En la Iglesia Católica estamos de fiesta por la canonización de dos nuevos santos, ambos papas: Juan XXIII y Juan Pablo II. No es fácil hablar de ellos, pero al menos cabe una reflexión: aunque parecen tan distintos en tiempos y en personalidad, son más cercanos de lo que parecen. Juan XXIII, el “Papa bueno”, convocó al Concilio Vaticano II que tuvo como eje pastoral acercar a Cristo y a su Iglesia al mundo. Como en la parábola del Hijo Pródigo, en la cual el Padre sale al encuentro de su hijo al verlo a lo lejos, el Concilio fue al encuentro del hombre…
Esto implicaba una revaloración de la Modernidad, tanto en sus aspectos positivos como negativos, al contrario de lo que había ocurrido hasta ese momento, cuando sólo se observaba lo condenable. En ese contexto se terminaron de acrisolar Karol Jósef Wojtiyla y Joseph Aloisius Ratzinger, luego de una dura experiencia durante la Segunda Guerra Mundial, el fascismo, el nazismo y la amenaza del comunismo soviético (Paulo VI también fue un hijo conciliar)…
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Es interesante observar que, entonces, Juan XXIII fue catalogado como de izquierdas por su preocupación por los pobres, visitar a los presos, atender los problemas sociales y haber realizado el Concilio, y lo mismo se dijo de los dos futuros papas, tachados de “progresistas” en diversas publicaciones. En la famosa entrevista que Ratzinger concedió al periodista Vittorio Messori, el segundo preguntó si ya no pensaban igual porque en los sesenta eran “progre” y en el pontificado de Juan Pablo II los criticaban por ser “conservadores”. Ratzinger afirmó que eran otros los que habían cambiado…
“Una polaridad curiosa…”
Ni Juan XXIII fue de izquierdas ni Juan Pablo II un conservador: transformaron a la Iglesia para cumplir mejor con su misión pastoral. Desde distintos ángulos, atendieron los retos del fin de la Modernidad y el cambio de época que hoy ya es una realidad. Hasta en la muerte se parecieron, pues llevaron a cuestas la pesada cruz de sus padecimientos. Si Cristo murió por todos y cargó su Cruz y con ella los pecados de toda la Humanidad, los papas y cada santo llevan la Cruz del Hijo por el breve tiempo de su vida terrenal, igual que aquel hombre de Cirene. Desde el domingo, Juan XXIII y Juan Pablo II formalmente son santos…
Pero hay una polaridad curiosa: Juan XXIII fue considerado “un Papa de transición”, lo que en el contexto era una forma elegante de decir que no encerraba peligro alguno para ciertos grupos de la Curia. Al saberse el nombre de origen de Juan Pablo II, algunos pensaron que era “la punta de lanza” de la amenaza de Oriente hacia Occidente. En poco tiempo, el primero sacudió a la Iglesia y convocó al Concilio, mientras Juan Pablo II resultó pieza clave para “tronar” al sistema comunista del Imperio Soviético. No cabe duda que cuando los seres humanos fallamos en el juicio, lo hacemos en grande…
En su momento, escuché la hipótesis de que quizá Juan Pablo I no era la opción querida por el Espíritu Santo y que por eso murió a los pocos días. No me convence, porque en el comentario se percibe la ausencia de la Caridad. Olvidamos que Dios puede abrir el espacio para darle un regalo tan hermoso a uno de sus hijos más queridos. Francamente prefiero pensarlo de esta manera…
“Un tiro desviado…”
El 13 de mayo de 1981, tuvo lugar el atentado en la Plaza de San Pedro, cuando Mehmet Alí Ağca le disparó a una distancia relativamente corta. Era un tirador muy sobresaliente y sin embargo no logro su objetivo. Los médicos no tienen explicación para lo ocurrido con la bala que le dio de lleno, pues la trayectoria era mortal y el proyectil simplemente se desvió. Juan Pablo II lo relacionó con las apariciones y el mensaje de la Virgen de Fátima, ocurridos en 1917 y entendió que se estaba llegando al desenlace de lo allá anunciado. La atención de los medios se centró en la tercera parte del mensaje, pero se mantuvo en reserva por varios años y hasta el propio gobierno soviético solicitó acceso al documento sin lograrlo. Al otro lado de la Cortina de Hierro estaban muy inquietos, quizá temiendo que dijese en dónde se planeó. Al final, el Papa Polaco resultó victorioso en la confrontación con el comunismo soviético…
El Vicario perdonó a su adversario y esa fue otra característica de su pontificado: el perdón y la reparación, porque no basta el reconocer lo malo, hay que hacer lo posible por corregir y reparar. Por desgracia, no faltan los que, en el mejor de los casos, sólo reconocen lo malo que se haya hecho y a veces intentan “legalizar” lo ocurrido. Juan Pablo II nos enseñó que eso no es bueno…
“El hombre de hojalata…”
Durante su quinto y último viaje a México, en 2002, Juan Pablo II dijo: “Me voy pero no me voy, me voy pero no me ausento, pues aunque me voy, de corazón me quedo”. Tal vez presentía su final y así se despidió de nosotros. Recurriendo a una canción, hizo lo mismo que el Redentor al ascender al Cielo: se quedó nosotros “hasta el fin del mundo” y nos dejó su Corazón Sacramentado…
Casi al final de un famoso cuento, el Mago de Oz dice al hombre de hojalata: “De donde yo vengo, hay hombres que sólo hacen obras buenas. (…) Pero tienen algo que tú no tienes: un testimonio. (…) Y recuerda, amigo sentimental, que un corazón no se juzga por cuánto quieres sino por cuánto te quieren los demás”…
Basta ver las manifestaciones de alegría en sus visitas a México para darse cuenta que nuestro “hombre de hojalata” pasó su vida haciendo cosas buenas que se convirtieron en un verdadero testimonio y logró que millones de mexicanos le quisieran. Y lo mismo ocurrió con el “Papa bueno”, que hasta la fecha es recordado con mucho cariño por su bondad, sencillez y modestia. Sirvieron para moldear la Iglesia en la cual vivimos: uno empezó los cambios y el otro los consolidó con un pontificado arrollador…
Cuentan que a Juan Pablo II le impactó todo lo que vivió en México, surgiendo ese afecto por nosotros y su devoción guadalupana. No en vano en las Grutas Vaticanas, donde descansan varios papas, hay una pequeña capilla dedicada a la Virgen morena. No creo equivocarme al decir que con Juan Pablo II la Guadalupana adquirió dimensión global y además proclamó santo a Juan Diego…
“De Polonia saldrá la chispa…”
En su Diario Espiritual, Santa María Faustina Kowalska afirma que Dios le reveló que si Polonia permanecía fiel, de ella saldría la chispa que prepararía al mundo para su segunda venida. Esto ha sido interpretado como el anuncio del papado de Juan Pablo II y es muy probable que así sea. Pero no debe ser entendido en términos apocalípticos, pues eso está en manos de Dios…
Lo cierto es que la devoción a la Divina Misericordia es uno de los grandes legados de Juan Pablo II porque, al canonizar a Sor Faustina, resolvió las dudas y superó los obstáculos existentes entre los católicos. La Santa polaca dijo que, en una visión, Dios le permitió ver su propia canonización y el Papa Francisco decidió celebrar la misa de canonización de los dos papas precisamente en el día dedicado a la Divina Misericordia…
Nuestros dos santos ya están con Dios y son inmensamente felices en compañía de la Madre de la Misericordia y de Santa María Faustina Kowalska, la fiel intercesora…
Hasta entonces…
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