“El fútbol es la única religión que no tiene ateos”.
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La alegría que nos da la selección mexicana de futbol es inmensa, indescriptible, milagrosa, contagiante, al grado que nos hace olvidar infinidad de problemas que siguen ahí, como observándonos maliciosamente, sin prisa, esperando su turno.
Lo increíble es que si bien nuestro país es futbolero, varias decenas de miles de compatriotas no dudaran en adquirir sus boletos o en irse a la aventura, gastando mucho más que cualquier viaje redondo a Europa, por ejemplo, para hacer presencia en Brasil. ¿Cuál crisis, cuál recesión, cuáles deudas? Muy pronto caerán en cuenta de lo que implicó ese viaje, pero lo bailado y gozado, nadie se los quita. Brasil es mágico, atrayente, seductor y más de 50 mil mexicanos decidieron comprobarlo.
Tal parece que ese espíritu de aventura y riesgo, de alegría y compañerismo se ha contagiado a la selección mexicana, reflejándolo en el terreno de juego. Si en 1970 México abrazó a la selección brasileña y la adoptó como suya, con el mítico Pelé entre sus filas, al menos en lo que va de esta Copa Mundial, Brasil ha visto cómo decenas de miles de mexicanos están presentes por todas partes, apropiándose de los escenarios, causando elogios gracias a algunos de sus jugadores, gracias a sus resultados e incluso por la actitud irreverente ante los porteros adversarios, manifestada en gritos y porras que hoy son tendencia mundial y ya nadie los detiene.
México es sin lugar a dudas, protagonista y uno de los principales animadores de esta primera fase del mundial. En general la presencia latinoamericana es numerosa y su influencia es tal que grandes países futboleros de Europa como España, Inglaterra, Italia, Croacia, Portugal, etc. se han tenido que regresar a su lugar de origen, con las manos vacías.
Ojalá la selección de futbol siga adelante, le gane a Holanda (o Países Bajos como bien lo señala Alejandro Cañedo), para que el ánimo de los mexicanos se mantenga en alto y para que se siga hablando bien de nuestro país.
Claro que eso no nos dará un mayor ingreso per cápita ni detendrá el incremento en el precio de la gasolina, ni hará el milagro para que los pronósticos de crecimiento económico de Videgaray se cumplan, ni disminuirá sensiblemente la violencia y la corrupción, ni evitará la aprobación de las leyes secundarias, ni tampoco impedirá la presencia de capital privado y extranjero en la explotación y manejo de nuestros hidrocarburos, ni eliminará las absurdas fotomultas colocadas estratégicamente para rebasar la altísima velocidad de 70 km por hora en algunas vialidades de la ciudad, ni nos hará lamentar el desbordamiento de ríos, inundaciones de calles recién pavimentadas y la proliferación de baches, pero colectivamente nos hará sentir muy bien.
Cansados de la inseguridad, el incremento de precios, la escasez de empleo y la pérdida de poder adquisitivo, ¡cuánto bien nos hace a todos que siga rodando el balón en los pies de nuestros seleccionados!
Ojalá que ese ánimo se contagie también a la economía, -que hoy parece respirar gracias a la crisis petrolera en Irak-, a las Cámaras de Diputados y Senadores para que legislen con inteligencia pero sobre todo, pensando en lo mejor para el país, a la sociedad en general para que cese la violencia, proveniente del crimen organizado o de los abusos cotidianos traducidos hoy como bullying y discriminación.
Desafortunadamente –y aunque se diga que 120 millones de mexicanos apoyamos a la selección-, casi la mitad de la población ni ve ni sabe ni le interesa el futbol, pues su prioridad es sobrevivir. Ojalá que la brecha de la desigualdad se acortara, la pobreza disminuyera y existieran oportunidades para todos. Ojalá eso nos lo diera el futbol, pero no hay que pedirle tanto.
En verdad son importantes los pasos dados como país, pues es preciso esclarecer y disipar muchos de nuestros fantasmas, que sólo podrán irse si somos capaces de enfrentarlos y vencerlos.