárcel a los marinistas, cero tolerancia a la corrupción.
¿Dejará pasar a Marín?
¿Otra vez?
Y la tercera interrogante es: una cosa es volver a tomar el control del PRI, y otra, muy diferente, que los poblanos voten otra vez por Marín, que lo consideren una opción electoral después de haber vivido 6 años de corrupción y de leyendas infames del ‘gober precioso’, ‘las botellas de coñac’ y de recordatorios de ‘qué asquerosidad es esto’.
Esos son los 3 obstáculos que deberá sortear Mario Marín.
¿Podrá hacerlo?