–¡No puede ser!... ¿qué hace este aquí?
La casi presidenta del PRI, Ana Isabel Allende Cano palideció del horror.
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–¡Quién sabe!, nadie lo invitó… ese no era el acuerdo!, le respondió entre dientes a Jesús Morales Flores.
No hubo tiempo para más.
Demasiado tarde: Mario Marín se acercó a la inminente lideresa del PRI, efusivo, sonriente, seguro, como en sus mejores épocas, como si el poder que emanaba como gobernador nunca se le hubiere ido.
La felicitó, le dio su palmadita en la espalda, casi con ternura, y sin darle tiempo a la mujer de reaccionar, la volteó gentilmente para que posara para la foto:
–¡Sonríe, mi presidenta!, le indicó Marín.
Fue un instante, el flash, la sorpresa, la sonrisa por compromiso… y la huida.
Es la fotografía que el equipo marinista se encargaría de repartir entre sus medios de comunicación afines para que la destacaran en la portada de los diarios.
–¡Este desgraciado quiere arruinarme la fiesta!, repetía casi entre lágrimas de indignación Ana Isabel Allende a la senadora Blanca Alcalá, a la delegada Angélica Araujo, y a sus cercanos.
Efectivamente: la presencia inesperada del exgobernador durante la sesión extraordinaria del Consejo Político del PRI eclipsó a Ana Isabel Allende, que pretendía placearse por primera vez entre la militancia priísta como su próxima presidenta.
La noticia de 8 fue la reaparición pública de Marín, la intención de recuperar sus fueros y alzar la mano para participar en las elecciones federales del próximo año.
Allende pasó a un segundo término.
Eso la tenía furiosa.
Y con razón: Marín hizo hasta lo imposible para frenar la llegada de Ana Isabel a la presidencia del PRI, para así impulsar a sus dos gallos: Alberto González Morales, ex diputado federal por Tepeaca, y el diputado federal José Luis Márquez.
Lo que no sabe Ana Isabel es que la asistencia de Marín sí fue planeada.
Y cuidadosamente.
Fue una reunión en lo oscurito.
El pasado miércoles, en un conocido salón de Zavaleta, se reunieron por la noche el bloque marinista, encabezado obviamente por Mario Marín, seguido de Valentín Meneses, Francisco Ramos, Víctor Gabriel Chedraui, Juan de Dios Bravo, como principales.
El invitado especial: Pablo Fernández del Campo.
¿El tema?
Planear la estrategia con miras a las candidaturas a las diputaciones federales y a la ‘minigobernatura’.
De ahí brotó la idea de diseñar un plan para fijar la postura del marinismo, en donde quedara claro que su líder estaba de vuelta, que contaba con el apoyo de todos los grupos y que su regreso era esperado por una militancia deseosa de recuperar el poder perdido.
Casi, casi, que el ‘héroe de la película’ había regresado para salvarlos de las garras del morenovallismo.
Entonces, se fijó la fecha: el día en que Ana Isabel sería recibida por el Consejo Político, en presencia de todos y ante los medios de comunicación.
Pero necesitaban de un espía que facilitara el acceso de Marín, sin que lo supieran el resto de los grupos que detestan al marinismo.
Ahí entró la actuación de Pablo Fernández del Campo, quien controló todos los accesos y la logística del evento.
También, acordaron que a su alrededor, infiltrarían a su gente para vitorear a Marín, pedirle autógrafos, fotos y montar todo un show. También incluyeron a los medios de comunicación a fines que destacaran el regreso definitivo del exgobernador a las grandes ligas del PRI.
Esa fue la historia de cómo Marín saboteó a Allende.
Y fue pan comido.