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OPINIÓN

La democracia desencanta pero es necesaria

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Lunes, Mayo 5, 2014

Es impresionante el gran desencanto que suscita la participación política y la democracia, sobre todo de gran parte de los jóvenes. No es necesario que lo digan los estudiosos, el aporte de éstos más bien es explicar las posibles causas. Eso fue lo que hizo Phillipe C. Schmitter en su conferencia del 2 de mayo en la UPAEP.

Ahí el estudioso de la democracia europea, sobre todo, aunque no exclusivamente, señaló que la democracia en general está en riesgo, porque está dejando de ser el vínculo de participación y de control de los ciudadanos sobre la cosa pública: cada vez es más la distancia entre quienes toman decisiones desde los cargos de elección popular (y de las políticas públicas) y los ciudadanos. En efecto, sostuvo con algunos ejemplos, quien gobierna no consulta a los ciudadanos, quien hace leyes sigue las directrices de los dirigentes de su partido y no de los involucrados.

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Schmitter señaló que para que sobreviva la democracia tiene que reinventarse y volver a su naturaleza: ser la voz y la decisión de los ciudadanos. Éstos son y deben ser el eje y el núcleo de la dinámica democrática y del control sobre quienes gobiernan y toman decisiones que afecten los asuntos públicos. Y deben hacerlo, insistió, de manera pacífica y sobre reglas actualmente vigentes.

Desde que se inventó, allá en la antigua Grecia hace unos veinticinco siglos, la democracia ha sufrido grandes transformaciones que vinieron para quedarse y que implican nuevos retos y situaciones; antes era para una participación directa de los ciudadanos, hombres libres, para resolver los asuntos de pequeñas comunidades que formaban las no tan grandes ciudades; hoy la participación es indirecta y es representativa, pero eso mismo muestra su paradoja: los ciudadanos no se sienten representados ni creen que tengan siquiera participación indirecta.

Schmitter habló de revoluciones de la democracia y, además del crecimiento de ciudades y ciudadanos en cantidad, señaló la irrupción del federalismo como una instancia del ejercicio del poder; antes los poderes públicos eran locales, o mejor dicho, los poderes locales decidían y ejercían el poder público, mientras que los poderes federales apenas significaban un atisbo de cohesión. Hoy es a la inversa: el poder federal o federado tiene alcances que escapan al control local.

Enfatizó, igualmente, la relevancia del estatus mismo de ciudadanía y señaló su importancia internacional incluso mostrando cómo en algunos países se les ha dado voto y cómo, si viven fuera de su país, se les ha permitido que voten en su propio país: la relevancia de una ciudadanía cada vez más universal.

Al hablar sobre estas revoluciones citaba a Robert Dahl; una revolución más que menciona el politólogo norteamericano es la democracia social, advenida después de la segunda guerra mundial; se trata de una ciudadanía que no ejerce decisiones gubernamentales pero que sí las analiza, las estudia, las cuestiona y las limita incluso. Se trata de la emersión de las organizaciones no gubernamentales y de carácter social cuya dinámica busca más la participación ciudadana que el poder, o mejor dicho, el poder de la participación ciudadana que, sin duda, cobra relevancia cada vez más.

El analista mencionó que, una vez vistas estas organizaciones sociales, es relevante ver cómo cada vez más es la fuerza de la estructura organizacional la que se impone sobre los individuos: los gobernantes hacen más caso a las organizaciones que a los individuos (aunque en los casos como el del cineasta Alfonso Cuarón, parece ser una excepción que confirma la regla). Ello por una razón que explica incluso la dinámica del paso del tiempo: una organización incluso tiene que ver con generaciones y por ello tiene posibilidades de mayor y más larga duración.

No está de más mencionar que esta tesis no es nueva, ya Ortega y Gasset, por un lado, como Romano Guarnidi, por otro, habían analizado cómo en la edad moderna, en efecto, se había planteado la premisa del héroe, del líder, del carisma como los puntales de la vida social y política del pensamiento político, pero que, al tocar su crisis la modernidad, esta premisa también se tornó crítica: se sustituyó al individuo por el programa, por el proyecto, por el plan y por quien los encarnaba, la organización, el grupo, el partido.

Sin cuestionar lo anterior, porque se constata que es un hecho a partir sobre todo de la sociedad de masas, que sin duda es muy vigente, valdría la pena preguntarse si, como ocurre en las contiendas políticas, aunque se impone sobre el individuo la organización, no queda un espacio para que aparezca el líder carismático, de rostro amable y atractivo, que ejerza sus encantos sobre la masa. Esto ocurre cada vez más pero explica la dinámica de la democracia actual: menor participación en las elecciones, sobre todo en los centros urbanos, y del porcentaje que acude a votar, la mayoría relativa lo hace por el candidato más atractivo o de mejor carisma.

Otra nota que llamó mi atención fue que, dado que la política se ha profesionalizado más, el político y quienes se allegan a él para brindar sus servicios profesionales en los diversos circuitos de la dinámica pública, Schmitter mencionó que el poder cada vez se le da más a los técnicos, a los especialistas, con lo que se vuelve tecnocrático. De esta suerte, el poder, lejos de la democracia, se torna tecnocrático y genera instituciones no democráticas, como el ejército, el banco central e incluso instituciones como las electorales y otras, es decir, instituciones no democráticas que sostienen una sociedad pretendidamente democrática.

Una noción más es la de gobernanza; se habla mucho de ella, dijo Schmitter, pero no se comprende que descansa sobre premisas no democráticas, una de ellas es que para participar en cualquier organización hay que tener membresía o ser accionista incluso, cosa que va contra la democracia cuyo valor es el principio de igualdad de todos. Otro aspecto es que, mientras en la democracia lo que decide es el voto, en la gobernanza es el consenso y el acuerdo. Y las decisiones no la toman los votantes, sino los actores políticos, a veces desde la esfera pública y a veces desde la privada: lo público pierde nitidez y cuando así ocurre termina prevaleciendo el interés privado, sobre todo cuando es beneficiario de grandes recursos económicos.

¿Cómo reinventar la democracia en estas circunstancias? ¿Cómo volverla a su cauce de ser el mejor y el más fiable mecanismo de control de los gobernantes por parte de los ciudadanos? Schmitter mencionó tres modos (aunque sus estudios habla de una treintena), la promoción de la ciudadanía universal, la lotería de los encargos públicos (una suerte de rifa entre los electores para que pertenezcan a un consejo de control sobre los triunfadores de los cargos a elegir, e incluso de una rifa de un cargo de elección popular) y el uso de los medios electrónicos para incidir en las campañas electorales y en el debate público sobre las mismas.

Sugerente, por momentos provocadora, fue la charla ante profesores, alumnos e invitados que impartió el estudioso. A mí, sin embargo, me quedó una inquietud: ¿por qué si la política y los políticos se profesionalizan cada vez más, la política misma y las contiendas electorales se trivializan más, es decir, emergen elementos poco serios, o los menos serios, como el físico, el atractivo, la ocurrencia? Ese es un tema que habría que estudiar, me respondió amablemente.

Después de la conferencia, me quedé repensando el asunto un poco: ¿cómo encantarnos con la cosa pública, con la democracia? Recordé un texto de Plutarco, sus Consejos políticos, que más o menos dice así: No te dediques a la política por dinero o por prestigio, sino porque estás convencido que puedes colaborar en el bien de la ciudad; así, los vaivenes de la política los podrás superar con el eje de tu convicción.

Plutarco, el autor de Vidas paralelas, donde habla de la fundación de Atenas, Esparta y Roma, aunque se dedicaba como sacerdote al cuidado del templo de Apolo, se dedicó a la vida cívica y a asesorar a senadores relevantes del imperio romano; griego de origen, vivió entre el año 40 o 50 y el 120 d. C.

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